Capítulo 2
Punto de vista de Adriano
La vi correr hacia el ascensor, el moño medio deshecho, aquella falda horrible ondeando tras ella. Las puertas se cerraron y desapareció detrás del acero. Apreté la mandíbula. Elena. Una complicación que no había estado ahí esta mañana y que, sin embargo, ya se había colado en mitad de mi día.
---¿Estás segura de que no es mami? ---preguntó Camila, con la voz débil, casi para sí misma.
La miré. Lágrimas en las mejillas, labio tembloroso. Estaba acostumbrado a sus preguntas extrañas, pero esta obsesión con una desconocida era nueva incluso para ella.
---Sí, tesoro ---respondí, con la voz firme pero suave---. Ella no es tu madre.
---Pero me miró como lo haría mamá ---susurró, aferrándose a mi camisa. La situación se me estaba yendo de las manos. Le había dicho a esa mujer que se fuera, que saliera de nuestras vidas tan rápido como había entrado.
---Vamos, Camila.
Se retorció entre mis brazos y los sollozos le sacudieron el cuerpo entero. Le hice un gesto a Thiago.
---¿Todo bien, jefe?
---Por ahora ---murmuré, aunque sabía que no. Le estaba fallando a mi hija de una forma que no podía explicar con palabras.
---Papá ---susurró ella---. ¿Podemos volver con ella? Solo una vez.
---Nos vamos a casa. Ahora.
Su vocecita se quebró en un gemido que resonó por todo el pasillo. Sus pequeños puños me golpeaban el hombro con una fuerza sorprendente.
---Thiago ---dije---. Trae de vuelta a Elena.
Arqueó las cejas, pero no esperó una respuesta. Nos conocíamos desde hacía demasiado tiempo para eso.
El camino a casa fue un torbellino de gritos que no cedían. Ni siquiera conocía a su madre; solo se aferraba a una fantasía que apenas podía comprender. Una vez dentro, la senté en su sofá favorito, con su osito de peluche entre las manos, hasta que las lágrimas empezaron a ceder.
---Camila ---dije, agachándome frente a ella---. No viene, ¿entiendes?
Asintió, pero supe que no me creía. Ya estaba construyendo en su mente la historia en la que Elena entraría por la puerta y le prometería todo lo que quisiera oír.
---¿Puedes decirme qué te pasa, tesoro?
Se frotó los ojos.
---Pensé que era mamá.
La llevé a su habitación, la única donde de verdad se sentía segura, y la arropé entre sus peluches. Me senté a su lado hasta que su respiración se calmó.
---¿Por qué no puede regresar, papá? ---preguntó con los ojos hinchados.
---Porque no es tu madre, Camila. A veces la gente entra en nuestras vidas y luego se va. Así es como debe ser.
---¿Pero qué pasa si ella quiere quedarse?
---No, tesoro. No es parte de nuestra familia.
Las palabras sonaron frías incluso para mí, pero eran la verdad, y dejarle creer lo contrario solo la lastimaría más.
---¿Te quedarás conmigo hasta que me duerma?
---Claro ---murmuré, acostándome a su lado.
Mientras se dormía, miré al techo. Todo el día se me había escapado de las manos, y detestaba perder el control. Elena había ido y venido, y aun así había dejado una huella que mi hija ya se negaba a soltar. Y eso, sin haberla conocido nunca, era lo que más me inquietaba.
Me pasé las manos por la cara y salí de la habitación tan silenciosamente como pude.
