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7. Es Usted

«Es usted, lo sé… Desde hace muchos sueños atrás». Joel Montero.

***

Lunes

La joven se colocó un traje sastre, recien adquirido, en tono azul marino, con una blusa blanco, además, de un par de zapatillas, en color negro. Se arregló en un moño su rubia cabellera y maquilló un poco su rostro. Después de tomar dos autobuses, llegó puntual a la empresa, preguntó un par de veces por ‘Ponce y Asociados’. Al observarla, frente a ella, se sorprendió al ver el inmenso edificio cubierto por cristales.

Separó los labios en una gran ‘O’ al darse cuenta que ni siquiera se había imaginado como era, si era pequeño, grande o mediano. Subió por la escalinata para llegar a la entrada principal y caminó hacia la recepción, en donde la chica encargada, la anunció por lo que le indicaron que subieran a la oficina de juntas al nivel 10.

Permaneció un par de minutos sentada en la elegante sala de espera. Elevó su rostro, al ser llamada por un hombre de edad madura, alto, corpulento, de tez clara, ojos color café y cabello oscuro, con un poco de canas.

Aquella persona sonrió con amabilidad, observando la hermosa apariencia de la joven.

«Justo lo que necesito», pensó para sí mismo.

De manera tranquila conservando esa sonrisa, la recibió intentando ser una persona muy amable.

—Pasa Clarissa. ¿Cómo estás? —le preguntó aquel hombre, que salió a atenderla—. Soy el licenciado Carlos Ponce. ¿Cómo está tu tío? —cuestionó de nuevo—, hace tiempo que no he ido a la casa y por lo tanto no he podido saludarlo.

Clarissa se aclaró la garganta.

—Se encuentra bien, gracias —respondió con aquella dulce voz que la distinguía.

—Me siento mal con mi consciencia —mintió—, por haber dejado de visitarlo, él siempre tan atento y me apoyó tanto en el pasado —comentó, mientras ingresaban a la sala de juntas.

Justo en ese momento cuando comenzó a hablar de su tío, Clarissa, se dio cuenta de que con quien charlaba, era ‘el dueño de aquella enorme empresa’, lo miró atenta, pareciéndole un hombre sencillo, y de gran calidez, además de sonreír de forma agradable.

La joven sostenía en su mano, una carpeta, con sus documentos, después de que ambos tomaron asiento, se los entregó mirándola atenta a los ojos.

—Clarissa— Carlos Ponce, sonrió, ladeando sus labios—. Esta entrevista es solo para conocerte, tu tío ya me ha explicado que estabas estudiando la licenciatura en administración, ya tengo pensado en qué área vas a laborar. —Elevó una ceja y presionó su puño.

El rostro de aquella chica, no pudo evitar llenarse de gran sorpresa, ya que nunca nadie en toda su vida, le había ofrecido un trabajo, así de esa manera tan sencilla.

—Acompáñame —solicitó el licenciado Ponce. Subieron utilizando el ascensor hasta el piso veintidós.

***

Fernando analizaba algunos balances que le entregaron por el departamento de contabilidad. Colocó dos de sus dedos sobre el puente de su nariz, sintiéndose algo cansado, además de molesto ante los despilfarros de su padre, luego de revisar los estados de cuenta que el contador le hizo llegar, por petición de él. Conocía que sus derroches tenían que ver con mujeres… una de sus grandes debilidades, aun sabiendo que sus finanzas no se encontraban nada bien.

—Tengo que pensar en la manera de frenarlo o provocará un daño mayor —refirió lleno de preocupación, pero ¿Cómo? —se cuestionó al saber que no tenía control en lo absoluto, además que se comportaba como un adolescente en conquista de mujeres jóvenes, las cuales podrían ser sus hijas.

Justo en ese momento tocaron a su puerta.

Con esa voz gruesa masculina, afirmó que pasaran, observando a su padre ingresar, acompañado de una muy hermosa joven rubia, de unos ojos muy llamativos color esmeralda, piel blanca al igual que el marfil, fijó su vista en aquel rostro celestial, de facciones delicadas como las de un ángel.

Sonrió cortés al verlos entrar; sin embargo, esta se le quitó al escucharlo hablar:

—Te presento a tu nueva asistente, su nombre es Clarissa.

El licenciado Fernando dirigió su oscura mirada hacia la joven, de inmediato su semblante cambió tornándose serio, apretó la mandíbula, molesto, sin decir nada.

Aquella joven se sintió intimidada ante la forma en la que la observó. Dirigió su vista hacia el licenciado Ponce, estaba a punto de agradecer su amabilidad, y declinar la oportunidad de laborar en aquella empresa, cuando escuchó a Fernando pronunciar:

— ¿Qué remedio tengo?, ya lo decidiste —bufó sin poder contenerse, percatándose que aquella chica, escuchó, por lo que ella se sonrojó en el instante.

Carlos Ponce sonrió al escuchar a Fernando y negó con la cabeza.

—No te preocupes que no muerde —bromeó—, solo ha tenido un mal día —mencionó elevando su mentón, pensativo.

Clarisa se inquietó, su corazón palpitó deseando salir huyendo; tuvo que hacer un gran esfuerzo para evitarlo. Giró su rostro para mirar a Fernando, de inmediato, se estremeció al oír su rechazo. Eso la hizo sentirse incómoda, presionó sus labios e inclinó su cabeza, sin comprender… ¿Por qué le molestaba tanto su presencia, sin conocerla y darle la oportunidad de demostrar su capacidad?

«¿Podré convivir con este hombre a diario?», se cuestionó, pasando la saliva con dificultad.

****

Una semana después.

La joven, estuvo casi todo el tiempo metida en la oficina de Fernando, para comprender las actividades que realizaba. Tomaba notas de las empresas en las que en específico debía pasarle las llamadas, aunque estuviera en reuniones, también él le empezó a mostrar los paquetes computacionales, con los que manejaban la administración.

Poco a poco comenzó a tomar confianza en las actividades que realizaba; sin embargo, le costó mucho adaptarse a su jefe, ya que solo se dirigía a ella en lo laboral, marcando su distancia de forma fría.

Por su parte Clarissa, se limitaba a hacer las actividades que le asignó, sin decir nada más, ya que su presencia lo ponía nerviosa al tener la idea que era un hombre juicioso y muy seco, además, que solía sentir su contrariedad ante su presencia. Sin poder evitarlo con frecuencia se preguntaba «¿Por qué?». A pesar de aquella circunstancia a ella le hacía tanto bien contar con ese trabajo, ya que su vida era más ligera.

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