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Capítulo 2 : Una Nueva Oportunidad

Abrí los ojos apenas unos segundos antes de que sonara el despertador.

Permanecí inmóvil, observando el techo de mi habitación mientras intentaba convencerme de que la sensación que tenía en el estómago era simplemente nervios y no miedo.

Apagué el despertador antes de que emitiera el primer sonido y me incorporé lentamente.

La tenue luz de la mañana se filtraba entre las cortinas, bañando la habitación con un tono dorado que siempre conseguía hacerla parecer un poco más acogedora de lo que realmente era.

Después de crecer en un internado donde casi todo era compartido, tener un espacio que pudiera llamar mío seguía pareciéndome un pequeño lujo.

Tomé una ducha rápida, me sequé el cabello y abrí el armario.

Durante varios minutos observé la ropa sin decidirme.

Aquella entrevista no era como las demás.

No conocía a la familia.

No sabía qué esperaban de mí.

Ni siquiera sabía dónde tendría lugar exactamente.

Solo quería causar una buena impresión.

Finalmente elegí unos pantalones de vestir color marfil, una blusa azul cielo de manga larga y un blazer beige que reservaba para ocasiones importantes.

Era un conjunto elegante sin resultar llamativo.

Justo lo que buscaba.

Mientras terminaba de acomodar mi cabello en una coleta baja, escuché el sonido inconfundible de una sartén chocando contra algo.

Sonreí antes incluso de salir de la habitación.

Emily ya estaba despierta.

Abrí la puerta y el aroma del café recién hecho invadió mis sentidos.

—Buenos días —saludé.

Ella levantó la vista desde la estufa.

Llevaba el cabello recogido en un moño desordenado y todavía vestía el pantalón del uniforme del hospital junto con una camiseta vieja de una universidad que nunca había pisado.

—¡Miren quién decidió abandonar su cueva!

Solté una risa.

—Solo son las siete.

—Exactamente. Un milagro digno de documentarse.

Me acerqué hasta la cafetera y serví una taza.

—Pensé que habías tenido turno de noche.

—Lo tuve.

—Entonces deberías estar durmiendo.

Emily se encogió de hombros.

—Dormir está sobrevalorado.

—Eso lo dice alguien que se queda dormida viendo películas a las nueve de la noche.

—Eso es descansar los ojos.

—Claro.

—Cinco minutos.

—Que siempre terminan siendo dos horas.

Ella hizo una mueca de indignación fingida.

—No esperaba que usaras mis debilidades en mi contra.

Negué con la cabeza mientras tomaba asiento.

Era imposible empezar el día de mal humor con Emily cerca.

Habíamos llegado al apartamento casi al mismo tiempo, cuatro años atrás.

Ella acababa de terminar la universidad y empezaba su residencia en el hospital central.

Yo acababa de conseguir mi primer empleo como niñera.

Compartir alquiler era la única opción que ambas podíamos permitirnos.

Lo que empezó como una simple solución económica terminó convirtiéndose en una amistad que jamás habría imaginado encontrar.

Emily dejó un plato frente a mí.

Dos tostadas, huevos revueltos y fruta.

—No hacía falta preparar tanto.

—Sí hacía falta.

Se sentó frente a mí y apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Hoy tienes una entrevista importante.

Tomé un sorbo de café antes de responder.

—No sé por qué estoy tan nerviosa.

—Sí lo sabes.

Guardé silencio.

Ella me observó unos segundos.

—Tienes miedo de perder esta oportunidad.

Suspiré.

—Supongo que sí.

—Soph... —Su tono se volvió más suave —. La señora Parker prácticamente te hizo una carta de amor profesional.

No pude evitar reír.

—No exageres.

—No exagero. Estoy segura de que si le hubieran pedido escribir una novela sobre lo maravillosa que eres como niñera, también la habría escrito.

—Eso no significa que me contraten.

—Tal vez no. —Se inclinó un poco hacia delante —. Pero significa que llegas con las mejores referencias posibles.

Bajé la mirada hacia mi taza.

Era cierto. Aun así, la incertidumbre seguía allí.

No estaba acostumbrada a depender de promesas o posibilidades.

Prefería los hechos. Y, de momento, el único hecho era que me había quedado sin trabajo.

Emily pareció leer mis pensamientos.

—¿Sabes qué creo?

Negué con la cabeza.

—Creo que llevas tantos años resolviendo todo sola que olvidaste reconocer lo buena que eres en lo que haces.

Aquellas palabras me hicieron levantar la vista.

Ella sonrió.

—No eres una buena niñera porque tengas suerte. Lo eres porque trabajaste para convertirte en una.

Recordé todas las noches estudiando después del trabajo.

Los cursos de primeros auxilios.

Las certificaciones.

Los fines de semana dedicados a talleres de estimulación temprana y desarrollo infantil mientras otras personas salían de fiesta.

Nada de aquello había sido fácil, pero tampoco me arrepentía.

—Gracias.

Emily sonrió satisfecha.

—Ahora sí te reconozco.

—¿Qué quieres decir?

—Volvió la Sophie que sonríe.

Negué con la cabeza entre risas.

—Eres imposible.

—Y tú demasiado seria.

Miré el reloj.

Faltaba poco más de una hora para la reunión en la agencia.

Me levanté para dejar la taza en el fregadero y tomé mi bolso del respaldo de la silla.

Dentro llevaba una carpeta con mi documentación, certificados, referencias laborales y varias copias de mi currículum.

Probablemente no las necesitaría. BellCare ya tenía todo aquello en sus archivos.

Pero prefería ir preparada.

Siempre lo hacía.

Antes de salir, Emily me detuvo sujetándome suavemente del brazo.

—Una última cosa.

La miré.

—Confía en ti tanto como confían los niños que has cuidado.

Sus palabras me hicieron sonreír de nuevo.

—Lo intentaré.

Ella abrió la puerta del apartamento con un gesto teatral.

—Entonces ve y consigue ese trabajo.

Respiré profundamente antes de salir al pasillo.

Me despedí con un gesto de la mano y salí del edificio.

La mañana estaba fresca y el cielo lucía despejado, con apenas unas cuantas nubes adornando el horizonte.

Llegué a la parada justo cuando el autobús doblaba la esquina.

Subí, saludé al conductor y tomé asiento junto a la ventana.

Saqué el teléfono para revisar la hora.

Todavía faltaban cuarenta minutos para mi reunión.

Suficiente.

Mientras el vehículo avanzaba, los edificios residenciales fueron dando paso al distrito financiero.

Aquella era otra cara de Bellmont.

Más elegante, más exclusiva.

Y, si era sincera, un poco intimidante. BellCare se encontraba precisamente allí.

Había visitado la agencia muchas veces desde que conseguí mi primer empleo, pero nunca dejaba de impresionarme.

El edificio ocupaba varias plantas de una moderna torre de oficinas y compartía espacio con importantes despachos jurídicos, empresas internacionales y consultoras privadas.

Respiré hondo antes de cruzar las puertas de cristal.

El vestíbulo olía a café recién hecho y a flores frescas.

Todo estaba impecablemente limpio.

Los pisos de mármol brillaban bajo la luz de los enormes ventanales y una recepcionista atendía con una sonrisa profesional a varias personas que esperaban su turno.

Me acerqué al mostrador.

—Buenos días.

La joven levantó la vista de la pantalla de su ordenador y enseguida me reconoció.

—Buenos días, señorita Collins.

Le devolví la sonrisa.

—Tengo una reunión con la directora.

Consultó rápidamente el sistema antes de asentir.

—La señora Moreau la está esperando. Puede subir al último piso.

Fruncí ligeramente el ceño.

—¿Ahora mismo?

—Sí.

Tomó una tarjeta magnética de uno de los cajones y la colocó sobre el mostrador.

—Necesitará esto para utilizar el ascensor privado.

La observé con curiosidad. Nunca antes había utilizado aquel ascensor. De hecho, ni siquiera sabía que existía.

—Gracias.

—Es la puerta que está al fondo del pasillo.

Seguí la dirección que me indicó.

A diferencia del ascensor principal, aquel permanecía oculto tras una elegante pared revestida de madera oscura.

Deslicé la tarjeta por el lector electrónico y las puertas se abrieron de inmediato.

Entré sola.

En cuanto las puertas volvieron a cerrarse, el ascensor comenzó a subir con un movimiento suave y silencioso.

Sentí un cosquilleo en el estómago.

Durante los cuatro años que llevaba formando parte de BellCare, jamás me habían citado en el despacho privado de la directora.

Las reuniones con ella solían celebrarse en las salas de entrevistas del segundo piso.

Aquello era diferente.

Las puertas se abrieron unos segundos después.

El último piso era mucho más pequeño que el resto del edificio.

Solo había un amplio pasillo cubierto por una elegante alfombra color marfil, varias pinturas contemporáneas colgadas en las paredes y una única puerta de madera oscura al final del corredor.

Sobre una placa plateada podía leerse un nombre.

Victoria Moreau

Directora General

Me detuve frente a la puerta.

Respiré profundamente una vez más.

Levanté la mano.

Y llamé con suavidad.

—Adelante.

La voz serena de la directora llegó desde el otro lado.

Giré el picaporte y entré.

El despacho era mucho más amplio de lo que imaginaba.

Una pared completamente acristalada ofrecía una vista privilegiada de Bellmont, mientras una enorme biblioteca ocupaba uno de los laterales de la estancia.

Todo estaba perfectamente ordenado.

Cada libro.

Cada carpeta.

Cada detalle.

La señora Moreau levantó la vista de unos documentos y me recibió con una sonrisa cordial.

—Buenos días, Sophie.

—Buenos días, señora Moreau.

—Toma asiento, por favor.

Obedecí, intentando que mis nervios no fueran tan evidentes.

Ella cerró la carpeta que tenía frente a sí y entrelazó las manos sobre el escritorio.

Me observó durante unos segundos con una expresión serena.

—Antes de hablar sobre el motivo por el que estás aquí... quiero felicitarte.

Parpadeé, sorprendida.

—¿Felicitarme?

—En los últimos cuatro años has recibido las mejores evaluaciones que una niñera de esta agencia ha obtenido en mucho tiempo.

Sentí que el corazón comenzaba a latir un poco más deprisa.

No esperaba escuchar algo así.

La señora Moreau abrió nuevamente la carpeta que descansaba sobre el escritorio y deslizó una hoja hacia mí.

—Me gusta respaldar mis palabras con hechos.

Bajé la vista.

Era mi expediente.

Reconocí la fotografía de inmediato, junto con la fecha en la que había ingresado a BellCare.

Debajo aparecían las familias con las que había trabajado desde entonces, los años de servicio y una larga lista de observaciones.

Mis ojos recorrieron varias anotaciones.

"Excelente manejo de situaciones de estrés."

"Gran capacidad para establecer vínculos afectivos con los menores sin descuidar la disciplina."

"Paciente, responsable y discreta."

"Los padres manifiestan plena confianza en su criterio."

No recordaba haber leído nunca aquellas evaluaciones con tanto detenimiento.

Siempre había pensado que eran simples informes internos.

La directora notó mi expresión.

—Cada familia para la que has trabajado ha solicitado dejar una valoración personal.

Asentí lentamente.

—No sabía que eran tan... detalladas.

—Lo son porque nuestra reputación depende de ello.

Cerró la carpeta con cuidado.

—BellCare no solo busca personas que sepan cuidar niños. Buscamos profesionales capaces de convertirse en una figura de confianza para toda una familia.

Aquellas palabras tenían sentido.

Ser niñera nunca había consistido únicamente en preparar comidas o acompañar a un niño al parque.

Había que aprender a escuchar, a tranquilizar, a enseñar, a poner límites y, en muchas ocasiones, a convertirse en un apoyo para padres que vivían absorbidos por el trabajo.

Era una responsabilidad enorme.

Y precisamente por eso me gustaba tanto.

La señora Moreau apoyó la espalda en el respaldo de su silla.

—La señora Parker habló personalmente conmigo hace unos días.

Sonreí sin poder evitarlo.

—Fue muy amable conmigo.

—No fue solo amable.

Su tono adquirió un matiz más serio.

—Me dijo que, si algún día volviera a tener  hijos pequeños, te contrataría sin pensarlo dos veces.

Sentí un calor agradable en el pecho.

—Le estoy muy agradecida.

—Y nosotros también.

La directora guardó unos segundos de silencio antes de continuar.

—Hace días recibimos una solicitud muy particular.

Mis manos se acomodaron instintivamente sobre mi regazo.

Ahora sí llegábamos al verdadero motivo de aquella reunión.

—Normalmente, cuando una familia solicita nuestros servicios, presentamos varios perfiles y organizamos entrevistas durante los días siguientes.

Asentí. Conocía perfectamente el procedimiento.

—Sin embargo, esta vez las cosas fueron diferentes.

Fruncí ligeramente el ceño.

—¿Diferentes?

—Mucho.

Abrió otra carpeta, esta vez de color negro.

No alcanzaba a ver lo que contenía.

—El cliente pidió una persona con un perfil muy específico.

Comenzó a enumerar cada requisito con tranquilidad.

—Experiencia comprobable de al menos cuatro años, capacitación en primeros auxilios pediátricos.Referencias impecables, capacidad para mantener absoluta confidencialidad, disponibilidad inmediata Y, sobre todo... estabilidad emocional.

Aquello último llamó mi atención.

—¿Estabilidad emocional?

Ella asintió.

—Buscan a alguien capaz de desenvolverse con serenidad incluso bajo presión.

No supe muy bien cómo interpretar aquellas palabras.

¿Bajo presión?

¿Qué clase de familia necesitaba especificar algo así?

La directora pareció adivinar mi duda.

—No quiero que malinterpretes mis palabras— Sonrió ligeramente —. No estamos hablando de una situación de peligro.

Respiré un poco más tranquila.

—Simplemente es una familia cuya vida está muy expuesta y necesita una persona capaz de adaptarse a determinadas circunstancias.

Eso seguía despertando mi curiosidad.

—¿Son figuras públicas?

La señora Moreau no respondió de inmediato.

En lugar de hacerlo, tomó un documento del interior de la carpeta y lo colocó frente a mí.

—Antes de responder cualquier pregunta, necesito que leas esto.

Observé el encabezado.

Acuerdo de Confidencialidad.

Levanté la vista.

—¿Es necesario?

—Completamente.

Su respuesta fue firme, aunque educada.

—Lo que voy a contarte pertenece exclusivamente a nuestro cliente. Si decides no aceptar el empleo, la información seguirá siendo confidencial.

Tomé el documento entre mis manos.

Era un contrato mucho más extenso de lo habitual.

Varias cláusulas hablaban sobre privacidad, protección de datos, reserva absoluta y consecuencias legales en caso de incumplimiento.

Nunca había firmado algo parecido.

La directora esperó pacientemente mientras terminaba de leer.

Cuando llegué a la última página, levanté la mirada.

—Entiendo.

—¿Tienes alguna duda?

Negué despacio.

La verdad era que tenía muchas, pero  ninguna relacionada con el contrato.

Firmé en la línea correspondiente y deslicé el documento hacia ella.

La señora Moreau comprobó la firma antes de guardarlo nuevamente en la carpeta.

Solo entonces respiró con tranquilidad.

—Bien.

Por primera vez desde que había entrado en aquel despacho, noté que ella también parecía medir cuidadosamente cada palabra.

—Ahora sí puedo hablar con libertad.

Mi curiosidad iba en aumento.

La directora abrió un cajón del escritorio y extrajo una carpeta de cuero color vino.

Era más delgada que las anteriores.

La colocó frente a ella sin abrirla.

—La familia para la que podrías trabajar lleva muchos años confiando únicamente en personal cuidadosamente seleccionado.

Hizo una breve pausa.

—No contratan por recomendaciones sociales, no aceptan referencias de terceros y rara vez buscan ayuda fuera de su círculo habitual.

Cada frase aumentaba aún más el misterio.

—Entonces... ¿por qué acudieron a BellCare?

La señora Moreau esbozó una leve sonrisa.

—Porque alguien en quien confían habló de nosotros y sobre todo de ti. Al parecer entre familia tienes una gran reputación Sophie.

Aquello me sorprendió.

La directora abrió finalmente la carpeta.

Dentro había muy pocos documentos.

Entonces pronunció, con total calma, un apellido que cualquier habitante de Bellmont había escuchado alguna vez.

—La familia interesada en contratar una niñera es la familia De Luca.

Durante un instante me quedé completamente inmóvil.

Ese nombre no me resultaba desconocido.

Era imposible vivir en Bellmont sin haberlo escuchado alguna vez...

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