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Capítulo 4: Secretos Bajo la Superficie

La mañana siguiente al anuncio de su compromiso, Emily despertó en su pequeño apartamento con la vaga sensación de haber atravesado un umbral sin retorno. Al encender la pantalla de su teléfono, se encontró con una cascada de notificaciones: la noticia de la futura boda entre el hermético magnate Alexander Blake y una desconocida pintora de la ciudad ya encabezaba las secciones de negocios y sociedad.

Un mensaje de Alexander destacaba entre las alertas: «El chofer te recogerá a las 9:30. Henry nos espera en Blake Enterprises con la redacción final del acuerdo».

Emily dejó escapar un largo suspiro. El mecanismo ya estaba en marcha.

Una hora más tarde, Emily se encontraba en la sala de juntas del piso 40. Sobre la gran mesa de cristal descansaba el documento oficializado. Al otro lado de la mesa, Henry Blackwood, el abogado personal de Alexander, ajustaba sus anteojos mientras repasaba las páginas donde se había incluido la cláusula de autonomía personal que Emily exigió el día anterior.

—Señorita Hartley —dijo Henry con tono formal pero amable—, las modificaciones solicitadas han sido blindadas. Sin embargo, por norma legal, debo confirmar: ¿comprende las responsabilidades e implicaciones financieras en caso de rescisión unilateral del contrato?

Emily miró fijamente el papel antes de alzar los ojos hacia Alexander, quien permanecía de pie junto al ventanal con los brazos cruzados, observándola con frialdad ejecutiva.

—¿Qué ocurre si alguna de las partes incumple los términos de confidencialidad o convivencia? —preguntó ella.

Henry señaló el apartado final:

—Si usted rompe el pacto de manera injustificada o filtra la naturaleza de esta unión, quedará obligada a reembolsar la liquidación de las deudas de la galería más una penalización por daños de imagen. Si el señor Blake incumple las cláusulas de autonomía o la indemnización estipulada, la liquidación de la deuda quedará exenta de cobro y se ejecutará una transferencia fiduciaria a su favor.

Emily tomó la estilográfica sobre la mesa. Sostuvo la mirada de Alexander por un par de segundos y estampó su firma. Cuando él hizo lo propio con trazos firmes y precisos, el crujido del papel selló el trato.

Al salir de la corporación, Alexander la invitó a almorzar a un reservado privado para repasar la agenda de las próximas semanas. Mientras el camarero servía los platos, Emily apenas probó bocado.

—¿Ocurre algo? —inquirió Alexander, notando su rigidez.

—Admiro tu capacidad para tratar esto como si fuera la compra de un inmueble —admitió Emily apoyando los codos en la mesa—. Para ti es solo estrategia corporativa. Para mí es construir una mentira frente al mundo.

Alexander dejó su copa de agua sobre la mesa.

—Emily, en el mundo de los negocios, la percepción es la realidad. No lo veas como una mentira; míralo como un escudo para proteger lo que a ambos nos importa.

Ella guardó silencio, preguntándose cuántas capas de coraza rodeaban a ese hombre.

Por la tarde, Emily buscó refugio en la Galería Hartley. Necesitaba el olor a óleo y la tranquilidad de su taller para recuperar la perspectiva. Sin embargo, al llegar a la entrada, se topó con un elegante sedán negro estacionado junto a la acera. Apoyada en la puerta del vehículo estaba Victoria Hayes.

Vestía un traje de sastre impecable y la miraba con una sonrisa ladina mientras sostenía una taza de café para llevar.

—Emily, qué grata coincidencia —dijo Victoria al verla acercarse.

—No creo que haya sido una coincidencia, Victoria —respondió Emily manteniendo la distancia—. ¿Qué haces aquí?

Victoria echó un vistazo condescendiente a la fachada de la galería.

—Solo tenía curiosidad por conocer el santuario de la mujer que logró lo imposible: llevar a Alexander Blake al altar en cuestión de semanas. Alexander ha estado muy hermético últimamente.

—Si tienes dudas sobre las decisiones de Alexander, deberías discutirlas directamente en su oficina —replicó Emily con firmeza.

La sonrisa de Victoria se volvió ligeramente agria, pero no perdió la postura.

—No seas tan afilada, querida. Solo quería darte un consejo de mujer a mujer. El universo de los Blake es peligroso para quienes no conocen sus reglas. Alexander no da un solo paso sin un cálculo fríamente ejecutado... y suele dejar víctimas en el camino.

—Sé cuidarme sola —cortó Emily.

Victoria dio un sorbo a su café y subió al vehículo sin perder la elegancia.

—Ya lo veremos —murmuró antes de que el chofer cerrara la puerta.

Esa misma noche, durante una cena de trabajo en el penthouse de Alexander —donde empezaban a trasladar algunas pertenencias de Emily para habilitar la suite de invitados—, ella decidió confrontarlo.

—Victoria estuvo esta tarde en la galería —dijo Emily sirviendo un poco de té.

Alexander no mostró sobresalto, pero la línea de sus hombros se tensó levemente.

—¿Te molestó?

—Me advirtió sobre ti. Dijo que todo lo que haces responde a un cálculo frío y que no te importa a quién te lleves por delante. ¿Por qué está tan obsesionada con nuestro compromiso?

Alexander se reclinó en el sofá de cuero italiano y dejó escapar un largo suspiro.

—Victoria representa a la junta de accionistas más conservadora. Durante años asumió que, si yo necesitaba casarme para conservar la empresa, la alianza natural era con la familia Hayes. Ella no busca mi afecto, Emily; busca el control del 51% de Blake Enterprises.

Emily se quedó en silencio, procesando la magnitud del juego de poder en el que se había introducido. Miró a Alexander a los ojos y hizo la pregunta que llevaba días guardándose:

—Tu abuelo... ¿por qué puso una cláusula tan específica en su testamento?

Alexander fijó la vista en el ventanal nocturno antes de responder.

—Mi abuelo era un hombre implacable. Construyó este imperio desde la nada a costa de destruir su propia vida personal. Sabía que yo heredé su misma adicción al trabajo y que jamás buscaría formar una familia por mi cuenta. Esta cláusula fue su último intento de obligarme a tener una vida fuera de estas cuatro paredes... o de arrebatarme el mando si demostraba no ser capaz de gestionar ambas cosas.

Emily percibió por primera vez la sombra de vulnerabilidad detrás de la armadura del multimillonario.

—Debe haber sido difícil crecer bajo su sombra.

Alexander la miró a los ojos, y la frialdad de su rostro se suavizó apenas un instante.

—Lo fue —admitió en voz baja.

Un silencio pesado pero extrañamente cálido se instaló entre ambos. Por un segundo, parecieron dejar de ser dos socios en un negocio para convertirse en dos personas comprendiéndose mutuamente.

Sin embargo, el momento se rompió abruptamente cuando el teléfono personal de Emily vibró sobre la mesa. Era un número desconocido. Al contestar, la voz inconfundible de Victoria resonó al otro lado de la línea:

—Emily, lamento la hora. Pero he encontrado algo en los registros contables recientes de la galería de tu madre que creo que deberías ver antes de la ceremonia civil de la próxima semana. Te espero mañana a primera hora.

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