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Capítulo 2

—Creo que los conozco... —murmuró Elena, observando a los motociclistas como si estuviera hipnotizada.

Nora la miró atónita.

—Fantástico, prima. Ya los llamas otro día —respondió con sarcasmo mientras intentaba tirar de ella—. Vámonos.

Pero Elena se mantuvo firme. No apartaba los ojos de los hombres o, más exactamente, de aquello que solo ella parecía ver frente a ellos.

—Quiero comprobar algo —murmuró, posando una mano sobre la de Nora.

—¿Comprobar qué? ¿Si las puertas del cielo son de verdad nacaradas? —replicó Nora, todavía intentando alejarla.

—Nora, suéltame —dijo Elena entre dientes.

Apartó bruscamente la mano de su prima y se volvió hacia los motociclistas.

—Parece que tenemos una voluntaria —dijo el primero al verla acercarse.

Los otros se rieron.

Mientras Elena avanzaba, la imagen de Adrian apareció de nuevo ante ella. Su corazón se aceleró. Desesperada por retener aquella visión un poco más, dio un paso atrás y la imagen desapareció. Entonces volvió a avanzar.

Adrian regresó.

Elena contuvo el aliento y siguió caminando.

—¡Elena! —gritó Nora, alarmada.

Cada vez que aquella presencia aparecía y desaparecía, los instintos sobrenaturales de Nora reaccionaban con un latigazo de peligro. Ella no podía ver a Adrian, pero su naturaleza de presa detectaba algo extraño en el ambiente.

La necesidad de huir se volvió insoportable.

Y, aun así, Elena terminó subiendo a la motocicleta de uno de aquellos desconocidos.

*

Nora caminaba de un lado a otro, incapaz de imaginar cómo iba a explicarle a Daniel que Elena se había marchado en la parte trasera de la moto de un hombre mayor al que apenas conocía.

Por suerte, al final no tuvo que hacerlo.

Elena regresó poco después, aturdida y con la vista clavada en el suelo.

—¿Qué demonios te pasa? —Nora la sujetó por los brazos y la estrechó contra sí.

Había sentido que el corazón se le salía del pecho cuando vio cómo la motocicleta se alejaba. Durante unos segundos estuvo a punto de correr tras ellos, aun a riesgo de revelar sus habilidades y poner en peligro el secreto de su gente.

—¿Estás loca? ¿Querías matarte? —espetó Madison, tan indignada como Nora.

Elena apenas pareció escucharlas.

—Cuanto más peligroso era... más real parecía —murmuró para sí.

Madison frunció el ceño.

—¿Ahora eres adicta a la adrenalina o qué?

Elena levantó la cabeza al darse cuenta de que había hablado en voz alta.

—Elle, si necesitas descargar adrenalina, haz ala delta o puenting. No te subas a la moto de cualquier desconocido —dijo Nora, manteniéndola a la distancia de un brazo—. Podrías haber muerto.

—Yo... yo...

Elena trató de disculparse, pero Nora soltó un gruñido frustrado, se revolvió el cabello con ambas manos y decidió que necesitaba alejarse un poco antes de decir algo de lo que se arrepintiera.

Al día siguiente, el humor de Nora había cambiado por completo.

Iban camino de casa de Nathan.

Nora y él habían sido inseparables durante la infancia, siempre junto a Elena. Sin embargo, mientras Elena solía regresar temprano a casa, Nora y Nathan podían pasar horas jugando juntos. Después de que Nora y su padre se mudaran, el contacto entre ellos se volvió cada vez más esporádico y acabaron viéndose casi exclusivamente durante las visitas de verano.

Por eso Nora no podía contener la emoción.

—Tranquilízate un poco —dijo Elena entre risas al verla mirar de un lado a otro dentro del vehículo.

Después del susto de la noche anterior, Elena sabía que debía compensarla. Además, llevar las motocicletas hasta Nathan resolvía dos problemas a la vez: distraía a Nora y conseguía a alguien capaz de reparar la chatarra que había rescatado.

—Estoy emocionadísima —admitió Nora, mirando alternativamente a Elena y a la casa de Nathan—. Gracias por traerme.

—Después de lo que hice anoche, es lo mínimo.

En cuanto Elena estacionó, Nathan salió de la casa.

Nora ni siquiera esperó a que apagara el motor.

—¡Nate! —gritó mientras saltaba del vehículo y corría hacia él.

Nathan entrecerró los ojos, como si necesitara un segundo para convencerse de que realmente la estaba viendo.

—¿Nora? ¡Clover!

Los dos corrieron al encuentro del otro. Nora se lanzó a sus brazos y Nathan la atrapó con facilidad, sosteniéndola como si no pesara nada.

—Dios mío, ¿cuándo volviste? —preguntó él, sonriendo de oreja a oreja.

—Hace unos días.

—¿Y recién ahora vienes a verme? —protestó con fingida ofensa, acomodándola contra su cadera.

—Agradece que haya venido, ¿sí?

Nora no dejaba de reír. Volver a verlo era como recuperar de golpe una parte de su infancia.

—Qué carácter, Clover —bromeó Nathan, tocándole la punta de la nariz—. Entonces, ¿qué las trae por aquí? No creo que Elena haya venido porque echaba de menos a su mejor amigo.

Elena, que por fin se había acercado, se recogió un mechón de cabello detrás de la oreja.

—Traje algo.

Nathan miró a Nora, que seguía en sus brazos.

—Ya lo veo. Me trajiste mi cosa favorita del mundo.

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