Capítulo 9
¿O acaso el destino está tramando en secreto un giro más oscuro?
Azure Isle
El aire estaba impregnado de un silencio que casi parecía vivo.
Se quedó mirando a Russell, conteniendo la respiración, con la ansiedad reflejada en sus ojos como un temblor antes de una tormenta.
Había algo en su mirada fija e indescifrable. Su mirada no vaciló, no se suavizó. No hacía preguntas. La observaba derrumbarse.
Sus labios temblaron ligeramente cuando finalmente habló, con voz baja y quebradiza.
—Señor… de dondequiera que vengan estas chicas… yo también vengo de allí.
La única diferencia es que ellos eligieron estar aquí.
Yo no.
Me obligaron.
No tenía dinero… ni opciones.
Y cuando la vida te cierra todas las puertas, incluso una jaula empieza a parecer un refugio.
Así que terminé aquí… no por elección, sino porque no tenía adónde ir.—
No levantó la vista para ver si su confesión lo había conmovido.
Pero Russell estaba escuchando.
Cada palabra. Cada pausa. Cada quiebre en su voz, él lo absorbía como un hombre que sabía exactamente a qué sabía la desesperación.
Entonces, justo cuando pensaba que el silencio la consumiría, Russell se acercó.
Sus dedos se posaron en su cabello con naturalidad, como si le perteneciera. Enredó un mechón entre sus dedos, como si la descifrara a través del tacto.
Su voz era baja, teñida de algo mucho más peligroso que la ira y la verdad.
—Así que… ¿de verdad creías que tu amo te iba a dar un trabajo, eh?
¿Una oportunidad para recuperar tu dignidad?
Y en cambio… te arrojó aquí.
Te convertiste en bailarina en una guarida.
Eso es lo que te dio.—
Las palabras le dolieron, no porque fueran crueles, sino porque eran exactamente lo que había intentado no admitirse a sí misma.
Sus ojos se abrieron de par en par.
—Pero… ¿cómo sabe usted todo eso, señor? —preguntó, dejando escapar las palabras, casi temerosa de la respuesta.
Los ojos de Russell se oscurecieron al mirarla, y había algo ancestral en esa mirada, como si hubiera visto esa historia demasiadas veces.
—A cada ave que vuela hacia Azure Isle se le cuentan las alas antes de aterrizar.
Y tú no eres un pájaro.
Eres humano.
No había escapatoria en esa voz.
Tampoco hay consuelo alguno.
Simplemente una claridad fría y brutal.
Sus ojos volvieron a bajar, pesados por el peso de saber que nunca había sido invisible allí.
Ni por un segundo.
La voz de Russell se fue atenuando mientras se inclinaba, el aroma del peligro, mezclado con algo embriagador, rozando su piel.
Él no la besó.
No la tocó como un hombre hambriento.
Simplemente acercó sus labios a su cuello… y aspiró su aroma.
Una inhalación lenta y deliberada, como si memorizara su aroma, su miedo, su verdad.
Entonces llegó el susurro, casi seductor en su silenciosa amenaza.
—Te lo estás preguntando, ¿verdad?
Si ya lo supiera todo…
¿Por qué seguí intentando asustarte?
Se quedó paralizada.
Podía sentir el calor de su aliento contra su piel, las promesas tácitas envueltas en cada sílaba que pronunciaba.
Se le hizo un nudo en la garganta al volver a mirarlo, apenas podía hablar.
—Lo siento, señor.
Pero por favor… no le digas nada al Jefe.
Por favor…—
Ella no sabía por qué lo había dicho.
No sabía qué le asustaba más: lo que pudiera hacer el jefe o en qué se pudiera convertir Russell.
Pero Russell no respondió de inmediato.
La miró, la miró fijamente como si quisiera grabarla a fuego en su memoria.
Entonces, así sin más, se dio la vuelta y se marchó.
Sin explicaciones.
Sin amenazas.
No prometo nada.
Simplemente desapareció entre las sombras de la Azure Isle, dejando tras de sí un silencio que resonó más fuerte que cualquier grito.
Y ella simplemente se quedó allí, observándolo desvanecerse en la oscuridad.
Su pecho oprimido. Su destino incierto.
Porque ahora… no tenía ni idea de lo que los Lobos Negros iban a hacer a continuación.
Port Haven —: PM.
La ciudad resplandecía bajo el cielo sangrante, envuelta en mil colores mientras el sol comenzaba su descenso.
Las luces se encendían una a una como estrellas dispersas por el horizonte: luces de hadas, faros, letreros de neón, torres de cristal que se incendiaban con el último calor del sol.
Era caos, belleza, movimiento. Una ciudad que no solo vivía, sino que palpitaba.
En medio de aquel resplandor, un coche pequeño y discreto recorría la autopista a toda velocidad, zigzagueando entre el tráfico con silenciosa urgencia, dirigiéndose directamente hacia la costa.
Dentro del coche iba Clara, una chica cuyo mundo acababa de desmoronarse.
Acercó su rostro al cristal, con los ojos muy abiertos, brillando con una emoción inocente que no correspondía a alguien de su edad.
Su rostro estaba medio cubierto por una mascarilla médica, pero sus ojos, esos sorprendentes ojos verde aguacate, brillaban a través de la neblina, llenos de asombro.
Parpadeó rápidamente, como si temiera que, si miraba fijamente durante demasiado tiempo, la vista pudiera desaparecer.
Rascacielos. Vendedores ambulantes. Vallas publicitarias. Niños en bicicleta.
Todo era nuevo. Todo estaba vivo.
Ella nunca había visto el mundo así.
Porque hasta hoy no se lo habían permitido.
Toda su vida la había vivido en el silencio de una habitación subterránea, un sótano donde el tiempo no transcurría y apenas se veían rostros.
Sin ventanas. Sin aire. Sin cielo.
Y ahora esto.
La ciudad. El ruido. Los colores. El océano a lo lejos. Las nubes de color rosa dorado.
Sus manos se aferraban al cristal como las de una niña que contempla un mundo que jamás pensó que llegaría a tocar.
A su lado estaba sentada Anna, y a diferencia de Clara, no estaba hipnotizada.
Estaba tensa. Controlada. Su cuerpo rígido, sus ojos escudriñando cada callejón, cada sombra.
Sujetó la muñeca de Clara con fuerza, con un agarre firme, casi hasta hacerle daño.
Porque Anna sabía que si la soltaba, aunque fuera por un segundo, Clara saltaría.
No por miedo.
Por hambre de vivir.
Clara nunca había respirado en este mundo hasta hoy, y ahora lo quería todo a la vez.
Ella seguía inclinándose hacia adelante, intentando bajar la ventanilla, intentando abrir la puerta.
Todo la llamaba: el mar, las calles, la luz del sol.
Y Anna tenía que recordárselo una y otra vez:
—Todavía no. Todavía no.
Anna no la culpó.
¿Cómo pudo hacerlo?
Pero esto no era un paseo. Esto era una huida.
Y el tiempo se estaba acabando.
Ella lo sabía en lo más profundo de su ser. Newbridge ya debe haberse enterado.
Alguien habría notado la ausencia. Alguien habría descifrado el silencio.
Pero Maggie lo había planeado bien.
Impecable, de hecho.
El túnel secreto que Anna había utilizado no tenía cámaras, ni guardias, ni sensores.
Había sido construido décadas atrás para una especie de emergencia que nadie había previsto.
Solo unas pocas personas habían sabido de su existencia. Y ahora… todos estaban muertos.
Todos excepto Maggie.
Y Maggie le había confiado a su Anna a la única persona que no podía permitirse el lujo de ser encontrada.
Clara.
Una chica sin huella digital. Sin fotos. Sin expedientes escolares.
Desde el día en que nació hasta el momento en que escapó, jamás había puesto un pie fuera de aquel sótano.
Y ahora, sentada a su lado en un coche en marcha, hipnotizada por las farolas y los desconocidos, como alguien que saborea el cielo después de toda una vida bajo tierra.
Anna dirigió la mirada al espejo retrovisor. Sentía el pulso acelerado en el cuello.
Le daba igual si alguien venía tras ella.
Ella podía soportarlo. Podía darlo todo por ello.
¿Pero Clara?
