Librería
Español
Capítulos
Ajuste

Capítulo 3

La gente cree que una sala de interrogatorios huele a miedo.

No es cierto.

Huele a café viejo, metal y hombres convencidos de que tienen razón.

Salí de la sala sin mirar atrás hasta que Caleb me alcanzó en el pasillo.

—Valeria.

Seguí caminando.

—No.

—Ni siquiera sabes lo que voy a decir.

—Vas a decir que los Ferrara son peligrosos. Que Damián es un criminal. Que mi padre no debería haberme dado este caso. Después vas a ofrecerte a “protegerme”.

Caleb me agarró suavemente de la muñeca.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza.

Me detuve en seco.

Durante una fracción de segundo ya no estaba en un edificio federal.

Tenía trece años.

Una puerta cerrándose detrás de mí.

Conrad Blake acercándose a mi cama.

Su mano donde no debía estar.

El lápiz que le clavé en la pierna para poder escapar.

Parpadeé.

Volví al presente.

—Suéltame.

Caleb lo hizo de inmediato.

—Lo siento.

—No vuelvas a tocarme para impedir que me vaya.

Su expresión cambió.

—Solo intento evitar que cometas un error.

—Mi cliente tiene derecho a defensa.

—Tu cliente fabrica veneno.

—Entonces demuéstralo de forma legal.

Se acercó, bajando la voz.

—Puedo ayudarte.

Ahí estaba.

—¿Cómo?

—Dame algo pequeño. Una ruta. Un nombre. Un punto débil. Nada que pueda relacionarse contigo.

Lo miré durante un segundo entero.

—¿Me estás pidiendo que traicione el privilegio abogado-cliente?

—Te estoy pidiendo que elijas el lado correcto.

Me reí una sola vez.

—Si traiciono a un cliente, no vuelvo a ser abogada. No necesito a los Ferrara para destruir mi carrera. Podría hacerlo yo sola.

—Estás siendo ingenua.

—Y tú estás dejando que tu obsesión con esa familia nuble tu juicio.

Sus ojos se endurecieron.

—Algún día él te hará daño.

—No lo conoces.

—Tú tampoco.

Aquello me siguió hasta el estacionamiento.

***

Una hora después, Damián estaba detrás de barrotes.

Yo estaba delante.

Él seguía sonriendo.

—Tu amigo tiene problemas de celos.

—Caleb no es mi problema ahora mismo.

—Qué pena. Parecía interesado en convertirse en uno.

—Damián.

—Señora Montclair.

—Necesito hechos.

Por fin se acercó a los barrotes.

—Pregunta.

—¿Firmaste contratos del laboratorio?

—No.

—¿Tienes la propiedad a tu nombre?

—No.

—¿Transferencias?

—No hago transferencias directamente.

—¿Grabaciones donde des órdenes de producción?

—No dejo que me graben.

—¿Testigos?

Su sonrisa volvió.

—Todo el mundo ha visto cosas. Probarlas es otra historia.

Lo observé.

Ese era el verdadero Damián Ferrara.

No el hombre que bromeaba con esposas puestas.

El otro.

El que entendía perfectamente el negocio del que formaba parte.

—No eres tan estúpido como finges.

—Y tú no eres tan fría como finges.

—No cambies de tema.

—No lo hice.

Nos quedamos demasiado cerca de los barrotes.

Sus ojos bajaron una fracción de segundo hacia mi boca.

Yo retrocedí.

—Tu comparecencia es en tres días. Voy a revisar cada orden, cada informe y cada minuto de grabación.

—No duermas por mí.

—No seas presumido.

—Ya estás preocupada.

—Estoy calculando.

—Es casi lo mismo.

Lo dejé sonriendo detrás de los barrotes.

Yo no sonreía cuando llegué a casa.

Mi ático estaba exactamente como siempre: limpio, silencioso, ordenado. Todo en su lugar.

La clase de lugar donde nadie podía entrar en una habitación sin que yo lo supiera.

Me serví vino y llamé a Lyon.

Mi padre respondió con voz ronca.

—Valeria.

—¿De verdad estás enfermo?

—Gripe. Nada dramático.

—La AFI tiene laboratorio, videos de clubes, testigos y tres años de investigación.

—¿Y qué tienen contra Damián personalmente?

Me detuve.

—Presencia. Imágenes. Asociación.

—Entonces todavía no tienen un caso. Tienen una historia.

—Caleb intentó reclutarme.

Hubo silencio.

—Eso sí me preocupa.

—Lo rechacé.

—Caleb Hale quiere una victoria que lleve su nombre. No permitas que te convierta en parte de ella.

Me dejé caer en la silla.

—¿Y Damián?

—¿Qué pasa con él?

Pensé en su sonrisa. En la forma en que había dejado de bromear cuando mencioné a Leandro. En lo rápido que escondía cualquier emoción real.

—Finge ser más tonto de lo que es.

Mi padre soltó una risa baja.

—Entonces encuentra el error que un hombre arrogante como Hale seguramente dejó detrás.

Miré las cajas de documentos que acababan de entregar en mi oficina doméstica.

Tres días.

Miles de páginas.

Mi padre enfermo a miles de kilómetros.

Y un mafioso insoportable esperando que yo hiciera un milagro.

Abrí la primera carpeta.

—Bien —murmuré—. Vamos a encontrarlo.
Descarga la aplicación ahora para recibir recompensas
Escanea el código QR para descargar la aplicación Hinovel.