Capítulo 1
Punto de vista de Elena
Veinticinco mil dólares.
Movía la pierna sin parar contra el suelo, con las manos apretadas para que no me temblaran, mientras la doctora seguía hablando. No la escuchaba. Solo pensaba en esa cifra, en cómo iba a conseguirla en una semana, y en que todavía me quedaban las demás facturas del hospital por pagar.
---¿Señorita Ferrer? ---La doctora chasqueó los dedos frente a mi cara. Di un respingo---. ¿Está bien? Ha estado distraída.
---Sí, estoy bien ---mentí. Junté las manos de nuevo, respirando hondo.
---Señorita Ferrer, no podemos esperar mucho más ---dijo, con un tono compasivo pero firme---. Si no consigue pagar la cirugía de su hermano en los próximos días, podría perderlo.
Se me hizo un nudo en la garganta. Ella suspiró.
---Lo siento, pero endulzar la situación no resolverá nada. Tiene que darse prisa.
---No pasa nada ---murmuré---. No tiene que seguir repitiéndolo. Lo entiendo.
Vi la lástima en sus ojos, y la odié con todas mis fuerzas.
---Gracias ---dije, poniéndome de pie---. Volveré más tarde.
Salí de su oficina y cerré la puerta. Una semana. Tenía una semana para encontrar veinticinco mil dólares que no tenía. Ya había vendido el café, mi único negocio, y ni siquiera eso había bastado. Bruno era mi única familia. No podía dejarlo morir.
---¿Mami? ---Un tirón en mi falda me sacó de mis pensamientos. Bajé la vista: una niña de pelo plateado me miraba con los ojos muy abiertos---. ¡Mami!
Fruncí el ceño y me agaché a su altura.
---Cariño, ¿cómo te llamas?
---¡Pero mami, ya sabes cómo me llamo! ---Tendría unos tres años---. ¡Soy Camila!
---Camila, cariño ---empecé, sin saber cómo romperle el corazón a la criatura más adorable que había visto en todo el día---. No soy tu mamá. ¿Dónde está ella? Puedo llevarte.
---¡Pero eres mi mami! ---Se le llenaron los ojos de lágrimas y el labio le tembló---. Eres mi mami.
No me dejó terminar de explicarle. Rompió a llorar con tanta fuerza que la cargué en brazos sin pensarlo.
---Vale, vale ---murmuré---. No pasa nada, cariño. Vámonos.
Me rodeó el cuello y apoyó la cabeza en mi hombro, calmándose por fin. La llevaría a recepción; sus padres la encontrarían allí.
---Mami, ¿vendrás a casa con papá y conmigo? ---preguntó, levantando la cabeza para mirarme con sus grandes ojos verdes.
Abrí la boca para responder, pero dos hombres aparecieron de la esquina, justo antes del ascensor, y me apuntaron con sendas armas. Di un paso atrás y sentí el frío del metal contra mi nuca.
---¿Tío? ---murmuró Camila, mirando por encima de mi hombro a quien fuera que estuviera detrás de mí. Me volví de golpe y reconocí al hombre que me apuntaba a la nuca con la pistola.
---¡Papá! ¡Mira a quién encontré! ---exclamó Camila.
Los hombres se apartaron para dejar paso a su jefe. Lo primero que vi fueron sus ojos, verde bosque, furiosos, clavados alternadamente en Camila y en mí.
---¿Cómo te atreves a intentar llevarte a mi hija? ---dijo, invadiendo mi espacio. Retrocedí un paso y sentí de nuevo la pistola en la nuca. Una advertencia.
---No... no sé de qué hablas ---susurré.
---¿Adónde la llevas? ¿Intentas secuestrarla?
---¡No! Solo la llevaba a recepción para que sus padres vinieran a buscarla. No sabía que eras su padre.
Extendió la mano para quitármela, pero ella se aferró más fuerte a mí.
---Papá, ¿vendrá mamá a casa con nosotros hoy?
---¿Mami? ---exigió él, mirándome de golpe.
---Intenté decirle que no soy su madre, pero no me escucha ---solté, muy consciente del hombre que seguía apuntándome a la cabeza. Fueran quienes fueran, sabía una cosa con certeza: eran las personas más peligrosas con las que me había cruzado en mi vida.
Y entonces lo miré de verdad. Pelo oscuro, piel aceitunada, hombros anchos, un cuerpo que desprendía un aura letal. Debía ser el hombre más guapo que había visto jamás, y toda su atención letal estaba puesta en mí.
Joder.
---Lo siento, no sabía que era tu hija ---murmuré, obligándome a respirar con calma---. Vino hacia mí y no supe qué hacer.
---Camila, ella no es tu madre ---dijo él, tomándola de mis brazos con firmeza y delicadeza a la vez---. Thiago, baja el arma.
---Sal ---me ordenó, acunando a su hija contra el pecho---. Ahora.
No esperé a que me lo dijera dos veces. Caminé con cuidado, alejándome de sus hombres y sus armas, hasta llegar al ascensor. El corazón me latía tan fuerte que estaba segura de que podían oírlo.
