Capítulo 5
Me Kenanto y camino, tanto como me permiten las cadenas.
Pienso y pienso de nuevo.
¡Quítate la mordaza, Raquel!
Dije que no hablaría más, pero no puedo.
Tengo que llenarlo de insultos.
Pero entonces miro a la cama y una sonrisa maliciosa aparece en mi rostro.
El cabecero está decorado con garabatos y diseños sencillos.
Pero en los extremos tiene dos rombos tridimensionales.
Puntiagudo.
Afilado.
Perfecto.
Me dirijo hacia estos y estudio la situación.
Coloco un diamante entre mi mejilla y la banda.
Con cuidado de no buscarme el ojo derecho, disparo.
Tiene efecto cuchillo.
Los sonidos de los cables rompiéndose son música para mis oídos.
Tiro más fuerte y la banda se rompe.
La mordaza cae al suelo y abro y cierro la boca para recuperar la sensibilidad.
Mi mejilla interior está hinchada.
Me duele y gruño molesto.
Pasemos al siguiente piso.
Retire las esposas.
Siempre ayudándome del cabecero de la cama, intento quitar la plancha.
La cadena que une los dos -las pulseras- es más débil y la golpeo contra la barra.
Uno, dos, tres, cuatro, diez, catorce...
Al decimoséptimo golpe, la cadena cede.
Las pulseras de metal se separan y yo sonrío con maldad.
Muevo mis muñecas, golpeando el aire.
Él probará mi ira, mi ira.
Poco después, escucho el clic de la cerradura.
El hombre rubio se asoma al cuarto oscuro.
- Bien hecho, pequeña. Inteligente. - Elogia admirando mi cuerpo desnudo maltratado, con un dejo de lujuria.
Tiene una bandeja en la mano.
Alimento.
- No nos presentamos. - Me hace observar.
- Me importa una mierda tu nombre. - Mi voz, claro.
Pone mi comida en el suelo, lejos de mí.
- Sí a mí. Entonces, niña feliz, soy Robert. - Le tiende la mano.
No me contengo y no respondo.
- Es tu turno. - Me empuja.
- Olvídalo. - Me río, sin gracia.
- No me hagas ser malo, dime tu nombre. - Intenta convencerme, pero no cedo.
Mantengo contacto visual.
Sus ojos arden cuando no hablo.
Él comienza a caminar hacia mí.
Me pongo a la defensiva.
Y gruño.
Pero desvía su camino.
Regresa a la mesa de la esquina.
Y recoge una cuerda.
- Ven aquí, pequeña. - Me anima.
- ¡¿Pendejo, todavía no has entendido que no tengo amos?! - Me burlo.
- No cariño. Ahí es donde te equivocas, me perteneces. Eres mío. Mi bebé. Mi muñequita. Mi juguete. Y me gusta jugar. - Una sonrisa burlona aparece en sus labios.
Con una carrera, me alcanza.
Le doy un cabezazo y le piso el pie, pero nada le afecta.
- ¡ DÉJAME! ¡Pendejo, quita tus sucias manos de mi cuerpo! - Me lo golpearé en el brazo.
El sabor de la sangre llena mi boca.
Él gruñe molesto, alejándome de él.
Me ata las manos, por separado.
Pateo tratando de golpearlo, en vano.
Cuando ha completado su trabajo, toma mi cara.
No aún no. ¡Mis mejillas están magulladas!
Pero le gusta la última vez, aprieta.
Gimo de dolor y las heridas en mi boca se vuelven a abrir.
- Yo ordeno. Dime tu puto nombre, o te aplastaré esas mejillas que tanto me gusta torturar. - Lanza su advertencia y una sonrisa malvada adorna sus labios.
Sacudo la cabeza, negándolo.
Él aprieta su agarre y abro mucho los ojos cuando siento el dolor atroz de la carne siendo perforada por los dientes.
Que maldito dolor.
- Estoy a la espera. - Kenanta una ceja rubia, burlándose de mí.
De mi garganta se escapan ruidos animales y rencorosos.
Gimo mi nombre.
- ¿Qué? Repetir. - Dice impertérrito aflojando la mordida en mi cara.
-Raquel . - gruño mostrando mis dientes.
- Bien hecho, cariño. - Da un atisbo de sonrisa ambigua.
Me deja completamente, esta vez atado a la cama, con cuerdas.
Acércate la bandeja.
- A ver si logras liberarte, pequeña. - El mismo desafío que ayer.
Tú perderás.
Haré que te canses de mí.
- Hasta pronto, (зверь) - Bestia.
- ¡ Que te jodan! - le grito.
Sale de la habitación sucia.
Como un poco de lo que me trajo.
Quiero vomitar.
Estoy solo con mis pensamientos.
Con la vocecita en mi cabeza.
Con mis emociones, corrosivas.
***
¿Adivina qué?
También me deshago de las cuerdas.
Mordisqueándolas con las uñas, como un gato con su rascador.
En los días siguientes, Robert me ata con nuevas restricciones, cada vez que me libero.
Me recuerda que le pertenezco.
Que tengo que quedarme en silencio.
Pero me defiendo, lo contrarresto, lo venzo lo mejor que puedo.
Y sufro su ira.
Cuchillos, bofetadas, tirones, manoseos, insultos.
Todavía torturaba mi boca por mis respuestas groseras.
Tirando de mi lengua, rascándome las mejillas y apretando toda mi boca.
Pero hace dos días que no hablo y él no me toca un pelo de la cabeza desde hace dos días.
Gruño y gruño y él sonríe.
Me llama animal, juguete y esa palabra en ruso, que no sé qué significa.
Y tal vez tenga razón: soy irritable y animal.
Un animal real en una jaula.
Dice que quiere domarme, pero soy indomable.
Ahora estoy acostado en la cama, mirando al vacío.
Mis muñecas, aprisionadas por dos bandas de cuero negro.
Y las cadenas suenan de forma molesta.
Las restricciones que aún no he podido romper.
Lo que me despierta de la insistente voz de mi mente es la puerta que se abre de par en par.
Pero no me muevo y me quedo mirando al vacío.
Siento su mirada sobre mí, sobre mi piel desnuda y sucia.
Mis ojos multicolores, llenos de emociones venenosas.
Y él lo nota.
Él sonríe maliciosamente, tomando la palabra.
- Ven, niña. Te lKenaré a tu nueva habitación. - Me informa, con voz fingidamente gentil.
No lo miro, permanezco impasible.
El muro parece muy interesante ahora mismo.
