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—gritó, haciéndonos estremecer.
—No sé cuál es tu puto plan, pero no va a funcionar.
—¿Plan? ¿Qué plan?
—Vete, por favor.— Dijo papá.
—Eduardo...
—¿No has oído a mi marido? Ha dicho que te largues de nuestra casa!— Gritó la mujer.
Mamá me cogió de la mano mientras miraba a papá con ojos desorbitados.
—¡Fuera! —volvió a gritar.
—¡Mamá, papá!— Dos voces femeninas gritaron al unísono, reclamando nuestra atención.
Vi a dos chicas de más o menos mi edad, morenas como papá y con minivestidos. Las dos son idénticas.
Deben de ser gemelas.
—Hola, queridas —dijo la mujer, cambiando al instante su expresión de enfado cuando las niñas se dirigieron hacia ella. Les dio un beso en las mejillas. Una de ellas se acercó a papá y éste le besó la sien.
Una parte de mí se sintió fatal al ver aquello.
Mamá y yo nos quedamos mirándolas.
—Papá, ¿quiénes son estas personas? preguntó la chica que estaba junto a papá.
Le acaba de llamar papá. ¿También son sus hijas?
—Bueno, chicas, ya sabéis cómo se comporta la gente de clase baja de los barrios bajos —dijo la mujer.
¿Por qué sigue diciendo que somos de los barrios bajos?
—Prefieren entrar en las casas de la gente rica y reclamar derechos que ni siquiera merecen tener—.
Arqueé las cejas.
—¿Qué es eso que llevan puesto? preguntó la chica que estaba junto a la mujer maleducada, mirándonos con asco.
Mamá y yo miramos nuestros atuendos. Nuestras ropas son limpias. Puede que sean viejos, pero son nuestros mejores atuendos.
—De hecho son de los barrios bajos —se burló la primera chica.
Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas. No quiero ni pensar en cómo se siente mi madre ahora mismo.
—Puedes repetirlo, cariño —apoyó la mujer.
—¡Benson! —gritó.
Mamá me miró con los ojos desorbitados, pero volvió a mirar a mi padre.
A continuación entró un hombre enorme con traje negro y gafas oscuras.
—¿Sí, señora?— preguntó.
—Echa a esta sucia zorra y a su rata de nuestra casa —ordenó.
Se me apretó el corazón.
El hombre asintió y dio unos pasos hacia nosotros.
—Antes de que nos infecten con cualquier enfermedad que hayan contraído en los barrios bajos.
—Por aquí, señora —ordenó Benson con calma, señalando la puerta de entrada.
—Eduardo —llamó mamá, mirando a mi padre—.
—¡Saca a esa zorra de aquí ahora mismo!—Gritó la mujer.
—Señora, muévase, por favor —dijo Benson.
Mamá asintió ligeramente mientras me cogía de la mano y nos dirigimos hacia la puerta con Benson detrás.
—Cosas asquerosas. Han venido a poner denuncias falsas. Los nervios por mí.— Oí decir a la mujer.
—¡Que esto os sirva de lección a todos los empleados, no volváis a dejar entrar en mi casa a gente como ésta!— Ordenó.
Giré la cabeza para mirar a mi padre. Nos miraba mientras una de las chicas le decía algo.
Me volví mientras mi madre me ponía la mano en el hombro, abrazándome mientras salíamos de la casa.
Caminamos hacia delante, en dirección a la puerta.
Mamá moqueó.
La miré. Sollozaba en silencio.
Se me apretó el corazón. Odio verla así. Ha sido feliz desde que decidimos venir aquí. Ahora está triste. No se lo esperaba.
Ni yo tampoco.
Pensaba que todo iría como ella había dicho. Dijo que mi padre me daría una cálida bienvenida y que pasaría tiempo hablando de cosas con él.
Pero ha ocurrido todo lo contrario.
Incluso tiene otras dos hijas.
Se quedó allí y dejó que nos insultaran. Dejó que nos echaran.
Algo no va bien. ¿No está casado con mi madre?
Me quedé pensativa mientras miraba a mi madre. Seguía sollozando en silencio.
—Mamá,— la llamé pero....
—Verónica —me llamó una voz masculina, deteniéndonos en nuestro camino. Nos volvimos hacia él.
Vimos a papá acercándose a nosotras con algo parecido a un sobre en la mano.
Miré a mi madre. Su rostro se iluminó al verle. Como si se sintiera aliviada de verle aquí. Dio unos pasos hacia él y yo la seguí.
—Eduardo, yo....—
—Toma esto y vuelve al lugar de donde has venido —dijo, cortándola mientras le ponía el sobre gordo en la mano.
Mamá y yo miramos el sobre.
—Eduardo ¿por qué estás....—
—Tienes que irte. —Intervino papá.
—¿Por qué nos haces esto? ¿Y tu hija? —preguntó mamá, poniéndome la mano en el hombro.
Papá me miró y soltó un suspiro. Volvió a mirar a mi madre.
—La estáis echando de vuestra casa. No es justo.
—Lo que no es justo es que vengas a mi casa, a mi familia, después de tantos años, con una hija de la que no tengo ni idea de que existe —dijo papá.
Arqueé las cejas.
—¿Cómo puedo estar segura de que no mientes?
—No miento, te lo juro. Es tu hija— se defendió mamá.
Papá soltó un suspiro.
—Tiene tu extraordinario cerebro. Ha conseguido una beca en...—
—No puedo aceptarla.
Se me apretó el corazón.
—¿Qué? ¿Por qué? preguntó mamá. Percibo el dolor en su voz.
—Porque no puedo creer que una noche de un horrible error haya producido esto —soltó papá, señalándome con irritación.
Se me volvió a apretar el corazón.
Acababa de cosificarme.
Mamá me apartó, apartándome de él.
—¿No digas eso de ella? Es una niña. Herirás sus sentimientos —oí susurrar a mi madre.
—Me importa un bledo, Verónica. Cógela y vete —dijo.
Mi corazón se apretó ante sus duras palabras.
—Eduardo, por favor —casi lloró mamá.
—Lárgate y no vuelvas nunca. Vuelve aquí y haré que te arresten.— Amenazó papá.
Bajé la mirada y una lágrima rodó por mis ojos, pero me la sequé rápidamente.
—En ese sobre hay mucho dinero. Cógelo y vuelve al lugar de donde has venido —dijo entrando en casa.
Mamá y yo nos quedamos mirando cómo entraba en la casa.
Esto no era lo que yo esperaba.
Esperaba sus brazos abiertos y una sonrisa radiante.
Esperaba unas palabras de agradecimiento por ser inteligente y aprobar el examen para la beca.
Esperaba que me dijera lo orgulloso que estaba de mí. Lo mucho que sentía haberme perdido diecisiete años de mi vida.
Hoy esperaba muchas cosas.
Desde luego, no....this.
—Vámonos, cariño —dijo mamá, cogiéndome de la mano mientras caminábamos hacia la puerta.
Mi mente daba vueltas a todo. ¿No están casados?
Sonaba como si no lo estuvieran.
¿Eso me convierte en una hija ilegítima?
Se me apretó el corazón ante la posibilidad de mis pensamientos.
Salimos por la puerta. Mamá volvió la mirada hacia la mansión cuando la verja se cerró sola. Bajó la mirada hacia el sobre que tenía en la mano.
Observé su rostro triste y decepcionado.
Pensé en lo que nos esperaba.
¿Volveremos a nuestra pequeña ciudad?
Me encantaría.
