Capítulo 5
La universidad olía a café barato, lluvia reciente y libertad.
Por eso dolió tanto volver para despedirme.
Caminé por el campus con una maleta pequeña y un nudo en la garganta. Los estudiantes iban de un edificio a otro sin saber que el mundo podía acabarse un miércoles por la noche en el estudio de un padre que jamás te quiso.
Alguien reía cerca de la cafetería.
Me pregunté cómo se hacía eso.
Reír sin miedo a que alguien te lo cobrara después.
Mi habitación de la residencia estaba casi vacía. Metí en la maleta dos suéteres, mis cuadernos de dibujo y un libro de fantasía con las esquinas gastadas. El resto podía quedarse. O tal vez no. Tal vez nada había sido mío de verdad.
Encontré mi caja de carboncillos bajo la cama.
Renata había roto uno de mis cuadros el año anterior porque, según ella, “una bastarda no necesitaba pasatiempos de señorita triste”. Desde entonces dibujaba en hojas sueltas y las escondía entre apuntes.
Tomé la caja.
Esa sí venía conmigo.
—¿Isabela?
Me quedé inmóvil.
Elías estaba en la puerta.
No entró sin permiso. Él nunca hacía eso. Siempre me dejaba un espacio para elegir, como si no supiera que yo había olvidado cómo se hacía.
Tenía el cabello oscuro revuelto por el viento y la chaqueta mojada en los hombros. Al verme con la maleta, su expresión cambió.
—No me dijiste que te ibas.
Intenté sonreír.
—Yo tampoco lo sabía.
Su mirada bajó a la maleta. Luego a mi rostro. Se acercó un paso.
—¿Qué pasó?
Negué.
—No puedo contártelo.
—¿No puedes o no quieres?
La respuesta se me quedó clavada en la lengua.
Elías siempre había sido peligroso por eso: porque hacía preguntas como si mis respuestas importaran.
—Me caso —dije al fin.
La frase cayó entre nosotros y lo rompió todo.
Él tardó un segundo en reaccionar.
—¿Qué?
—Mi padre lo decidió.
—No.
Su voz salió baja, incrédula, furiosa.
—Isabela, eso no es... No puede hacer eso.
Casi me reí.
No porque fuera gracioso. Porque sonaba hermoso. Ingenuo. Como si en algún lugar del mundo las cosas injustas dejaran de ocurrir solo porque alguien las nombraba.
—Ya lo hizo.
Elías entró, pero se detuvo a medio metro. Sus manos se cerraron en puños.
—¿Con quién?
No respondí.
—Isabela.
Miré la caja de carboncillos.
—Damián Valcárcel.
El color abandonó su rostro.
Entonces sí sabía quién era.
Todos lo sabían.
—Ven conmigo —dijo.
Alcé la mirada.
—¿Qué?
—Ahora. No mañana. Ahora. Tomamos un tren, un autobús, lo que sea. Tengo algo de dinero. Hablaremos con un abogado. Con prensa. Con quien haga falta.
Su desesperación me abrió una grieta en el pecho.
—No funciona así.
—Sí funciona si tú decides que funcione.
—No entiendes.
—Entonces explícamelo.
Quise hacerlo.
Quise contarle que Marcelo había amenazado su futuro. Que Renata sonreía cuando yo tenía miedo. Que Camila había dicho que los Valcárcel rompían cosas bonitas para recordar que podían pagarlas. Que mi vida no era una puerta cerrada: era una casa entera sin ventanas.
Pero si se lo contaba, Elías intentaría salvarme.
Y Marcelo lo destruiría.
—No puedo elegirte —susurré.
Él se quedó quieto.
El dolor en sus ojos fue inmediato.
—¿Elegirme?
Me mordí el labio.
Ya no había vuelta atrás.
Elías soltó una risa breve, rota.
—Dime que no lo sabes.
—¿Saber qué?
Dio un paso más, y esta vez no se detuvo.
—Que te amo.
Todo el aire desapareció.
—Elías...
—No lo digo para presionarte. No lo digo para hacerte daño. Lo digo porque si te vas sin saberlo, me odiaré toda la vida.
Las lágrimas me quemaron los ojos.
Durante años había soñado con que alguien dijera algo así y lo dijera de verdad. No como posesión. No como burla. No como deuda.
Pero el amor, llegado tarde, también podía ser una cuchilla.
—Lo siento —dije.
Él cerró los ojos.
—No te disculpes por estar atrapada.
Extendió la mano.
Yo la tomé porque era la última cosa libre que podía hacer.
Sus dedos rodearon los míos con cuidado, como si temiera quebrarme.
—Si algún día necesitas huir —dijo—, llámame. Aunque sea dentro de diez años. Aunque sea desde el otro lado del mundo.
Asentí, incapaz de hablar.
Entonces mi teléfono vibró.
Un mensaje de Marcelo.
“Cinco minutos. El coche espera abajo. No hagas tonterías.”
Elías leyó mi rostro.
—Están aquí.
Solté su mano.
Él negó.
—Isabela...
—No me sigas.
—No voy a dejar que te lleven.
Me acerqué y apoyé la frente contra su pecho solo un segundo. Uno. El suficiente para guardar el recuerdo de alguien que me abrazaba sin querer poseerme.
Luego me aparté.
—Precisamente por eso no puedes seguirme.
Tomé la maleta.
Al bajar por las escaleras, vi el coche negro frente a la residencia.
Y junto a él, un hombre desconocido con traje oscuro.
No llevaba el emblema de los Alvarado.
Llevaba el de los Valcárcel.
