Capítulo 1.1
La fiesta ya se sentía demasiado asfixiante e insoportable cuando volví a localizarla.
No por el ruido altamente exagerado de la música, mezclado con los gritos y murmullos de todos los presentes. Ni por el alcohol derramado por cada rincón del suelo. Ni siquiera por mis compañeros de equipo intentando convencer a alguien de hacer un reto ridículo que involucraba más bebidas de la que sus cuerpos podían digerir.
Era por… ella.
«¡Diablos! Todo en Elif Glenn es un jodido peligro. Una tentación que amenaza constantemente mi control».
Mi hermoso ángel era un peligro andante. Ella era, sin duda alguna, la chica más linda que había visto jamás. Una piel blanca como la nieve, con piernas tonificadas y un cuerpo esbelto con curvas perfectas en los lugares adecuados. Y ni comentar de esa combinación de ojos verdes intensos, con mirada felina y un cabello largo, rizado y totalmente azabache que hacia resaltar esa boca extremadamente sexy que tiene y que te pone cachondo de solo imaginarla en otras partes de mi cuerpo. Labios llenos, rojizos naturalmente y extremadamente suaves al tacto, con un pequeño piercing dorado en el lado izquierdo de su labio inferior que atrapa mi atención cada vez que estamos hablando. Y eso siempre significaba problema.
Estaba apoyada contra la pared del pasillo que da al exterior, con un vaso en la mano que claramente no era agua. El vestido que lleva hoy es sencillo, demasiado sencillo para lo peligrosa que la hace ver. Ese tipo de peligro que nadie más parecía notar… excepto yo.
—¿Qué haces sola aquí atrás, pequeño ángel? —le pregunto cuando estoy lo suficientemente cerca de ella para hablar sin necesidad de que nadie más nos escuche.
Elif levantó la vista despacio al escuchar mi voz, como si necesitara unos segundos extra para procesar mi presencia.
—Estos siempre son los mejores lugares de este tipo de fiestas —dijo, con una sonrisa ladeada—. No sabías que los pasillos oscuros son los espacios más glamurosos y codiciados de este tipo de actividades.
Resoplé una risa antes de poder evitarlo. Ella y su sarcasmo era algo a lo que nunca sería capaz de acostumbrarme, siempre me sorprendía su capacidad para tener una frase sarcástica o de humor negro en la punta de la lengua.
—¿Estás borracha? —cuestioné, tratando de deducirlo con solo una mirada.
—No, aún no. Por el momento solo estoy… alegremente hidratada —respondió, encogiéndose de hombro y dándome una de esas sonrisas traviesas que lograban erizarme cada bello del cuerpo.
—No creo que esa respuesta sea muy convincente.
—Depende de a quién se la des —me rebatió sin perder tiempo.
Negué con la cabeza, pero no me moví. Intentar debatir con Elif era una tarea extraordinaria y agotadora, porque hacia todo lo posible para ganar o empatar, pero nunca se permitía perder la razón o la lógica de su pensamiento o acción.
Debería haberme dado la vuelta, montarme en mi auto y marcharme a casa.
Debería haber huido de ella sabiendo que era mi única tentación desde hacía ya un tiempo, y que si, cuerdo me era casi imposible resistir mis deseos y emociones, con algunos tragos encima la tarea se me haría mucho más difícil.
Debería haberle dicho que era hora de irse y enviarla a casa con Jace, ya que Blake andaba perdido entre las piernas de alguna de las conejitas afortunada de esta noche de haber logrado enredarse con el codiciado capitán.
Ese era el pensamiento lógico. Esa hubiera sido la acción correcta. Segura.
Pero ella me miraba como si yo fuera lo más importante de su universo, algo más que el popular portero de un equipo de hockey. Como si no fuera solamente el mejor amigo de quien ella consideraba su hermano. Como si no fuera el chico que siempre le decía “ve a dormir, enana” cuando se quedaba despierta demasiado tarde, queriendo participar en cada una de nuestras reuniones o actividades.
Como si no hubiera crecido y aún siguiera siendo ese pequeño de seis años al que le dijo que, cuando fuera grande sería mi esposa.
—No deberías estar aquí sola. A esta hora ya los tragos están haciendo estragos en la cabeza de los chicos —dije.
Ella arqueó una ceja.
—Pero no estoy sola. Estás tú… conmigo.
«Hostia divina».
Esas palabras eran tan peligrosas como la arena movediza. La forma en que lo dijo no fue un error, tampoco inocente.
Últimamente nunca lo era cuando venía de ella, sobre todo cuando estábamos solos.
La poca distancia que había entre nosotros en este preciso momento parecía ser un chiste. Uno malo.
Muy malo.
Porque cada vez que ella respiraba cerca de mí, algo en mi interior se descontrolaba y dejaba de funcionar correctamente.
—Contrólate, Elif. No comiences a jugar con fuego. No hoy —advertí.
Ella sonrió. Pero no fue esa sonrisa tierna que te llena el alma o la genuina que te ilumina el día; era esa traviesa y maldita que me ponía la piel de gallina.
—No estoy jugando, mi sexy vikingo —respondió tranquilamente, como si solo me estuviera dando la hora.
Y eso fue lo peor. Porque no había sido una más de sus bromas o sus frases sarcástica, lo dijo en serio. Y con una intensión que no permitía ser ajena ni mal interpretada.
Y entonces dio otro paso.
Demasiado cerca.
Tan cerca que pude oler el alcohol de la bebida en su respiración. Tan pegada a mí que el aroma de su perfume me envolvió como una segunda piel.
Pude ver cómo su mirada no temblaba ni un poco. Como su determinación parecía un incendio que amenazaba con consumir todo a su paso, que en este caso… éramos nosotros.
Pero yo sí estaba temblando. No de miedo. No de cobardía. Mi cuerpo se estremecía a causa de ese deseo silencioso que me estaba devorando día a día. Por el autocontrol que me imponía a cada segundo que pasábamos bajo el mismo techo o cuando teníamos este tipo de cercanía.
—No deberíamos… —empecé.
Pero no logré concluir la frase.
Porque ella terminó de cerrar el mínimo espacio que aún era visible entre nosotros, levantó la mano y me acarició el pecho. No de la manera que dos amigos se tocan, sino de la forma en que una mujer explora al hombre que desea.
Fue solo eso.
Ese simple, pero devastador modo de tocar.
Su cálida palma, deslizándose ligeramente por mi musculoso torso. Como si estuviera comprobando que este momento era real y que yo era el mismo que de pequeña ella había reclamado como suyo.
Y lo peor es que yo ya no estaba seguro de sí, alguna parte de mí, aun me pertenecía.
—Siempre dices eso —susurró, poniéndose de puntilla y rozando nuestras narices.
—P-porque es verdad —logré decir. Al mismo tiempo que tragaba en seco y sentía toda mi sangre correr a ese lugar que no debía dejarse tentar.
—No contigo, vikingo —dijo en un susurro que me recorrió toda la columna—. Ninguna de las reglas a las que estas intentando aferrarte, se aplican a nosotros.
«Mierda. Mierda. Mierda. Y mil veces mierda. Lárgate, Axel».
Mi cuerpo no se movió, fue como si mis piernas hubiesen quedado atrapadas en cemento. Y, entonces, la miré.
La miré de verdad. Sin esa apariencia de amistad.
Y por primera vez no vi a la niña que había conocido desde que su madre la trajo al mundo.
Vi a una mujer segura de lo que quería. A alguien que me estaba desarmando sin esfuerzo.
Y ese fue el momento crucial. El punto exacto en el que todo dentro de mí se rompió sin hacer ruido.
Porque sí. Lo había pensado. Demasiadas veces. En innumerables ocasiones
En los vestuarios.
En los entrenamientos.
En las salidas que compartíamos.
E incluso soñado en las noches donde ella aparecía en mi cabeza sin permiso.
Pero pensar no era lo mismo que hacer. No, al menos… hasta ahora.
—Por favor, pequeño ángel. No hagas esto —dije, más bajo de lo que jamás había hablado.
Ella me sostuvo la mirada. Firme. Determinada. Ardiente.
—¿Hacer qué? —se hizo la inocente.
—Esto —nos señalé.
—No entiendo —siguió haciéndose la ingenua—. No estás diciendo nada que pueda entender.
—Porque si lo digo…
Me detuve en seco. Porque si lo decía en voz alta, ya no habría vuelta atrás.
Pero mi intento de mantenerme en silencio fue inútil, porque… sin quedarme claro cuál de los dos había dado el paso final, nuestras bocas se unieron en un beso que era mucho más de lo que había podido imaginar.
