Capítulo 5: El Precio de la Verdad
El teléfono permaneció firme en la mano de Emily mucho después de que la llamada terminara. La voz helada de Victoria resonaba en las paredes de la habitación como un eco imposible de acallar: «He encontrado algo en los registros contables de la galería... Te espero mañana a las 10:00 en Park Avenue».
Emily sabía que aceptar esa cita equivalía a adentrarse en territorio enemigo. Sin embargo, la sola posibilidad de que Victoria hubiera descubierto la transacción de los 150,000 dólares la dejaba sin aire. La noche pasó entre giros en la cama y sombras en el techo. Al amanecer, la incertidumbre le pesaba más que el cansancio.
El café en Park Avenue era un local discreto, bañado por la luz matutina que filtraba sus amplios ventanales. Cuando Emily atravesó la puerta, Victoria ya ocupaba una mesa al fondo, luciendo una gabardina de sastre beige y sosteniendo una taza con elegancia natural.
—Puntual. Me agrada que respetes el tiempo ajeno —dijo Victoria con una sonrisa calculada que no alcanzaba sus ojos.
Emily tomó asiento frente a ella, declinando el menú que el mesero le ofrecía.
—Dijiste que tenías algo sobre las cuentas de mi galería. Habla de una vez.
Victoria entrelazó sus dedos sobre la mesa, disfrutando del poder que ejercía en la escena.
—Investigué la deuda de tu galería, Emily. Una auditoría rápida revela que estaba al borde de la ejecución hipotecaria la semana pasada... y de repente, los acreedores recibieron un pago íntegro desde un fondo de liquidación privado asociado a firmas de Blake Enterprises.
A Emily se le heló la sangre, pero apretó los puños bajo la mesa para sostenerle la mirada.
—Alexander y yo estamos comprometidos. No veo qué hay de extraño en que apoye a su futura esposa.
Victoria soltó una carcajada baja y melódica, cargada de veneno.
—Por favor, querida. Ningún multimillonario como Alexander Blake salda deudas millonarias de la noche a la mañana por una mujer que conoció hace tres semanas. Esto apesta a contrato comercial.
—Eso no prueba nada —replicó Emily con frialdad—. Estás haciendo suposiciones para alimentar tu despecho.
—No necesito pruebas judiciales para destrozar la imagen de Alexander ante la prensa y el consejo —murmuró Victoria inclinándose hacia adelante—. Solo necesito sembrar la duda suficiente para que los accionistas congelen la transferencia de acciones por su cumpleaños. Si la junta sospecha que este matrimonio es un fraude legal para saltarse el testamento, Alexander perderá el control de Blake Enterprises.
Emily se levantó con la barbilla en alto.
—Si ese es tu juego, tendrás que demostrárselo al mundo. Permiso.
—Haz lo que quieras, Emily —dijo Victoria, dándole un parsimonioso sorbo a su café—. Pero recuerda: en el mundo de Alexander, cuando el barco se hunde, los peones son los primeros en ahogarse.
Emily llegó al penthouse de Alexander impulsada por la rabia y el pánico. Lo encontró en el salón principal, vistiendo camisa blanca con las mangas arremangadas mientras revisaba informes en su tableta. Al verla entrar con el rostro desencajado, dejó el dispositivo sobre la mesa de centro.
—¿Ocurre algo?
—Vengo de verme con Victoria —espetó Emily dejando caer su bolso en el sofá.
La expresión de Alexander cambió de inmediato. La tranquilidad ejecutiva dio paso a una rigidez peligrosa.
—¿Por qué fuiste a verla sin avisarme?
—¡Porque rastreó la transferencia de dinero a la galería! —alzó la voz Emily, haciendo que él se erguiera por completo—. Sabe que el pago salió de una de tus firmas filiales justo antes de anunciar el compromiso. Dice que no necesita pruebas absolutas, que solo le basta sembrar la duda en tu consejo directivo para bloquear tus acciones.
Alexander cruzó la estancia a pasos firmes y apretó la mandíbula mientras miraba al ventanal.
—Henry blindó las cuentas intermedias, pero subestimé el acceso de la familia Hayes a las auditorías bancarias del consejo.
—¡Es que no entiendes el peligro! —exclamó Emily aproximándose a él—. Si ella convence a la prensa o a tu junta de que esto es un acuerdo financiero, no solo perderás tu empresa; a mí me destruirán públicamente.
Alexander se giró hacia ella con una intensidad en la mirada que la dejó muda.
—No van a destruir a nadie, Emily. No lo voy a permitir.
— Victoria quiere destruirte, Alexander. ¿Por qué estás tan seguro de poder detenerla?
—Porque sé exactamente lo que busca —respondió él con voz grave y baja—. Victoria quiere forzarme a negociar una fusión con la firma de su familia. Quiere el control que mi abuelo nunca le dio. Pero se equivoca si piensa que voy a ceder.
— ¿Incluso si pone en riesgo nuestro acuerdo? —preguntó ella, sintiendo que el suelo bajo sus pies volvía a volverse inestable.
Alexander dio un paso hacia ella, acortando la distancia entre ambos. Por un instante, la barrera distante del hombre de negocios pareció agrietarse.
—Especialmente ahora. No voy a dejar que toque la galería ni que te arrastre a sus juegos de poder. Mañana mismo firmaremos el acta civil. Adelantaremos todo.
Emily lo miró sorprendida.
—¿Mañana?
—Sin filtraciones ni eventos masivos. Un acto legal privado con Henry como testigo. Una vez que el matrimonio sea oficial y esté inscrito en el registro, el consejo no podrá apelar el testamento de mi abuelo, sin importar los rumores que Victoria intente esparcir.
Emily contuvo el aliento. El plazo que parecía lejano acababa de reducirse a veinticuatro horas.
—Así que es esto... mañana seré oficialmente tu esposa.
Alexander sostuvo su mirada con firmeza, aunque su tono adquirió un matiz más suave y protector.
—Solo en el papel, Emily. Pero ante Victoria y el consejo, serás intocable. Confía en mí.
Esa noche, en la soledad de la suite de huéspedes del penthouse, Emily no pudo conciliar el sueño. Miró sus manos limpias de anillos, sabiendo que al día siguiente llevaría la alianza de un hombre al que apenas comenzaba a descifrar. Victoria había sembrado una amenaza real, pero la determinación de Alexander abría una interrogante aún mayor: ¿hasta dónde estaba dispuesta a llegar ella misma para proteger este pacto?
