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Capítulo 2

No llegué a leer su mensaje.

El nombre de Ryder apareció en la pantalla antes de que cargaran las palabras del Rey. Contesté solo para oír lo asustado que estaba.

—¿¡Te has vuelto loca!? —rugió—. ¿Cincuenta mil? ¿Apostar por ti misma delante de toda la manada? ¿Sabes a quién acabas de dejar en ridículo?

Seguí caminando hacia la zona de llegadas.

—Qué curioso. Creía que el que me había dejado en ridículo a mí eras tú. Ya sabes, cuando me vendiste.

—¡Lo hice por la manada! —Su voz se volvió fría, condescendiente—. Tú te has pasado un año tomando cafés con leche en Europa mientras yo mantenía Moonfall en pie. Tu padre está muerto, Ava. Ya no eres una princesa. Eres una chica sin loba a la que nadie quiere, y si alguien sigue pronunciando tu nombre es gracias a mí.

—Así que colgaste mi foto antigua para humillarme.

—No es humillación si es verdad.

Me paré en mitad de la terminal.

Cuando murió mi padre, la manada se despedazó. Los ancianos se pelearon por su sitio. Lobos que me conocían desde que nací se reían de mí por los pasillos. Demasiado gorda para correr. Demasiado débil para transformarse. Dejé de dormir. Dejé de comer, y luego me lo comía todo. Los ataques de pánico llegaban cada noche.

Ryder me encontró durante uno de ellos. Se quedó sentado al otro lado de mi puerta hasta el amanecer y me dijo: «Olvídate de ellos. Eres preciosa. Yo te protegeré».

Le creí. Le di el sello de mi padre para que hablara en mi nombre en el consejo. Me pidió que lo nuestro fuera secreto, para que nadie dijera que había trepado gracias a la hija del Alfa. También acepté eso.

En el vuelo de vuelta, me había imaginado su cara al verme. Me imaginé que por fin lo haríamos público.

Y vaya si lo hizo público. Solo que con mi dignidad.

—Estas son las reglas de mañana —dijo Ryder, disfrutando otra vez—. El antiguo ritual del tributo. Bebes de la copa del Rey. Llevas su olor delante de toda la Asamblea, con foto publicada en el canal. Después te lleva en brazos a través del Círculo Lunar durante quince segundos enteros. Si el Rey no te echa por hacerle perder el tiempo, considéralo un acto de piedad. Y ahora pide perdón en el canal y cancela tu apuesta.

—Ni en tus sueños.

Colgué y lo bloqueé.

El canal seguía ardiendo.

[¿¿Quince segundos?? Su Majestad mide 1,93, pero no es una grúa.]

[Si al Rey le da un lumbago, ¿Moonfall puede pagar la factura siquiera?]

[Ryder está jugando sucio. Darle basura al Rey es básicamente un insulto a la Corona.]

El móvil volvió a sonar. Nora, mi mejor amiga desde infantil, me fulminaba con la mirada en videollamada, con los ojos rojos.

—He visto la foto. Voy a por mis hermanos. Vamos a despellejar a Ryder Hale y a colgarlo de la verja de la casa de la manada.

—No. —Miré mi reflejo en la ventanilla oscura del coche—. Matarlo es demasiado fácil. Cree que sigo siendo la chica que lloraba detrás de su puerta. Que lo siga creyendo.

Nora se quedó callada.

—Ava. ¿Qué estás tramando?

—¿Quiere usarme de escalón? —Sonreí—. Pues lo voy a pisar. Delante de todos los lobos de Nueva York. Ayúdame a encontrar un vestido que acabe con carreras.

Sonrió como una loba.

—Llevo tres años esperando oírte decir eso.

Colgué y volví a abrir el canal. Seguían riéndose de mi peso.

Entonces un aviso dorado se encendió en la parte superior de la pantalla.

El icono negro. La cuenta que jamás había dicho una palabra en el canal. El hombre ante el que se inclinaba sin rechistar cada lobo de Norteamérica.

[Kaelen Draven: Ella no es una apuesta.]

El canal se detuvo.

Nadie escribió. Nadie reaccionó. Durante un minuto entero, trescientos lobos se olvidaron de respirar.

Después, un mensaje privado se deslizó en mi pantalla.

[Kaelen Draven: Si no quieres venir mañana, no tienes por qué hacerlo. No hay lobo vivo que se atreva a tocarte.]
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