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Capítulo 2 — El precio de quedarse

Adrián no durmió esa noche.

La casa crujía como si respirara, como si cada pared guardara una memoria que se negaba a permanecer en silencio. Permaneció sentado en el borde de la cama, completamente vestido, con la mirada fija en la ventana del segundo piso.

Desde allí podía ver parte de la calle principal.

Las luces seguían encendidas.

No parpadeaban. No titilaban. Simplemente, estaban ahí, firmes, demasiado conscientes para ser simples adornos.

Se pasó una mano por el rostro y soltó una risa breve, sin humor.

—Es estrés —murmuró—. Cansancio. Nada más.

Eso tenía sentido. Había manejado durante horas, había regresado a un lugar cargado de recuerdos y se había reencontrado con alguien que pertenecía a una versión de sí mismo que ya no existía. Cualquiera en su situación vería cosas donde no las había.

Aun así, no encendió la luz de la habitación.

No quería comprobar si algo más había decidido encenderse sin permiso.

Cuando el cielo empezó a aclarar, Adrián se rindió. Bajó a la cocina y preparó café con una cafetera vieja que encontró en uno de los gabinetes. El olor amargo llenó el espacio y, por un momento, lo ancló a algo real.

Mientras bebía el primer sorbo, notó un sobre apoyado en la mesa.

No recordaba haberlo visto la noche anterior.

El papel estaba amarillento, con su nombre escrito a mano en una caligrafía que reconoció al instante.

El corazón le dio un vuelco.

—No puede ser —susurró.

Abrió el sobre con cuidado, como si temiera que el simple gesto pudiera desatar algo. Dentro había una sola hoja.

Si estás leyendo esto, significa que volviste. Y si volviste en diciembre, significa que las luces ya te vieron.

Adrián dejó caer la carta sobre la mesa.

—Basta —dijo en voz alta—. Esto no es real.

Pero lo era. La tinta estaba corrida en algunos puntos, como si quien la hubiera escrito hubiera dudado, o llorado. Reconocía cada trazo, cada pausa invisible entre palabras.

No intentes huir otra vez. Esta casa no te dejará. El pueblo tampoco. Y las luces… menos.

No había firma.

No la necesitaba.

Salió de la casa sin terminar el café.

La mañana en Valle verde tenía un aire engañosamente tranquilo. Las tiendas abrían despacio, el panadero barría la entrada de su local y un grupo de niños corría por la plaza central, riendo como si el mundo fuera un lugar seguro.

Adrián caminó sin rumbo fijo hasta que se encontró frente a la pequeña tienda de decoraciones navideñas. Las mismas campanas en la entrada. El mismo olor a pino artificial y canela.

Y, detrás del mostrador, Lía.

Ella levantó la vista al escucharlo entrar y se quedó inmóvil.

—No pensé que volverías hoy —dijo.

—Yo tampoco —respondió él—. ¿Podemos hablar?

Lía asintió sin decir nada y colocó el letrero de cerrado en la puerta. Lo observó con atención, como si intentara descifrar algo en su expresión.

—No sueles quedarte cuando las luces se encienden —dijo finalmente.

—No suelo ver luces que no deberían existir.

—Nunca deberían existir —corrigió ella—. Pero existen.

Adrián apoyó las manos en el mostrador.

—Explícame —pidió—. Sin metáforas. Sin leyendas.

Lía suspiró y bajó la mirada.

—Valle verde no concede deseos —dijo—. Nunca lo ha hecho. Lo que hace es… empujar. Te obliga a mirar lo que evitas.

—Eso no explica nada.

—Lo explica todo.

Ella salió del mostrador y se acercó a la ventana. Afuera, una de las farolas parpadeó apenas.

—Las luces se encienden cuando alguien regresa con algo pendiente —continuó—. Una promesa rota. Una decisión no tomada. Un amor abandonado.

Adrián sintió un nudo en el estómago.

—¿Y el precio? —preguntó—. ¿Qué quisiste decir con eso?

Lía se giró hacia él.

—Que nada cambia sin que algo se pierda —respondió—. Las luces no quitan. Te obligan a elegir qué estás dispuesto a dejar atrás.

Un silencio espeso se instaló entre ellos.

—No me quedo —dijo Adrián al fin—. Vendo la casa y me voy.

Lía no sonrió.

—Eso mismo dijiste la última vez.

El comentario cayó como una piedra.

—No es lo mismo —replicó él.

—Lo es —dijo ella con suavidad—. Siempre lo es.

Adrián apartó la mirada. Por primera vez desde que había vuelto, sintió el cansancio real, profundo, de huir.

—Encontré una carta esta mañana —confesó.

Lía se tensó.

—¿Qué carta?

—Estaba en la cocina. Escrita… por alguien que no debería poder escribirla.

Ella cerró los ojos un segundo.

—Entonces ya empezaron de verdad —susurró.

—No hables como si esto fuera inevitable.

—Lo es —respondió—. Pero no significa que no puedas decidir cómo termina.

Adrián dio un paso atrás.

—No voy a jugar a esto.

—Nadie juega —dijo Lía—. Solo elige.

Afuera, las campanas de la iglesia comenzaron a sonar, aunque no era hora. Una tras otra, las luces de la calle se intensificaron, incluso bajo la claridad del día.

Adrián sintió la misma presión en el pecho que había sentido años atrás, justo antes de irse. La misma certeza incómoda de que algo importante estaba a punto de romperse… o de reconstruirse.

—¿Y si me voy hoy? —preguntó.

Lía lo miró con una mezcla de tristeza y determinación.

—Entonces las luces no te seguirán —dijo—. Pero lo que dejaste pendiente sí.

Él sostuvo su mirada.

Por primera vez, no supo qué hacer.

Y eso, más que las luces, fue lo que realmente lo asustó.

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