Capitulo 4: Cœur de Pirate - C'était Salement Romantique
Empujé la puerta y me adentré a la habitación con determinación. No dejé que el miedo me influenciara y cerré la puerta tras de mí con cuidado de no hacer ruido y me apoyé en ella un segundo, a oscuras con los ojos cerrados, y me percaté de cierto aroma que resultaba desubicado en ese lugar sagrado para mí. Extendí mi brazo izquierdo hasta el interruptor. Se hizo la luz dije con un tono burlón que al mismo tiempo denotaba mi miedo.
Quedé perpleja ante lo que veía. Todo seguía igual que aquella mañana. Con pasos inseguros me acerqué a la ventada, rodeando los cd’s tirados en el piso, corrí las cortinas y abrí las persianas de lado a lado para que corriera un poco de aire fresco. Dejé las cortinas abiertas y volví tras mis pasos, hasta el borde de la cama.
Desde mi lugar estiré una de las almohadas y lo abracé con fuerza tratando de buscar su olor. Pero como era de esperarse, se había esfumado. El escritorio que se encontraba en frente de la cama seguía de la misma manera desordenada: dos pilones de libros y apuntes, fotografías enmarcadas, y la pared engrapada con más fotografías y portadas de discos de sus bandas favoritas, con el horario de la universidad resaltando las horas libres con un color fluorescente. Casi todo en la pared se veía desgastado por el paso del tiempo.
En el lado izquierdo de la cama había una pequeña mesita de luz, allí descansaba una fotografía que llamó de sobre manera mi atención. Me estiré sobre la cama y lo tomé con cuidado, como si de una joya preciosa se tratase. Acaricié el marco de metal y la imagen resguardada revolvió mi estómago.
Pronto me sentí nuevamente mareada, pues las imágenes de un pasado feliz no me daban tregua, se agolpaban en mi mente unas tras otras luchando por salir.
—¡Por favor! ¡Tomémonos una fotografía! —escuchaba en mi mente lo que una voz familiar decía.
—No. ¡Que ni se te ocurra! —Regañaba yo—. ¿Sabes la vergüenza que me dará mañana?
—¡Sí, pero tus adorables mejillas me encantan!
Y en aquel mismo instante me dejé llevar por ese recuerdo cayendo de rodillas ante mi triste realidad.
***
No faltaba mucho para que llegara a por mí Sebastián, solo quedaban dos horas y media, y yo no sabía qué vestir. Será la primera vez que estaremos solos, solos en serio. Mi mamá pasará fin de semana con unas amigas y quedé al cuidado de Andrés, quien por cierto aprovechó la salida de nuestra madre para escaparse a la playa antes de los exámenes finales de la universidad… así que la casa será solo nuestra, claro, si quieres —eso había dicho en la mañana cuando hablamos por teléfono.
Era obvio lo que ocurriría. Pero para evitar la tensión él propuso ir al cine en primer lugar, salir a caminar y luego, finalmente a su casa. Yo había estado de acuerdo. Y lo estaría en cualquier cosa que propusiera siempre y cuando estuviéramos juntos y a solas, aunque solo fueran dos minutos. Sin las burlas de Iván o los estúpidos cometarios de Willy y acerca de la virginidad.
Tenía muchas dudas y miedos. ¿Qué pasaba si no sabíamos qué hacer? Pero descarté esa pregunta al recordar los últimos besos. Nos amábamos, pero la desesperación, la urgencia e incluso la pasión ya se habían apoderado de nuestras bocas y nuestros cuerpos últimamente. Desde hacía meses que sentía escalofríos con sólo una caricia provocativa suya en mi espalda. Él siempre sonreía con malicia al ver que ninguno de los dos se lograba controlar. Ambos queríamos intentarlo. El instinto, el deseo y el amor nos guiarían. Eso era seguro.
En la hora pactada Sebas vino a recogerme a casa después de todo. Por más que habíamos acordado encontrarnos en el cine, él insistió. Al abrir la puerta se veía igual de nervioso que yo, aunque el entusiasmo se reflejó en su rostro al verme salir.
—¿No te gusta? —pregunté avergonzada, pues sus ojos no se apartaban de mí y el brillo en su mirada era algo intimidante.
—Para nada… ¡Me encanta! —reí no muy satisfecha.
Al final me decidí por un vestido por encima de la rodilla, sencillo con un bordado a la altura del pecho, de cuello redondo y tirantes gruesos, sobre éste un chaleco sin mangas de color claro. En mi casa, frente al espejo me sentía cómoda, pero al tomar asiento en el auto de Sebastián me pareció una mala idea. Él no dejaba de mirar mis piernas descubiertas, y se mordía el labio inferior de manera compulsiva.
En el cine no prestamos atención a la película, elegimos las últimas butacas de atrás. No había mucha gente en el salón pero aun así él había insistido en aquella ubicación. Mi corazón martillaba contra mi pecho.
—Quiero estar contigo —ronroneaba en mi oído de manera seductora, yo lo miré fijo intentando ocultar mi vergüenza.
—También yo —respondí sincera besándolo, pero no con urgencia, sino delicadeza.
Tras la película, fuimos a por un helado, en ningún momento liberó nuestras manos. Ni siquiera cuando tuvo que pagar las entradas, el helado, o el estacionamiento. Se notaba su nerviosismo en la forma en que sus manos traspiraban. Y eso me tranquilizó.
Cuando llegamos a su casa comenzaba a anochecer, ya había avisado que no iría a casa a dormir, pues saldría con Sebastián, claro que no dije dónde. Mi madre no se opuso, y supongo ya lo sospechaba.
Al traspasar la puerta principal di unos pasos despacio por el oscuro pasillo. No sabía qué hacer, esperaba que se acercara me tomara de la cintura, pero al percatarme que no eso no ocurría me giré para verlo. Estaba apoyado de espaldas a la puerta y sólo me observaba. Hice un gesto levantando las cejas, delatando mi duda ante su comportamiento, él sólo sacudió su cabeza en negación.
Lentamente acortamos la distancia entre ambos, él despegándose de la puerta mientras que yo di solo dos lentos pasos. Al llegar a mí, tiernamente beso mí frente al tiempo que acariciaba mi rostro.
—Siempre podemos no hacerlo —dijo al oído mientras me abrazaba; me tensé ante ese comentario, yo quería estar con él y sabía que no volveríamos a tener oportunidad de estar solos en mucho tiempo, así que me apreté más a su cuerpo y comencé a acariciarle el cuello con la punta de mi nariz, lo escuché reír—. Tal vez eso signifique que mejor no —se burló.
Sebastián era más alto que yo, me pasaba por media cabeza el metro sesenta y ocho que yo tenía. Era alto y delgado con músculos que empezaban a marcarse. Yo había cumplido los diez y ocho años, mientras que él veintiuno. A pesar de nuestras edades no habíamos estado con nadie más. Todos opinaban que entre nosotros ya había ocurrido el gran acto, y creo que, eso era lo que más nos asustaba. ¿Y si no nos gustaba lo mismo? Pero mis dudas desaparecieron una vez sus labios rozaron los míos.
Nos arrastró a la sala donde me recostó con cuidado. Comenzó a acariciarme el cuello bajando lentamente hasta mi cintura y por último mis piernas. Lo hacía de tal manera que parecía dibujar mi figura, todo esto sin apartar los ojos de los míos, yo sólo había enredado mis manos a su oscuro cabello, y cuando no pude más de la excitación lo besé de manera salvaje, debo admitir. Por un momento sentí miedo, pero él respondió de la misma manera. No me reconocía a mí misma, por un lado sabía que dentro mío había una mujer apasionada que deseaba ser deseada, pero por el otro temía liberarla y por algún motivo, Sebas se asustara.
Luego de un tiempo tentándonos, él me tomó en brazos sin esfuerzo aparente y nos dirigió a su habitación. De un empujón hizo a un lado la puerta y con otro lo cerró. Una vez más, con delicadeza me depositó en la cama para, acto seguido, deslizarse sobre mí. Poco a poco nuestras manos recorrían el cuerpo del otro deshaciéndose de las prendas, recorriendo caminos antes inexplorados, sin pronunciar palabras innecesarias, solo besándonos. Cuando nos encontrábamos completamente desnudos y con la respiración entre cortada volvió a preguntarme si estaba segura. No respondí verbalmente, sólo lo miré y lo abracé al tiempo que enredaba mis piernas a su cintura. Por alguna estúpida razón me pregunté si él estaba disfrutándolo, pero una vocecita en mi cabeza respondió: no estarían así si ese fuera el caso. Sonreí ante esa explicación y me entregué ante el sentimiento de deseo que experimentaba por aquel muchacho que tanto amaba.
Y ahí estábamos, tumbados uno al lado del otro, abrazados.
Yo me prendía más a él pensando que jamás podría ser más feliz en otros brazos que no fueran los suyos. Sebas acariciaba mi espalda desnuda bajo las sábanas. No me había animado a mirarlo aún, sentía vergüenza, algo estúpido, lo sé, pero simplemente no podía. Entonces él rompió el silencio en la habitación.
—¿Estás bien? ¿Te hice mucho daño? —En un principio no entendí a lo que se refería, entonces recordé la punzada de dolor que había sentido en el momento de su entrada.
—No —musité de forma casi inaudible, aclaré la garganta y con firmeza repetí—. No, para nada, soy feliz… ¿y tú? —él tomó mi rostro obligándome a mirarlo.
En él estaba dibujada esa sonrisa que me cortaba el aliento, en sus ojos había un brillo intenso haciendo que sus ojos verdes fueran un verdadero libro abierto para mí.
—Mucho —respondió—. Ahora quiero una fotografía —me tensé ante la idea.
Intenté retenerlo en la cama, pero él se levantó de todas formas y fue hasta el armario donde sacó su cámara. Lo miré con horror e incredulidad, ¿de verdad? Entonces reparó en mi expresión y volvió a tomar el mismo lugar solo que ésta vez con la cámara ya encendida.
—¡Por favor! ¡Tomémonos una fotografía!
—No. ¡Que ni se te ocurra! —Regañaba yo— ¿Sabes la vergüenza que me dará mañana?
—Sí, ¡pero tus adorables mejillas me encantan! —besó mi mejilla al tiempo que yo cerraba los ojos y el flash congelaba el momento.
***
No podía dejar de llorar ante ese recuerdo, un nudo en mi garganta me impedía respirar con normalidad. Luchaba por algo de oxígeno. De rodillas, dejé que todo el dolor saliera de mi pecho.
—Lamento lo del olor —dijo una voz tomándome por sorpresa.
—¿Eh? —Solo ese sonido pudo salir de mi boca, aún no lograba ver a la persona que se encontraba allí, sólo que estaba apoyada en el marco de la puerta, no me permitía ver la cortina de lágrimas que inundaban mis mejillas—. Lo siento no quería entrar pero…—a penas logre articular entre sollozos.
Entonces unos brazos me ayudaron a incorporarme y fue cuando descubrí de quien se trataba.
—No lo lamentes, esto es realmente bueno —dijo Sara—. Hoy estás dando un gran paso —entonces se fijó en las ventanas abiertas.
—Lo siento, yo…—dije de forma inmediata, pero dejé la frase a medias.
—Está bien —aseguró—, yo no lo he hecho porque sentía que no me correspondía. Algo tonto ¿verdad? —yo solo asentí—. Desde el accidente, le pedí a María que se encargara ella de la limpieza de esta habitación, pero sin mover nada de lugar, creo que nadie mejor que tú podías ventilarlo —miraba la estancia de manera triste—. He de admitir que no he vuelto a entrar a esta habitación —volvió su mirada en mi dirección un tanto apenada—. Supongo que no quería enfrentarme sola al terrible silencio que se apoderó de este lugar — tragué saliva con fuerza—, conozco tu dolor mi niña, aunque lo vivimos de maneras distintas… Yo creo que el hecho de que estés hoy aquí marcará un antes y un después en tu vida. Y en la mía. Así como mi hijo fue una marca, hoy también será otra…
—Él no era una marca, era mi vida.
—No lo dudo, y me hace feliz saberlo. Saber que se fue de este mundo siendo tan amado. Solo que él fue un capítulo en la historia de tu vida. Vive y honra el cariño que te tenía, porque te aseguro que esté donde esté, él guiará tus pasos. Ya has salido una vez del pozo, puedes volver a hacerlo.
—Pero esta vez no estará él —dije en un susurro— ¡Gracias! — fue todo lo que se me ocurrió decir antes de abrazarla.
Fui al tocador e intenté arreglar el rímel corrido antes de volver al salón con los otros invitados. Me despedí de todos con una excusa barata y regresé a casa, a mi solitaria habitación con la sensación de que ese día perdí algo, una vez más.
La experiencia en casa de los Lombardi fue muy dura, pero de alguna manera sabía que poco a poco me estaba sacando la venda de los ojos. En sí, no me percaté de nada, pero mis amigos, mi madre y mi suegra comenzaban a ver la forma en que la amargura cedía más a la luz de un nuevo día o más bien, eso era lo que ellos repetían una y otra vez.
Tres semanas pasaron desde el anunciado compromiso, a mí sólo me restaba un trimestre más para recibirme de psicóloga. Una carrera extraña, y más para alguien como yo, pero me había convencido hacía tiempo a mí misma que era la correcta. De esa forma saldría adelante sola. Claro que hasta ahora sin éxito aparentemente.
Me había retrasado a causa del subterráneo. Llegaba tarde y lo sabía, razón por la cual en este momento corro. No debía llegar tarde, y menos a esta materia. No sólo porque era la última, Evaluación de la personalidad, sino porque el profesor era el Diablo en persona. Mi camino era un borrón nada más, no veía por donde iba, estaba apresurada. Historias circulaban por los pasillos de la universidad con respecto a éste profesor en particular. Era muy estricto con sus clases y tenía varias reglas. Una de ellas era que una vez que entraba a la clase, nadie más podía hacerlo tras de él.
Miré el reloj, y aún me quedaban dos minutos. Apresuré el paso hasta que tropecé con algo. Era tarde…Era muy, muy tarde, pero un segundo estaba corriendo por el pasillo y al siguiente me encontraba en el suelo.
—¡Demonios! —Me quejé mientras poco a poco mi cuerpo iba asimilando el impacto. Intenté ponerme en pie pero tenía las piernas de alguien enganchadas a las mías— ¡Eres ciego o qué! —Espeté con furia.
El chico, primero expresó sorpresa, luego sólo hizo una sonrisa que parecía ciertamente maliciosa y se incorporó tomando sus lentes en el camino sin decir una sola palabra.
—¡Qué caballeroso! —ataqué de vuelta al ver seguía con la misma sonrisa de suficiencia.
A nuestro alrededor sólo lo miraban a él, y me pregunte por qué lo hacían y nadie ayudaba a juntar mis cosas.
Levanté la mirada en su dirección mientras reunía mis apuntes sólo para desear que la tierra abriera una grieta a mis pies y me tragara.
