Librería
Español
Capítulos
Ajuste

Capítulo 3 — Lo que la luz revela

Valle verde despertó ese día con una inquietud difícil de explicar.

No era visible a simple vista. Las calles seguían cubiertas de nieve, las tiendas abrían con normalidad y el aroma a pan caliente flotaba en el aire como cada mañana de diciembre. Sin embargo, algo se sentía distinto, como si el pueblo entero contuviera la respiración.

Adrián lo percibió desde el instante en que salió de la tienda de Lía.

Caminó sin rumbo fijo, con las manos en los bolsillos del abrigo y la mente enredada en pensamientos que no lograba ordenar. Las palabras de ella resonaban una y otra vez en su cabeza: las luces obligan a elegir.

—No es posible —murmuró—. Nada de esto lo es.

Se detuvo frente a la plaza central. El gran árbol navideño seguía allí, imponente, incluso a plena luz del día. Las luces estaban apagadas… excepto una.

Una sola chispa dorada brillaba entre las ramas.

Adrián sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—Eso no estaba así ayer —dijo en voz baja.

—Sí lo estaba.

La voz lo tomó por sorpresa. Se giró y encontró a Doña Mercedes apoyada en su bastón, observándolo con una atención que lo hizo sentirse desnudo.

—Las luces no se apagan del todo cuando ya han visto algo —continuó la anciana—. Solo esperan.

—¿Esperan qué? —preguntó él, a la defensiva.

Ella sonrió con una mezcla de ternura y tristeza.

—Que uno deje de mentirse.

Antes de que pudiera responder, Doña Mercedes se alejó lentamente, perdiéndose entre la gente. Adrián permaneció allí unos segundos más, mirando la luz solitaria en el árbol, hasta que decidió irse.

Regresó a la casa al mediodía.

Entrar fue como cruzar un umbral invisible. El aire era distinto, más denso, cargado de algo que no podía ver pero sí sentir. Cerró la puerta con cuidado y dejó las llaves sobre la mesa.

El reloj navideño seguía marcando la misma hora.

11:47.

—¿Por qué no avanzas? —le preguntó, como si esperara una respuesta.

Subió las escaleras y entró en el estudio. Abrió cajones, revisó estantes, buscó cualquier señal de que la carta de la mañana hubiera sido una broma cruel o una coincidencia absurda. No encontró nada… hasta que vio el reflejo.

La pequeña cadena con la luz en el centro estaba sobre el escritorio.

Adrián se quedó inmóvil.

—Yo no te dejé ahí.

La luz pulsó suavemente, como un latido.

—No —susurró—. No voy a aceptar esto.

La tomó entre los dedos. No estaba caliente ni fría, solo… viva. En cuanto la sostuvo, imágenes comenzaron a invadir su mente sin permiso.

La risa de su padre. El olor a pino natural. Una promesa hecha en voz baja, una Nochebuena. Y la decisión que lo llevó a irse sin mirar atrás.

Adrián soltó la cadena de golpe, respirando con dificultad.

—Basta —dijo—. Ya es suficiente.

Un golpe suave resonó en la planta baja.

Uno solo.

No como una llamada, sino como un aviso.

Bajó con cautela y abrió la puerta.

Lía estaba allí, con las mejillas enrojecidas por el frío y la mirada más seria de lo habitual.

—Sabía que algo pasaría hoy —dijo sin preámbulos—. ¿La viste, verdad?

Adrián asintió.

—No pedí esto.

—Nadie lo hace.

Entraron juntos. Lía se detuvo frente al reloj y lo observó con atención.

—Aún está detenido —murmuró—. Eso significa que todavía no decidiste.

—¿Decidir qué? —preguntó él, frustrado—. ¿Quedarme o irme? ¿Creer o no creer?

—Decidir si estás dispuesto a recordar —respondió ella—. De verdad.

Adrián la miró, sorprendido.

—¿Recordar qué?

Lía dudó un instante.

—Lo que perdiste… y lo que dejaste atrás para no sentir ese dolor.

El silencio se expandió entre ellos. Adrián notó lo cerca que estaba de ella, el leve temblor en sus manos, la forma en que sus ojos no lo juzgaban, solo lo comprendían.

—Si sigo —dijo—, esto va a doler.

—Sí —admitió Lía—. Pero huir también duele. Solo que lo hace más despacio.

Las luces de la casa parpadearon una vez.

Solo una.

Adrián cerró los ojos.

—Quédate hoy —dijo ella en voz baja—. Solo hoy. Déjale al pueblo una oportunidad.

Él la miró, y por primera vez desde que había regresado, no sintió el impulso inmediato de decir que no.

—Una noche —aceptó—. Nada más.

Lía sonrió apenas, como si supiera que esa promesa también estaba destinada a romperse.

Cuando ella se fue, Adrián se quedó solo en la casa. Tomó la cadena una vez más y la colgó alrededor de su cuello.

La luz brilló con más fuerza.

Y el reloj, por primera vez en años, emitió un leve clic.

La aguja avanzó un segundo.

Adrián lo observó, con el corazón acelerado.

Tal vez —solo tal vez— quedarse no era el verdadero riesgo.

Tal vez lo era seguir huyendo.

Descarga la aplicación ahora para recibir recompensas
Escanea el código QR para descargar la aplicación Hinovel.