Capitulo 3: Indila - Dernière danse
Está bien… No hay nada de malo en admitirlo. Estoy nerviosa. Me dije a mi misma. Supuse para sacar fuerza de donde no tenía. Había aparcado a un lado de la casa, puesto que la misma se encontraba ubicada en una esquina. En este momento me encontraba frente a la puerta desde hacía poco más de quince minutos. Dudando entre llamar a la puerta o salir huyendo. Sentía mis manos húmedas y las piernas no dejaban de temblarme. Conocía a los padres de Sandra, también estaba segura de que ya se encontraban dentro puesto que el auto que llevaban usando desde hace años, estaba estacionado al frente. A pesar de ser una familia acaudalada nunca ostentaron de su fortuna. Eran amables.
¡Son amables! Me repetí a mí misma. No te comerán… ¡no te comerán!
La verdad estaba alteradísima. Era la primera vez en años que volvía a pisar aquel lugar. La primera vez en años que volvía a conducir mi viejo Volkswagen Golf año dos mil porque a mi madre se le ocurre salir sin avisarme. La primera vez que volvía a salir de noche. Era toda una experiencia, siendo sincera estaba ansiosa, y en general cuando estaba ansiosa las cosas no salían bien. No quiera sentirme así… viva.
Sospechaba que si cruzaba la puerta no se concentrarían en la pareja, no. Lo harían en mí. No por cómo iba vestida, pues había escogido una falda de tubo a la altura de las rodillas color negro, como la mayoría de mi indumentaria últimamente, con la única camisa color marfil que encontré que aún me quedaba; sin exagerar en el maquillaje, una máscara de pestañas y brillo labial; sin muchos complementos sólo unos pendientes que tomé prestados, sin autorización de mi madre claro, una cadenilla de plata con el dije en forma de búho acompañado del anillo, y por supuesto la pulsera de tirantes de cuero roja con un corazón de metal, sin olvidar los zapatos negros. Todo para estar cómoda y segura. Aunque en el fondo sabía que no lo estaría, menos con zapatos de vestir, sin mis zapatillas, no ahí dentro.
Volví a fijarme en mi indumentaria. Me bombardearían con preguntas que ni yo misma sabría las respuestas, mientras que yo solo estaría concentrada en una pregunta muy personal. Su habitación,
¿Seguiría intacta? ¿De la manera en que lo recordaba?
Sin pensarlo dos veces llamé a la puerta sabiendo que me arrepentiría de ello. Por desgracia no demoraron en abrir. Andrés era quien me recibía.
No podía salir de mi asombro al traspasar el umbral pues todo seguía exactamente igual de cómo lo recordaba. Del lado derecho el comedor perfectamente decorado con velas, no solo en medio de la mesa de madera natural dispuesto a recibir a diez personas, sino, también en ciertos puntos del ante sala junto y el pasillo que conducía a la cocina iluminando la estancia de manera romántica y bohemia. Los cuadros, las fotografías todo en su mismo sitio.
Andrés, que me había tomado la mano, presionó con fuerza de manera cariñosa, como antes lo hacía. ¡Dios! ¡El parecido es increíble! Me dije a mi misma al ver el mismo color de ojos. Aunque entre los hermanos había poco más de cinco años de diferencia podía reconocer ciertos gestos de Sebastián en aquel rostro no tan joven. De hecho, siempre lo considere un hombre hecho y derecho, era una lástima que desconociera su vida, pues lo que sabía de él, era vieja información y apenas podía recordarla. Tal vez hayan cambiado sus gustos desde que ellos habían llegado a mi vida.
Ambos nos detuvimos frente a la puerta corrediza que daba al salón principal. Tomamos un gran bocado de aire a sabiendas de que a partir de ese segundo la noche sería interminable.
—¿Estás lista? —Preguntó sin soltarme la mano, yo solo asentí y él imitó mi gesto—. Solo una cosa más…—dijo antes de abrir la puerta—. Me alegro de que hayas podido venir, sé lo que significa para ti, pero también soy consciente de la alegría que les dará a todos de tenerte de vuelta.
—No es como si me hubiera ido —dije tratando de hacer una broma, restando importancia al asunto, pero el reproche en sus ojos me detuvo de continuar.
—No, pero sabes a lo que me refiero. Me siento muy orgulloso de ti, y sé que Sebastián también lo estaría. Por eso me animo a decirte lo siguiente: ¡Deja de lado el luto! Por favor. Sé que amaste a mi hermano como nadie, tanto o con la misma intensidad que él te amaba a ti —entonces soltó mi mano y acarició mi rostro de manera tierna—, quiero que vuelvas a ser la misma niña alegre y simpática de años atrás. ¡No me mires con esa cara! —Reclamó al ver mi angustia—. No te pido que vuelvas a enamorarte de alguien, sino de la vida, ¿comprendes? Sabes que te quiero como si fueras una hermana pequeña, ¿verdad? —asentí—. Y espero lo sigas siendo. Quiero que cuentes conmigo, y que sopeses la posibilidad de conocer a alguien más.
—Andrés…
—Aldana —interrumpió—. Eres joven e inteligente. Si te arreglaras más personas verían lo que yo —me burlé—. Lo de ahora, lo de este momento es un gran paso y es solo el primero de muchos. De más decirte que siempre podrás contar con nosotros —lo miré por un segundo, y luego él me tomó en brazos con fuerza.
Yo respondí a su gesto. Más allá de su semejanza con su hermano pequeño, sabía que había diferencias entre ellos, y era cierto, desde que nos conocíamos siempre me había tratado como una hermana. Pero en ese momento, rodeada de sus brazos, me fue muy fácil imaginar que se trataba de alguien más.
Tras varios segundos, al fin abrió la puerta, y como en la peor película de la historia, todos guardaron silencio y giraron a ver en nuestra dirección. Un silencio incómodo surgió mientras yo me arrepentía de cruzar esa puerta. Para mi suerte o tal vez para mi desgracia, Andrés tiró de mis manos adentrándonos a la cueva del lobo.
La primera persona en reaccionar fue Sandra, quien tiro de la mano de Iván y se acercaron con una sonrisa en el rostro.
—Estas…
—¿Desubicada? —aventuré a decir, mirando su gesto, luego mi atuendo.
—No —sonrieron.
—¿Desaliñada? ¡No! ¡Iba a decir preciosa! —gritó con fuerza la última palabra, ambos echándose a reír; me abrazaron como si llevaran años sin verme, como si yo acabara de regresar de algún largo viaje, o tal vez yo me sentía de esa manera.
Saludé a todos los invitados, entre ellos la novia de Willy y, quien por cierto era realmente hermosa. Piel tostada, melena felina color castaño oscuro, y dotada de una mirada inquisitiva y penetrante, estaba enfundada en un vestido tubo sin mangas color rojo. Yo, repentinamente sentí vergüenza. Mi falda ni por cerca se asemejaba a la manera en que ella lo lucia. Marcaba cada curva de su silueta y he de admitir que sentía algo de envidia ya que la chica no tenía un gramo de grasa; no es que yo no estuviera en forma, pero debía admitir que había bajado bastante de peso.
—Linda… ¡Eh! —dijo Sandra al percatarse de que no le quitaba los ojos de encima.
—Ah… No sé qué decirte, de pronto me siento insignificante con este traje —la miré apenada.
—Que no te intimide —susurró antes de cruzarse de brazos y mirarme por encima del hombro—, además es muy feo lo que estás diciendo—dijo en tono acusador—. ¡Se supone que la más bella de este salón debería ser yo! —Gritó con fingida ofensa llamando la atención de todos a nuestra dirección, tras sonreír me abrazó por el cuello y tiró de mí arrastrándome hacia donde se encontraban sus padres y Sara.
No fue tan malo como lo había esperado. Mantuve charla con todos. Respondí cada una de sus interrogantes. Para mi suerte el interrogatorio se basó en preguntas sencillas y relacionadas a los novios y viejas anécdotas; agradecí el hecho de evitar hablar de Sebastián, Andrés estuvo pendiente mío, preguntando si estaba cómoda y llenando mí copa cada vez que se vaciaba.
Para la hora de pasar al comedor yo ya me encontraba un tanto mareada y, al sentarnos cada uno en nuestras sillas, reparé en un asiento, un espacio vacío. Era el lugar que correspondía a Sebas. Por más esfuerzos que empleara no pude evitar imaginarlo ahí sentado, sonriéndome de forma seductora como siempre lo hacía: torciendo su labio en el lado izquierdo dejando entre ver sus dientes blancos, levantando sus cejas de forma graciosa. Sonreí de manera estúpida ante aquel recuerdo que me había permitido olvidar. Me sentí en falta por ello. Solo recordaba los momentos que habíamos pasado en mi habitación, lo de mi internación, y lo del accidente… nunca lo demás. Y lo peor es que no sabía la razón.
—Disculpa querida —escuché que alguien decía— ¡Aldana!
—¿Sí? ¡Perdón! —dije avergonzada mirando a los demás— ¿Decía? —pregunté avergonzada hacia la dirección de donde había provenido la voz, se trataba de Anna, la mamá de Sandra.
—No hay problema, querida —sonrió—. Decíamos que el dije en tu cadenilla es bastante original, no habíamos visto nada igual.
—¡Oh! Esto… —dije mientras lo tomaba entre mis dedos—, es un regalo de mi padre, de hecho, fue el último.
—¿Tiene algún significado además de lo sentimental?
—Sí. Según tengo entendido es de buen augurio económico, pero solo en ciertas culturas, en otras, simboliza sabiduría e inteligencia por tanto es guardián de los estudiantes —respondí firme, pero notando cierta melancolía en mi propia voz.
Andrés que se encontraba al lado mío, observó con cuidado lo que colgaba también de la cadenilla, sonrió de lado antes de susurrarme que lo había hecho bien. Sus palabras me hicieron sentir segura en la mesa. Le ofrecí una sonrisa de agradecimiento y entonces recordé que aún faltaba un invitado. El desconocido padrino. El que sería mi acompañante a la boda.
—Perdón… ¿Iván? Acabo de percatarme de que falta el otro testigo, ¿puede ser que esté equivocada?
—No lo estás… Has prestado atención y eso no ocurre seguido. ¿Acaso te interesa? —respondió en tono burlón, no respondí con palabras, sólo con gestos; le ofrecí mi cara más cínica haciéndole ver que ese no era el punto—. No te preocupes, ¡no te dejará plantada en el altar! —sonrió de costado, y observó a su ahora prometida de soslayo, la morocha intentaba con todas sus fuerzas no reír.
Al final, nadie se pudo resistir al gesto de Sandra intentando no burlarse, yo los imité un tanto avergonzada por volver a ser víctima de sus bromas.
En sí, la cena al igual que la recepción fue todo un éxito. Atentamente escuchaba lo que decían e intentaba meter bocado entre cada comentario, aunque me era algo imposible con todo el tiempo trascurrido y yo un tanto alejada de ellos. Me sentía realmente perdida, no sabía nada de lo que había acontecido en sus vidas en los últimos años. Para mi suerte, Andrés se apiadaba y se tomaba la molestia de rescatarme de situaciones en las que no sabía cómo responder. Por ejemplo, cuando pidieron mi opinión con respecto a la descabellada manera en que Iván le había pedido matrimonio a Sandra, o sobre si prefería la ceremonia en una iglesia o al aire libre.
Cuando ya pasaban minutos de la medianoche y el mareo por las copas de vino ya había menguado, me excusé con la pareja diciendo que debía ir al baño. Al salir al pasillo las escaleras que se dirigían al piso superior me tentaban. Recordé cual era la duda que horas atrás rondaba mi cabeza y me había retenido en la entrada. Observé con cuidado a mí alrededor y efectivamente nadie se daría cuenta. Nadie repararía en mí mientras echaba un vistazo.
Subí cada peldaño, presa de una sensación de excitación y nerviosismo. Una vez arriba me dirigí a la segunda puerta que se encontraba del lado derecho al final del extenso pasillo y me detuve allí. Con mis manos en el pomo tomé un gran bocado de aire esperando que esa habitación, el que un día le perteneció, hoy fuera una especie de depósito o simplemente un cuarto de huéspedes. Aguardando lo peor me adentré al lugar donde algunas veces fui suya en cuerpo y alma.
