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Capítulo 4

La sala de juntas enmudeció cuando puse la pistola sobre la mesa.

No la apunté a nadie.

No hizo falta.

El arma descansó junto a los informes financieros como una firma negra, pulida, familiar. Frente a mí, el ejecutivo que acababa de cuestionar mis decisiones tragó saliva con tanta fuerza que casi pude oír cómo se le rompía la dignidad.

—Repítelo —dije.

El hombre palideció.

—Señor Valcárcel, yo solo...

—No te he pedido una explicación. Te he pedido que lo repitas.

Nadie respiró.

Habían sugerido que mis próximos acuerdos podían estar condicionados por el compromiso matrimonial. Que quizá, por “la presión emocional”, convenía revisar ciertas adquisiciones.

Emocional.

La palabra seguía ensuciando el aire.

Incliné la cabeza.

—¿Sabes qué ocurre cuando un hombre confunde prudencia con cobardía?

No respondió.

Bien.

—Que se vuelve reemplazable.

El silencio se hundió más.

Bruno Vidal, de pie junto a la puerta, no movió un músculo. No necesitaba mirarlo para saber que ya había enviado el mensaje. Antes de que aquel idiota saliera del edificio, su acceso estaría cancelado, sus cuentas bloqueadas y sus años de contactos reducidos a polvo.

Me levanté despacio.

—Esta empresa no tiembla porque yo me case. Tiembla cuando alguien olvida quién manda.

El ejecutivo bajó la mirada.

—Lo siento, señor.

—Todavía no.

Mi teléfono vibró.

Solo una persona tenía permiso para interrumpirme en medio de una ejecución.

Aurelio Valcárcel.

Tomé el móvil.

—Abuelo.

—Vuelve a la mansión.

Sin saludo. Sin explicación.

—Estoy en una reunión.

—Ya terminó.

La llamada se cortó.

Guardé el teléfono y miré a Bruno.

—Limpia esto.

—¿Al ejecutivo o la reunión?

—Ambos.

No esperé respuesta.

Media hora después, la mansión Valcárcel me recibió con su habitual aroma a mármol viejo, madera oscura y secretos que nadie enterraba del todo. Las paredes no tenían retratos familiares. Tenían advertencias enmarcadas.

Aurelio me esperaba en el salón privado, junto a la chimenea apagada. Mi padre, Esteban, estaba sentado a un lado, con esa expresión ausente de hombre que un día perdió la voluntad y jamás volvió a buscarla. Rodrigo y Beatriz fingían conversar, aunque sus ojos siguieron cada uno de mis pasos.

—Llegas tarde —dijo Aurelio.

—Me llamaste hace treinta y dos minutos.

—Y tardaste treinta y dos.

Me senté frente a él.

—¿Qué necesitas?

Aurelio alzó una carpeta negra.

—Obediencia.

No aparté la mirada.

—Eso ya lo tienes.

Sus labios se curvaron apenas.

—Entonces no habrá problema. La boda se adelanta.

El aire cambió.

No mostré reacción. Había aprendido de niño que una emoción visible era una herida abierta.

—¿Cuándo?

—Viernes.

—Hoy es miércoles.

—Sé leer un calendario, Damián.

Rodrigo soltó una risa mínima. Beatriz lo silenció con una mirada. No por respeto. Por prudencia.

Aurelio deslizó la carpeta hacia mí.

—Marcelo Alvarado aceptó. La chica también aceptará.

Abrí la carpeta.

No había fotografía.

Solo un nombre.

Isabela Alvarado.

Edad. Universidad. Residencia. Sin presencia pública. Sin redes activas. Sin entrevistas. Sin registros familiares visibles salvo uno sellado hacía años.

La otra hija.

Un fantasma con apellido.

—¿Por qué ella? —pregunté.

—Porque Camila Alvarado tiene demasiada exposición. Isabela, en cambio, es perfecta.

—Invisible.

—Manejable.

Cerré la carpeta.

No sabía nada de esa mujer. Ni el color de sus ojos. Ni su voz. Ni si temblaría camino al altar o fingiría dignidad mejor que el resto de su familia.

No importaba.

Un matrimonio era un contrato. Un apellido junto a otro. Una pieza sobre el tablero.

—¿Y si se niega? —pregunté.

Aurelio sonrió como se sonríe ante una ingenuidad.

—Las chicas como ella no se niegan. Las chicas como ella aprenden rápido a sobrevivir.

Algo, apenas algo, se tensó bajo mi piel.

No fue compasión.

Yo no era un hombre compasivo.

Fue curiosidad.

—No quiero escándalos —continuó Aurelio—. La ceremonia será privada, elegante, impecable. La ciudad sabrá lo que le convenga saber. Después vivirás con ella en Las Encinas el tiempo necesario para consolidar la imagen.

—¿Me estás enviando fuera de la mansión?

—Te estoy dando una esposa.

—No son lo mismo.

Aurelio golpeó el suelo con su bastón.

—Son exactamente lo mismo cuando yo lo decido.

Lo miré.

Vi al hombre que me enseñó a sostener un arma antes que una mano. Al hombre que convirtió cada forma de afecto en una orden. Al hombre al que yo seguía obedeciendo, incluso cuando odiaba reconocerlo.

—Bien —dije al fin.

Aurelio asintió, satisfecho.

Me levanté con la carpeta en la mano.

Antes de salir, su voz me alcanzó.

—Una advertencia, Damián.

Me detuve.

—Los Alvarado nos están entregando a la hija que no quieren. Eso no significa que debas subestimarla.

Miré el nombre impreso en la primera página.

Isabela.

Una chica que nadie reclamaba.

Una novia sin fotografía.

Una pieza ofrecida como sacrificio.

Por primera vez en mucho tiempo, algo dentro de mí dejó de obedecer en silencio y preguntó:

¿Qué demonios hicieron contigo?

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