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Capítulo 2.1

La fiesta se encontraba en su mejor momento, la música estaba tan alta que ensordecía y retumbaba contra las paredes de concreto. Las bebidas rodaban de mano en mano y el humo de los cigarrillos se mezclaba en el aire con el olor de las diferentes fragancias de colonias y el aroma a sexo que flotaba en el ambiente.

Blake hacia horas que había sido secuestrado por las conejitas que competían por su atención e intentaban definir cuál o cuáles de ellas serían la afortunadas de disfrutar de los enormes atributos del codiciado capitán del equipo de hockey que ya se marchaba a la universidad luego de este verano.

Axel había estado tratando de mantener en control a Nico, algo que, como de costumbre, siempre se le escapaba de las manos y cuando ya, al parecer, lo dio por perdido y lo dejó volverse el caos que siempre era, decidí que era mi oportunidad para explorar esta tensión que siempre se apoderaba del aire cuando solo estábamos los dos en un mismo espacio, pero como la vida no me pone nada fácil, la maldita de Amara se me adelantó, interponiéndose en su camino.

El portero que reinaba en mis sueños cada noche, levantó su mirada hacia donde yo me encontraba, como si necesitara pedir disculpa por esa presencia que se imponía frente a él, reclamando su atención.

«Siempre es lo mismo», pensé.

Desde que conozco a Amara, no ha habido un día en que no intente estar en el camino de Axel, en el que no anhele que él la considere una posible candidata para una relación emocional y seria. No hay que ser muy observador para darse cuenta de que ella se derrite por él, tanto como yo.

Tomé una nueva bebida en mano y me largué de ahí, no podía tolerar la posibilidad de que hoy, tal vez, él cediera a los deseos de esa rubia pretenciosa. Mucho menos ser testigo de lo que pudiera suceder si cruzaban esa línea que siempre la había mantenido a raya, a pesar de cada uno de sus intentos por conquistarlo y tenerlo cerca de otra manera.

Busqué un lugar apartado y lo más silencioso posible, para tratar de recomponerme y no exponer mis verdaderos sentimientos delante de tanto público.

«¡Joder! Estoy realmente cabreada y celosa».

Años atrás había sido cómplice y confidente de sus conquistas, pero en aquel entonces no tenía tan claro lo que realmente sentía por él, por eso ahora se me hacía tan difícil lidiar con estas situaciones. Aunque, si soy sincera, en los últimos dos años no le había conocido a ninguna chica. No sé si era porque estaba tomándose un descanso de las relaciones o solo estaba teniendo encuentros furtivos de los que, Blake y yo, desconocíamos.

El pasillo se sentía seguro, tranquilo y de cierto modo, la poca luz que existía en él, me reconfortaba y daba una sensación de invisibilidad que ahora agradecía enormemente.

Estaba perdida en mis pensamientos cuando lo sentí. No tenía que alzar la cabeza para comprobar que era él; su presencia la reconocería donde quiera, incluso ciega o después de haber vivido una vida entera.

—¿Qué haces sola aquí atrás, pequeño ángel? —me preguntó cuando estuvo lo suficientemente cerca de mí.

«Madre mía. Amaba cuando me llamaba así».

Sentí un escalofrió recorrer toda mi columna y levanté la vista despacio, como si necesitara extender unos segundos más, esta necesidad de anclar nuestros ojos y comenzar a lidiar con esa electricidad que se creaba a nuestro alrededor cuando estábamos en presencia del otro.

Comencé ese juego de palabras y frases con doble sentido que siempre parecían subir la tensión que nos envolvía como una segunda piel cada vez que estábamos solos.

Sabía exactamente lo que estaba haciendo. O al menos eso me repetía.

Porque si pensaba demasiado en lo cerca que estaba de él, en cómo ocupaba demasiado espacio incluso sin tocarme… iba a dejar que el dique que siempre había contenido la presa de mis sentimientos, se rompiera, dejando fluir cada emoción que durante años había logrado mantener a raya.

Iba a perder el control. Y yo no perdía el control.

No en mi vida.

No en la piscina.

No en los saltos sincronizados.

No… con él.

Pero Axel tenía ese mal hábito de aparecer cuando más lo necesitaba y cuando menos debía estar cerca de él.

—Estás muy serio —le dije, inclinando la cabeza—. ¿Te prohibieron el hielo o alguien hirió el ego del codiciado portero?

—No estoy de humor para bromas, enana.

—¡Oh! Eso es nuevo —comenté.

—No, no lo es —rebatió.

—Sí, lo es conmigo.

Silencio.

Ese tipo de silencio que nunca fue incómodo cuando éramos más pequeños. Pero… ahora sí se volvía tan peligroso como una granada a punto de hacer BOOM.

Di un paso hacia él, sin pensar demasiado. Sin ponerme a analizar, como acostumbraba a hacer, con tal de no sobrepasar esa línea de la cual no podríamos volver a atrás.

Error número uno.

—No me mires así, por favor —murmuró.

—¿Así cómo? —presioné.

Sus ojos bajaron un segundo a mi boca. Solo un instante. Pero que fue más que suficiente para darme la fuerza que necesitaba en ese momento para arriesgarme a ver lo que podría suceder si avanzaba un poco más.

—Como si… —se detuvo.

«¿Como si qué? Como si no fuera la hermana pequeña y del alma de tu mejor amigo. Como si no hubiera límites que pondrían muchas cosas en riesgo si nos atreviéramos a cruzarlos. Como si no estuvieras rompiendo cada uno de ellos en tu cabeza, como tanto lo estaba haciendo yo en la mía».

El momento en que su mano atrapó la mía, esa que estaba recorriendo su pecho, al mismo tiempo que estaba perdida en mis pensamientos; supe que ya estaba perdida.

No fue un gesto brusco.

Fue mucho peor.

Fue tierno, cuidadoso.

Como si estuviera intentando decidir si debía apartarme o no… y fallando en la idea de soltarme.

—Pequeño ángel, esto es una mala idea —expuso. Como si yo misma no fuera consciente de lo arriesgado que era ponernos en esta situación.

—¿Y nunca has actuado en base a malas ideas? —le cuestioné.

—Elif… no estoy bromeando —musitó. Y la forma en que mi nombre salió de su boca, hizo que mi vientre, automáticamente, se contrajera.

—Yo tampoco, vikingo.

El silencio reinó, otra vez. Pero en este momento fue distinto.

Más pesado.

Más lleno.

Más peligroso.

Levanté la mirada hacia él y me relamí los labios.

—¿Alguna vez… —tragué saliva— has pensado en lo que pasaría si dejaras de frenarte conmigo?

Su mandíbula se tensó fuertemente.

Y eso no fue una respuesta en sí. Pero tampoco fue un no.

Di el último paso, cerrando completamente la brecha. Ya no había espacio entre nosotros. Solo aire.

Alientos entre mezclados.

Una alta tensión.

Y todo lo que llevábamos años ignorando.

—Dilo —susurré.

Sus ojos bajaron a mi boca otra vez. Pero en esta ocasión, no se apartaron.

—No debería quererte así —dijo finalmente, haciendo que mi corazón se detuviera. Y luego empezara a latir demasiado rápido.

—Pero lo haces… al igual que yo —respondí.

No fue una pregunta. Ni tampoco una simple confesión. Y antes de que pudiera procesar lo que estaba ocurriendo, nuestras bocas se encontraron. Nuestras lenguas se entrelazaron y su sabor estalló en mi paladar, logrando que mis piernas se sintieran como gelatinas expuestas al sol.

«¡Sí! ¡Joder! ¡Al fin!», fue lo único que logré pensar, antes de que nuestros labios se volvieran más exigentes y todo el peso de su cuerpo me encerrara entre sus fuertes músculos y la pared de concreto.

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