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5. ¿Quién eras?

“La tristeza y las decepciones del pasado, te harán más fuerte en el futuro”. Anónimo.

Después de que pasaron un par de horas, divertidos. Hugo invitó a cenar a su sobrina, salieron del cine y se dirigieron a un restaurante de la misma plaza, luego de que tomaron asiento y ordenaron un par de ensaladas, Hugo tomó la palabra.

—Tengo algo para ti —expresó y sacó un sobre y se lo entregó.

Clarissa frunció el ceño y lo miró con extrañeza.

—¿Y eso? —cuestionó con intriga.

—Abrelo —solicitó.

Clarissa destapó el sobre y sus ojos se abrieron de par en par al ver el contenido.

—No puedo aceptarlo —estiró su mano, devolviéndoselo.

Hugo frunció el ceño.

—Ni que fuera tanto dinero —dijo sonriente—. Solo es una ayudadita, para que te compres algo de ropa y puedas ir a trabajar bien presentable —mencionó con ternura.

La mirada de la joven se cristalizó al escucharlo.

—Haces tanto. —Esbozó una ligera sonrisa—. No sé cómo pagarte—, eres como un padre para mí.

El corazón de Hugo se hinchó de felicidad.

—Ni que fuera tan viejo para ser tu papá —bromeó—, es una fortuna ser el más joven de 10 hermanos —indicó al tener 43 años de edad.

—En eso tienes razón, fuiste el único que quiso cuidar de mí a pesar que estabas estudiando en el seminario, te agradezco que me llevaras a vivir al convento, fui muy feliz —refirió con nostalgia.

—Lo sé, religiosas del monasterio también lo fueron contigo —sonrió—. Espero que pronto vayamos a visitarla y te vean con mayor ánimo.

Clarissa estaba por responder cuando el sonido del móvil de Hugo se escuchó, por lo que él tomó su teléfono y se puso de pie.

—Tengo que responder, no tardó —explicó sabiendo que se trataba de un caso delicado y se alejó.

Clarissa tomó la taza que tenía entre sus manos y bebió un sorbo de café, entonces la interacción de una pareja besándose, la hizo recordar cómo es que Armando la iba a visitar a la cafetería de la mamá de su mejor amiga y la cortejó hasta hacerla su novia:

Era un día común para el trabajo de Clarissa, la cafetería se encontraba desbordada de clientes, la joven se sorprendió al ver a aquel hombre al que no tenía mucho de haberse mudado por el rumbo donde vivía, sentado esperando a que lo atendieran.

Armando solicitó un café expreso y un pastelillo, cuando le fue llevada su orden, no perdió el tiempo y comenzó mostrando su buen sentido del humor. Después de ese momento, no hubo uno solo que no asistiera a tomar un café, solo para verla.

Poco a poco se fueron haciendo amigos, la acompañaba a sus clases de ballet, la llevaba al convento, así estuvieron por seis meses, hasta que le confesó que sentía algo especial hacia ella.

Clarissa, se quedó paralizada, ante su declaración; su corazón latió más rápido que de costumbre. No entendía esa sensación, ese nerviosismo. Sentía que le faltaba el aire y cuando menos lo esperó, los labios de él estaban sobre los de ella.

Se estremeció ante la sorpresa y la rapidez con que la besó, además que era su primera ilusión; sin embargo, algo en su interior algo le dijo que no fue de la manera que lo esperaba, aunque del todo no le fue indiferente, no hubo mariposas en su interior, como había escuchado decir. Ni aquella sensación especial, que imaginó que la estremecería.

Cuando finalizó Armando, la abrazó y la tomó de la mano, caminó a su lado, por las hermosas y coloniales calles de la ciudad tapatía, desde ese día inició ‘su relación’.

A partir de aquel día la acompañó al claustro, sin poder evitarlo ante su encanto y simpatía, comenzó a caerles de maravilla a las monjitas, por ser un hombre tan atento con Clarissa, que además contribuía cuando veía que necesitaban apoyo masculino, ganándose con facilidad su estima.

****

La joven salió de aquel recuerdo luego de que sintió como alguien limpiaba sus mejillas, de inmediato se tensó, sin embargo, se tranquilizó al ver a su tío hacerlo.

—¿Te sientes bien? —cuestionó.

—Sí —respondió avergonzada—, estaba pensando en las monjitas —mintió. — ¿Nos vamos? —indagó poniéndose de pie.

—Sí, vamos a descansar —solicitó sintiendo pesar al ver la entristecida mirada de su sobrina.

*****

Sierra Gorda, Querétaro, México.

Sábado.

Fernando, se preparaba para trotar, por la ruta de Pinal de Amoles, eran las 5:00 am, al momento que un auto se estacionó frente a la cabaña, en la que solía hospedarse cuando deseaba desconectarse del mundo.

Desde hacía tres años que la sierra gorda queretana, se convirtió en su lugar predilecto, entre el hermoso bosque de pinos, las cascadas y la exuberante vegetación que había.

En cuanto escuchó a su amigo llegar, Fernando salió de inmediato, percibió la neblina que cubría el hermoso paisaje lleno de pinos. Se estremeció un poco ante el frío que se sentía; abrochó su sudadera deportiva; para luego colocarse su mochila de hidratación, observó a Memo descender, acompañado de dos personas más.

—Traje compañía para que esto se haga más interesante —expresó, entonces tomó por la mano a una de las jóvenes que llegó con él.

Fernando inhaló profundo, en ese momento un aro de nostalgia, lo cubrió, al recordar cuando salía con sus amigos en España, la forma en la que cuidaba del descenso de su chica, su corazón dio un pinchazo con gran dolor, al saber que ya no estaba ahí.

—Te presento a Sol, mi novia.

Memo lo sacó de sus recuerdos.

Fernando dirigió su mirada a la joven, observando con detenimiento la gran cantidad de rizos que tenía, notó sus delicadas facciones; además que sonreír con amabilidad.

—Un placer —la chica, comentó al tiempo que se acercó más a su novio para buscar un poco de su calor.

—Un gusto —Fernando respondió, observó a la otra joven que los acompañaba, con características similares a la novia de su amigo, nariz pequeña, ojos grandes llamativos, color ámbar, labios delgados, cabello rizado.

—Ella es Brisa, mi hermana menor —la hermosa castaña comentó.

—Que tal— Fernando sonrió, sin separar sus labios.

—Encantada. —Brisa batió sus pestañas y saludó coqueta ante lo apuesto que era él. Su barbilla tembló sin poder evitarlo al sentir el fuerte aire correr.

— ¿Nos vamos? —Fernando comentó, para no perder más el tiempo. Miró con discreción a Memo frunciendo el ceño, sabiendo que aquel joven, traía algo entre manos, al haber invitado a aquella otra mujer.

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