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Capítulo 2

POV DE NIKOLAI

—¡Ahhh! ¡Ahhh! ¡Por favor… por favor no pares!

Me encanta escuchar gemir a mis putas; es música para mis oídos.

Siento su cuerpo caliente y húmedo envolver mi erección.

Me gusta especialmente Ksenia, es la reina de las mamadas.

La siento ponerse rígida debajo de mí y sé que pronto tendrá un orgasmo.

El tercero, para ser exacto.

Le sujeto las manos por encima de la cabeza.

Me acomodo mejor entre sus piernas, se las separo un poco más y aumento el ritmo.

¡Mierda!

¡Siento que estoy a punto de correrme también!

Continúo moviéndome cada vez más rápido y más profundo, chupando sus pezones firmes y besando su cuerpo caliente y sudoroso.

—¡Mierda, Ksenia! ¡Qué jodidamente mojada estás!

—¡Oh, Dios, Nikolai! Siento que voy a… voy a… ¡voy a correrme! —grita junto a mi oído, casi dejándome sordo.

Pero trato de no pensar en eso, ya que ahora sólo quiero explotar en un puto orgasmo.

Poco después, los dos alcanzamos el orgasmo casi al mismo tiempo, gimiendo nuestros nombres.

—¡Nikolai!

—¡Ksenia!

Apoyo la cabeza en su pecho durante unos minutos para recuperar el aliento.

—¡Estuviste fantástico, Nikolai! Nunca dejas de sorprenderme. Creo que nunca me cansaré de ti. Te lo digo sinceramente. Nadie, y quiero decir nadie, me ha jodido tan fuerte y tan bien como tú.

Ella no es la única que dice algo así, te lo aseguro.

Todas quieren ganarse mi corazón, convertirse en mi novia o incluso en mi esposa, sólo por mi dinero.

Pero no saben que solo las utilizo para obtener placer sexual. Nada más.

No saben que delante de ellas hay un monstruo sin corazón que no sabe lo que significan el amor ni la familia.

Para mí sólo existe el sexo. Nada más.

Si creen que conmigo conseguirán algo más, se engañan.

—Tu trabajo termina aquí por hoy, Ksenia. Ahora levanta tu trasero de mi cama y sal de aquí. Uno de mis hombres ya te está esperando abajo. Te llevará a casa —digo con seriedad mientras me alejo de ella y me quito el condón.

—Pero… ¡Nikolai! Pensé que estaría contigo todo el día —se queja con ese tono irritante.

Resoplo, irritado.

Por muy buena que sea en la cama, también sabe sacarme de quicio.

—No me obligues a repetírtelo, Ksenia. ¡Ahora vístete y desaparece de mi habitación! —digo, elevando ligeramente la voz para que entienda que debe obedecer.

Ella me mira enfadada y sin volver a abrir la boca comienza a vestirse.

Recoge sus cosas personales y sale de la habitación del hotel enfadada.

Cuando por fin termina su pequeño espectáculo, me dirijo al baño para darme una buena ducha. Dentro de una hora tengo una cena de negocios.

Mientras me ducho, regresan viejos recuerdos de cuando me convertí en jefe de la mafia.

Tenía dieciocho años. Era una gélida noche de invierno y estaba en nuestra casa de Kazán con mi madre, Elena, y mis dos hermanos, Kirill y Anton, de dieciséis y catorce años.

Nos dieron la noticia de que mi padre había sido asesinado en la casa de una de sus amantes.

Ese puto día descubrí que mi padre engañaba a mi madre. Si el cabrón que lo mató —y que espero que ahora se pudra con él en el infierno— no se hubiera adelantado, lo habría hecho yo.

Mi madre sabía perfectamente que la estaba engañando, pero no quiso decírnoslo porque no quería que nos preocupáramos.

Sobre todo por mis dos hermanos, que eran todavía más jóvenes que yo.

Recuerdo que, cuando mis hermanos se metían en algún lío, yo siempre asumía la culpa porque no quería que los lastimaran como me habían lastimado a mí.

Cada vez que miro las cicatrices que cubren mi cuerpo —la espalda, las piernas, el pecho y los brazos— todavía recuerdo el puto ardor que me provocaban.

Cicatrices causadas por las torturas de aquel padre asqueroso que me tocó, empeñado en enseñarme a ser un hombre frío, desalmado, violento y despiadado.

Y eso fue exactamente en lo que me convertí, para que se sintiera orgulloso de tener un hijo digno de continuar el legado de la familia mafiosa más poderosa de Rusia.

La familia Volkov.

¿Sabes qué es genial?

Unos cuatro años después del asesinato de mi padre, mi madre fue secuestrada, violada, asesinada y abandonada en una esquina como si fuera basura.

Nos dijo que iba de compras y que volvería enseguida, pero ese día nunca regresó.

He buscado en cada búnker y cada agujero de este planeta, esperando encontrar a ese hijo de puta, pero nada.

Han pasado ocho años desde entonces y todavía no hemos encontrado ninguna pista.

Al parecer ese imbécil sabe esconderse.

Lo que no sabe es que está jugando con fuego y, cuando se queme, no quedará de él más que ceniza.

Desde entonces, la seguridad en mi familia se ha duplicado.

Mis hermanos y yo nunca salimos con menos de ocho hombres de seguridad cada uno.

Salgo de esos recuerdos dolorosos, abandono la ducha y me ato una toalla a la cintura.

Me dirijo al lavabo y empiezo a cepillarme los dientes.

Una vez que he terminado todo, salgo del baño y me dirijo al armario, donde está mi elegante y carísimo traje negro de Varelli.

Me seco el cuerpo, musculoso y cubierto de tatuajes, y después el pelo.

Finalmente termino de vestirme.

Mientras me pongo los zapatos, mi móvil empieza a sonar.

Contesto sin mirar la pantalla.

—Sí —respondo con sequedad.

—Nikolai, soy Kirill. Ven. Anton y yo te estamos esperando en la mesa con los sardos —dice mi hermano al otro lado de la línea. Cuelgo, cojo mi Bellori Arms y la escondo bajo la chaqueta, en la parte baja de la espalda. Salgo del hotel de cinco estrellas donde me alojo. En la entrada me espera Maksim Lebedev, uno de mis guardaespaldas de mayor confianza. —Buenas noches, jefe —me saluda con una leve inclinación de cabeza mientras abre la puerta del coche. —Buenas noches —respondo antes de subir. Diez minutos después llegamos a nuestro destino. Un camarero bajo y delgado me recibe en la entrada y me conduce deprisa hasta la mesa, siempre con la cabeza gacha y evitando mirarme a los ojos. Ese es el efecto que provoco en la gente: ven a un hombre frío, calculador y peligroso con el que no conviene meterse. Llego a la mesa, saludo a los presentes y ocupo mi sitio, esperando a que empiece esta aburrida cena de negocios. Mientras tanto, observo el salón. Está lleno de gente, sobre todo de mujeres jóvenes. Esta noche encontraré la forma de divertirme. Ya veremos qué pobre ingenua acaba cayendo a mis pies.

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