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Los términos del contrato

El eco de la pluma al caer sobre el cristal del escritorio sonó como el cerrojo de una celda cerrándose de golpe.

El aire a nuestro alrededor seguía vibrando, cargado de una estática invisible y antinatural. Me froté los dedos de la mano derecha, donde la piel aún me escocía como si hubiera tocado un cable pelado. Levanté la vista hacia Silas, buscando una explicación a la extraña descarga eléctrica y, sobre todo, a la reacción visceral que había tenido.

Silas había retrocedido varios pasos. Su respiración era irregular, pesada, haciendo que su amplio pecho subiera y bajara bajo la impecable tela de su traje. La furia en su rostro era absoluta, pero detrás de ella, en el fondo de esos ojos dorados que parecían brillar con luz propia en la penumbra del despacho, había algo más. ¿Desconcierto? ¿Pánico contenido?

Fuese lo que fuese, desapareció en un parpadeo. Como si hubiera accionado un interruptor interno, la bestia enfurecida se replegó y el témpano de hielo regresó. Se alisó las solapas del saco con un movimiento brusco, recuperando su compostura letal.

—El contrato está firmado —dijo, su voz volviendo a ser ese barítono monótono y sin emociones—. A partir de este segundo, la deuda de Arthur Sterling está saldada y los embargos han sido detenidos. Su padre conservará su libertad y su madre su casa en la ciudad.

A pesar del alivio inmenso que esas palabras debían traerme, sentí un nudo de plomo en el estómago. El precio era yo.

—Bien —logré articular, esforzándome por mantener la voz firme—. Cumplí mi parte. Ahora, supongo que querrá discutir los detalles de la logística.

Silas caminó lentamente de regreso a su silla detrás del inmenso escritorio, manteniendo una distancia prudencial entre nosotros, como si temiera que yo estuviera cubierta de veneno. Se sentó, entrelazó sus largos dedos sobre la superficie de cristal y me clavó una mirada gélida.

—Siéntese, señorita Sterling. —No fue una invitación, fue una orden.

Tomé asiento en una de las sillas de cuero negro frente a él. Estaba tan rígida que apenas sentía mis propias piernas.

—Ahora que me pertenece por los próximos trescientos sesenta y cinco días, vamos a establecer las reglas de este teatro —comenzó Silas, cada palabra afilada como un bisturí—. No tolero el caos, no tolero la desobediencia y, por encima de todo, no tolero las intromisiones. Usted va a vivir en mi propiedad, pero no formará parte de mi vida.

—Créame, señor Blackwood, no tengo el más mínimo interés en formar parte de su vida —repliqué, irguiendo la espalda. No iba a dejar que me pisoteara sin al menos mostrar los dientes.

Una sonrisa cínica, desprovista de cualquier calidez, curvó la comisura de sus labios.

—Eso espero, por su propio bien. Vidas separadas. Nuestra interacción de puertas para adentro será inexistente. La Mansión Blackwood es lo suficientemente grande como para que no tengamos que cruzarnos jamás si no es estrictamente necesario. Se le asignará el ala oeste de la casa. Usted comerá, dormirá y pasará su tiempo allí. Mi territorio es el ala este y el despacho de la planta baja. Tiene terminantemente prohibido cruzar a mi lado de la casa. Si necesita algo del personal, se lo pedirá a Elias o al ama de llaves, la señora Groves. Nunca a mí.

Asentí lentamente. La idea de estar aislada en un ala gigante de su mansión sonaba solitaria, pero infinitamente mejor que tener que soportar su presencia hostil.

—Entendido. Ala oeste. No cruzar la línea invisible. ¿Qué más? —pregunté, inyectando una dosis de sarcasmo en mi tono.

Los ojos de Silas se entrecerraron peligrosamente.

—Las apariencias. Frente a las cámaras, los socios comerciales y los medios de comunicación, usted será la esposa devota y perfecta. Sonreirá cuando yo se lo indique, hablará solo cuando se le pregunte y mantendrá la ilusión de un matrimonio sólido y respetable. El departamento de relaciones públicas le enviará la agenda semanal con los eventos a los que debe asistir. Fuera de esos eventos, usted no es nada para mí. Solo una firma en un papel.

Sus palabras estaban diseñadas para humillarme, para recordarme mi lugar como un simple objeto transaccional. Tragando el nudo punzante en mi garganta, sostuve su mirada.

—¿Y qué hay de mi vida personal? —pregunté—. Mis amigos, mis estudios, mis salidas. ¿Pretende tenerme encerrada en el bosque como a una prisionera?

Silas se inclinó ligeramente hacia adelante.

—Aislamiento. Durante este año, usted no recibirá visitas en la mansión. Ninguna. Sus amigos no son bienvenidos. El bosque de Blackwood es propiedad privada y cuenta con un perímetro de seguridad que nadie, sin mi autorización expresa, puede cruzar. Si desea ver a sus padres, lo hará en la ciudad, bajo la supervisión de mi equipo de seguridad y siempre que no interfiera con sus obligaciones públicas.

—¡Eso es un secuestro legalizado! —estallé, poniéndome de pie de un salto. Las palmas de mis manos golpearon el escritorio de cristal—. ¡Usted compró mi nombre para su fachada pública, no compró mis derechos humanos!

En una fracción de segundo, Silas también estaba de pie. Se movió con una velocidad inhumana, apoyando ambas manos sobre el escritorio y acercando su rostro al mío. Su tamaño y su presencia amenazante me hicieron retroceder instintivamente un paso. El aire en la habitación volvió a volverse pesado, sofocante.

—Nada de contacto físico, Luna —gruñó, y fue la primera vez que usó mi nombre de pila. Sonó como una amenaza latente—. Jamás. Bajo ninguna circunstancia se acercará a mí, no me tocará y no intentará buscar ningún tipo de cercanía íntima o casual. Lo que pasó hace un momento cuando tomó la pluma... no se volverá a repetir. ¿Me ha entendido?

El recuerdo de la chispa quemando nuestra piel cruzó mi mente. Él estaba alterado por eso. ¿Por qué? ¿Qué le afectaba tanto de un simple roce accidental?

—No se preocupe, señor Blackwood —siseé, cruzándome de brazos—. Prefiero abrazar un bloque de hielo antes que volver a tocarlo a usted.

La tensión entre nosotros era tan densa que amenazaba con asfixiarme. Por un largo momento, Silas me miró fijamente. Sus pupilas parecían dilatarse y contraerse de forma errática. Podía escuchar el sonido de su respiración profunda, casi como si estuviera olfateando el aire a mi alrededor.

Finalmente, retrocedió y presionó un botón en el intercomunicador de su escritorio.

—Elias —ordenó—. Entra.

Las puertas dobles se abrieron al instante y el asistente de aspecto rudo y ojos ambarinos entró en silencio.

—Lleva a la señorita Sterling a la residencia de sus padres —instruyó Silas, volviendo a darle la espalda para mirar hacia el ventanal. La noche ya se había apoderado de la ciudad—. Tiene hasta la medianoche para empacar sus pertenencias personales. A las doce en punto, la escoltarás a la mansión.

—¿Esta misma noche? —pregunté, sintiendo que el poco aire que me quedaba se esfumaba—. Necesito tiempo para asimilar esto, para organizar mis cosas...

—El reloj corre, señorita Sterling —me interrumpió Silas sin dignarse a mirarme—. A la medianoche, su antigua vida termina. Esté lista, o Elias la subirá al coche con lo que lleve puesto.

No había margen para discutir. Era inútil intentar razonar con una pared de granito. Apreté la mandíbula hasta que mis dientes rechinaron, recogí mi dignidad hecha pedazos del suelo y me di la vuelta.

Caminé hacia las puertas donde Elias me esperaba. Antes de salir de aquel despacho opresivo, me detuve por un segundo y giré la cabeza.

Silas seguía de espaldas, una figura alta, oscura y solitaria recortada contra el cielo nocturno de la ciudad. Parecía el dueño del mundo, pero también el hombre más aislado y frío del planeta.

—Disfrute de su adquisición, señor Blackwood —dije, mi voz cargada de todo el veneno que fui capaz de reunir.

No hubo respuesta. Salí del despacho, y las pesadas puertas se cerraron tras de mí, sellando mi destino.

El viaje de regreso fue un borrón. Elias conducía en un mutismo de piedra, sus ojos ambarinos clavados en la carretera, ignorando mi respiración entrecortada en el asiento trasero.

Ver las calles iluminadas por las farolas me produjo una punzada de nostalgia prematura. Esta era mi ciudad, el lugar donde había soñado con construir mi propio camino, donde había imaginado enamorarme de alguien que me mirara con devoción, no con la hostilidad profunda que Silas Blackwood me había profesado.

Mientras el sedán avanzaba bajo la lluvia, saqué mi teléfono. Había decenas de mensajes de mis amigas, notificaciones de redes sociales, ecos de una vida normal de la que tendría que distanciarme. A mis padres no tenía que mentirles; ellos conocían el amargo precio que estaba pagando para salvarlos. Pero al resto del mundo, a mis amigas y a la prensa, iba a tener que venderles la mentira de un romance tempestuoso para justificar esta boda precipitada y mi exilio al bosque. La idea me revolvió el estómago.

Apoyé la frente contra el cristal frío de la ventanilla. Sabía que en la mansión solo podría llevarme mi ropa y mis recuerdos personales; los grandes lujos y bienes muebles de mi familia seguían en proceso de desbloqueo tras el caos de la tarde.

Silas Blackwood creía que me había doblegado. Creía que con su dinero y sus amenazas me había convertido en un simple títere que guardaría en el ala oeste de su inmensa jaula de oro.

Se equivocaba.

Quizás había firmado un contrato. Quizás estaba atada a él por un año. Pero yo era una Sterling, y si iba a adentrarme en la guarida del lobo, no iba a hacerlo como un cordero asustado. Iba a sobrevivir a Silas Blackwood, y descubriría exactamente qué oscuros secretos escondía en ese bosque.

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