En la guarida del lobo
El trayecto hacia el distrito financiero transcurrió en un silencio opresivo. El interior del sedán negro olía a cuero impecable, un ambiente pulcro que contrastaba con el caos de mis pensamientos. Observé a través del cristal tintado cómo las calles residenciales donde había crecido se desdibujaban bajo la lluvia para dar paso a los imponentes rascacielos del centro de la ciudad.
Me sentía como una prisionera siendo escoltada hacia el patíbulo. Mis manos temblaban sobre mi regazo. Cada semáforo y cada giro sobre el asfalto mojado me acercaban más al hombre que acababa de comprar mi vida.
El coche se detuvo frente a la Torre Blackwood. El edificio se alzaba hacia el cielo plomizo como un monolito de obsidiana, una estructura de cristal oscuro y acero que parecía absorber la luz a su alrededor.
Antes de que pudiera abrir la puerta, un hombre vestido con un traje gris la abrió por mí, sosteniendo un enorme paraguas negro.
—Señorita Sterling —dijo. Su voz era grave, contenida. Tenía el cabello rapado a los lados y unos ojos de un color ámbar extraño, tan fijos y penetrantes que me hicieron sentir acorralada—. Soy Elias, el asistente personal del señor Blackwood. Sígame, por favor.
No me ofreció una sonrisa ni la cortesía a la que estaba acostumbrada. Asentí en silencio, recogí mi abrigo y salí al aire frío.
El vestíbulo era una vasta extensión de mármol negro y líneas minimalistas. Un eco hueco acompañaba nuestros pasos mientras Elias me guiaba hacia un ascensor privado. No había botones; solo un escáner biométrico donde colocó su mano. El elevador comenzó a subir a una velocidad vertiginosa, robándome el aliento mientras los números parpadeaban en la pantalla.
—El señor Blackwood tiene una agenda muy estricta —advirtió Elias—. Le sugiero que escuche con atención, firme donde se le indique y no haga preguntas innecesarias.
Tragué saliva y alcé la barbilla. Mi familia estaba en la ruina, pero no iba a permitir que el asistente de un magnate me intimidara.
—Tomaré nota, Elias —respondí con frialdad.
Las puertas se abrieron en el último piso. El penthouse corporativo.
Frente a mí se extendía un despacho colosal, rodeado por ventanales que ofrecían una vista vertiginosa de la ciudad envuelta en nubes de tormenta. La decoración era espartana: tonos grises, negros y madera de ébano. No había un solo toque humano. Era la guarida de un depredador.
Y allí, de pie frente al ventanal, de espaldas a la puerta, estaba él.
Silas Blackwood.
Incluso de espaldas, su presencia era abrumadora. Era más alto de lo que sugerían las fotos de prensa, con hombros anchos que tensaban la tela de su traje negro. Había una postura rígida y acechante en él que encendió todas mis alarmas. El aire en la habitación olía a pino, lluvia y madera oscura, una fragancia intensa que helaba la sangre.
—Puede retirarse, Elias —La voz de Silas resonó en el lugar. Era un barítono profundo y áspero. Ni siquiera se giró, pero sabía exactamente que estábamos allí.
Elias hizo una leve inclinación y abandonó el despacho, cerrando las pesadas puertas con un clic definitivo. Quedé a solas con él.
Lentamente, Silas se dio la vuelta.
El aire abandonó mis pulmones. Rostro de angulosidades duras, mandíbula marcada y un cabello oscuro que caía con un leve desorden sobre su frente. Pero fueron sus ojos los que me paralizaron: de un color avellana tan claro que, bajo la luz de los relámpagos, destellaban con un matiz dorado casi antinatural. Me escudriñó desde la punta de mis zapatos hasta mi rostro pálido con una mirada fría y despectiva.
Instintivamente, sentí el impulso absurdo de bajar la cabeza, una reacción primitiva que me forcé a reprimir clavando las uñas en mis palmas.
—Luna Sterling —pronunció mi nombre con una lentitud helada—. Pensé que en su círculo social les enseñaban a no hacer esperar a la gente.
El descaro de su comentario encendió una chispa de rabia en mi pecho.
—Discúlpeme si el colapso de mi familia y el chantaje para obligarme a casarme con un desconocido desajustaron la marcha de su chofer, señor Blackwood —repliqué.
Silas acortó la distancia con pasos largos y silenciosos. Se detuvo a menos de un metro de mí. Su altura era intimidante; tuve que inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada.
—Dejemos las cosas claras, señorita Sterling —dijo en un susurro áspero—. No me interesa su indignación ni su orgullo aristocrático. Usted está aquí porque su padre es un incompetente que estuvo a punto de perder las Tierras del Norte. Tierras que yo necesito. Usted es simplemente un instrumento. Un escudo de relaciones públicas para mantener a la prensa y a la junta alejados de mis decisiones.
—Si soy solo un escudo, ¿por qué exigir un matrimonio? Podía comprar las tierras en la subasta.
Silas estrechó los ojos y, por un microsegundo, el dorado de sus pupilas pareció brillar con intensidad.
—Hay reglas y compromisos que usted no necesita entender. Este contrato es un acuerdo comercial. Un año. Trescientos sesenta y cinco días en los que fingirá ser la esposa perfecta ante las cámaras. Sonreirá, asistirá a los eventos y no hará preguntas. A cambio, su padre no pisará una cárcel.
Se giró hacia el escritorio de cristal, tomó una pluma estilográfica plateada junto al documento y me la tendió.
—Firme.
Miré el papel. La línea punteada al final de la página parecía el borde de un precipicio.
—Si me niego... —comencé.
—Si se niega, en este instante hago una llamada y su padre será arrestado antes del anochecer —interrumpió sin piedad—. Su madre será desalojada mañana y yo me quedaré con las tierras de todas formas. Decida.
Apreté los dientes y tomé la pluma.
En el instante en que mis dedos rozaron los suyos, una descarga eléctrica, aguda y punzante, chisporroteó entre nuestra piel. Fue un latigazo tan violento que solté un grito ahogado y retrocedí un paso.
Silas se tensó al instante. Un sonido bajo, un gruñido gutural, vibró en el fondo de su pecho. Apartó la mano de golpe, mirándose los dedos como si se hubiera quemado con fuego vivo. Sus ojos dorados se clavaron en los míos, abiertos con una mezcla de desconcierto y una furia peligrosa.
—Firme el documento —ordenó con la voz enronquecida, dando un paso atrás para marcar distancia.
Con el corazón martilleando en mi garganta y la piel de los dedos todavía ardiendo, me incliné sobre el escritorio. Sin leer una sola línea más de mi condena, estampé mi firma en el papel.
Luna Sterling había dejado de existir. Desde ese segundo, le pertenecía a Silas Blackwood.
