6. Agonía
Cuando comenzaron a calentar un poco e iniciar su trayectoria cada uno colocó una lámpara especial para corredores. Entonces, trotaron y se adentraron por el bosque.
Luego de una hora y media después de correr 11.7 kilómetros, se detuvieron al llegar al mirador cuatro palos, en donde se sentaron para observar la majestuosa panorámica, que les regalaría con el amanecer.
Justo cuando llegaron tomaron asiento apreciando el hermoso mar de niebla, que se formó en el mirador. Atentos siguieron el camino de la neblina desplazándose atravesando por las montañas, logrando distinguir la corriente como si fuera el océano con su majestuoso oleaje.
Pasaron un largo rato disfrutando de la hermosa vista que la naturaleza les regalaba. Brisa se acercó y comenzó a hacer plática con Fernando, debido a que Memo y Sol, no dejaban de darse demostraciones de amor y tomarse selfies, olvidándose de ellos.
El joven por educación comenzó a interactuar con ella, sin embargo, tenía muy marcada la línea, entre una amistad y un amorío, así fuera ocasional, después de haberse llevado un mal sabor de boca con la última mujer que salió, por lo que no deseaba involucrarse de mayor manera.
— ¿Tienes mucho tiempo viniendo a Pinal? —Brisa indagó, queriendo saber un poco de la vida de él.
—Cerca de cuatro años —Fernando respondió.
—Memo nos había hablado sobre ti, desde hace mucho tiempo nos invitó a pasar un fin de semana en la sierra —la joven explicó—, me alegra haber coincidido, ya que siempre que los acompañó salgo sobrando— Dirigió una mirada ante los arrumacos de la pareja.
Fernando no pudo evitar esbozar una sonrisa al observar a Memo y Sol.
— ¿En dónde radican? —preguntó más relajado.
— En la ciudad de Querétaro, pero debido a mi trabajo viajo mucho —Brisa explicó—. Ojalá volvamos a coincidir, o quizás podamos salir a tomar una copa —sugirió sonrojada.
—Deja de acosarlo —Memo bromeó, observó a Brisa mirarlo con los ojos abiertos de par en par, mientras él estrechaba a su novia sobre su regazo.
—No… lo acoso, solo hice una sugerencia —comentó intentando disimular el bochorno.
Memo vio a Fernando, quedarse callado sin decir una palabra más.
— ¿Tiene algo de malo, lo que dije? —Brisa indagó.
—No, claro que no —Sol respondió—, no lo acosas, lo estás invitando a tomar una copa —refirió al observar a su hermana avergonzada.
—Solo bromeaba —Memo comentó, sin dejar de mirar a su amigo.
—Momento de volver. — Fernando se puso de pie, sonrió con amabilidad, le dio la mano a la joven con caballerosidad—. No hiciste ningún comentario inapropiado, será cuestión de ponernos de acuerdo y con gusto te invito a tomar una copa —externó con cortesía, tratando de no hacerla sentirse más apenada.
La joven sonrió, sintiendo alivio, entonces supo que no desperdiciaría la oportunidad para salir con aquel apuesto caballero.
****
Horas más tarde.
Recostado sobre el sillón, de aquella cabaña, observó atento la chimenea, recordó aquel crudo invierno que pasó en Francia. En ese hotel para vacacionar, en MontBlanc, en Sain-Gervairs-les bain, rodeadas de hermosas y blanquecinas montañas disfrutaba los días solo, hasta que una joven, de ojos color chocolate, se acercó para buscar calor en el fogón que había en la vivienda:
— ¿Te importa compartir? —cuestionó la chica.
—No tengo inconveniente —respondió, sonriendo con espontaneidad. Fijó sus ojos en aquella española, que llamó su atención.
—Parece que la noche será más helada que las anteriores —la joven, comentó acercándose a la chimenea.
—Eso mismo pensaba —Fernando continuó conversando con aquella chica, mientras tomaba el vaso que tenía sobre la mesa.
— ¿De dónde eres? —la joven, cuestionó, con su peculiar seseo.
—Soy mexicano —Fernando, respondió con orgullo. — ¿Cómo te llamas? —indagó, sintiendo simpatía con aquella hermosa joven.
—Soy Montserrat. —Frotó sus manos, intentando generar calor.
Entonces, Fernando, se puso de pie hacia la máquina expendedora, luego de unos minutos regresó con una bebida caliente y se la entregó.
—Espero que te ayude a mitigar el frío —comentó ladeando los labios, sonriendo con interés.
—Muchas gracias. —Montse, lo tomó con un ligero sonrojo—, vine con un grupo de amigas, salieron a dar un tour, como me dolía la cabeza, me regresé —narró—. En la mochila de una de ellas va... mi cartera.
—Un placer poder invitarlo— externó con ternura.
Esa noche charlaron mucho, desde ese momento fluyó una química entre ambos, disfrutaron de pasar el tiempo sobre aquella chimenea, desde que la miró a los ojos sintió una gran atracción hacia ella. Al conversar supo que también vivía en Sevilla, que estaba por ingresar a la misma universidad, en la que él cursaba su primer año.
Esas vacaciones fueron una de las mejores que vivió, ya que Montse, lo invitó a unirse con el grupo de amigos que iba, organizando algunos tours para recorrer el lugar.
Meses después.
En cuanto Montse, se matriculó a la universidad, comenzó a salir con Fernando más seguido, por donde quiera que lo hicieran las carcajadas de la joven, los hacía delatarse.
Una de esas ocasiones, Fer la invitó a cenar y compartieron la paella que tanto le gustaba, además de las clásicas tapas, con jamón serrano, queso y un buen vino.
El joven suspiró al verla, reconociendo que en poco tiempo aquella hermosa chica, se volvió alguien muy especial. Sin dejar pasar más, decidió confesarle todo lo que despertaba en él.
—Espero que haya sido de tu agrado la cena —comentó con nerviosismo.
—Lo es, sabes que adoro la paella—sonrió con cariño.
—Deseo decirte algo— Fernando dirigió su profunda mirada color chocolate sobre los ojos de la española—. Me gustas mucho… y no solo eso, me encanta estar a tu lado, entonces colocó una de sus manos sobre la chica.
Montse tembló al mirarlo a los ojos, suspiró profundo sonriendo, a continuación, correspondió al toque de Fernando, situando la otra sobre la suya.
—También siento algo por ti. —Mordió sus labios—. Nunca había experimentado una sensación así.
Sin esperar más Fernando se acercó poco a poco hacia la chica, para depositar su primer beso, al tiempo que una de sus manos subió hasta su mejilla.
***
De pronto el sonido de su móvil lo hizo salir del torbellino en el que estaba envuelto, para volver a su soledad. Limpió un par de lágrimas que escurrieron de manera involuntaria, inhaló profundo para responderle a su amigo.
Memo: ¿No te interrumpo?
Fernando: No, para nada.
Memo: Vamos a ir a tomar una copa ¿Nos acompañas?
Fernando: No, gracias, voy a descansar porque regreso mañana temprano.
Memo: Será para el próximo fin.
Fernando: De acuerdo, el siguiente fin, los acompaño sin falta.
****
En cuanto cortó la llamada Memo, dirigió su mirada a Brisa, sonrió triunfador.
—Te lo dije, no aceptó, ni aunque te ofrecieras a hacerle un privado —enfatizó.
—Ese hombre me encanta, si no fue esta vez, ya tendré la oportunidad en otra ocasión, recuerda que me invitó a salir—Suspiró profundo.
—Conozco a Fernando desde hace muchos años, sé que no le interesas, pero si quieres perder tu tiempo, sigue insistiendo. —Memo se encogió de hombros.
—Yo te apoyo hermanita —Sol habló en defensa de Brisa. —Uno debe luchar por lo que le interesa, sabías que desde hace un par de años, me gustaba este hermoso hombre y tuve que ser paciente para que se fijara en mí— Sonrió con dulzura.
—Me disculpo por haber sido un ciego —comentó Memo, mirando a su novia—, debo advertirles que el caso de Fernando es distinto, no sé si algún día logre volver a enamorarse —externó con sinceridad—. Además desconozco, si exista la mujer, que lo vuelva hacer sonreír —refirió con tristeza, deseando que su amigo lograra de alguna forma reconstruir su vida.
«¿Podrá ser Brisa, la mujer que le devuelva las ganas de volver a vivir?», se cuestionó Memo, sin dejar de reconocer que era tan atractiva y agradable, como su novia.
