Capítulo 3
Les di una última oportunidad.
No sé por qué. Quizá porque mi abuela decía que no se cierra una puerta sin llamar una última vez.
Así que mi última noche me puse una camisa blanca limpia y entré en el comedor de mi familia por primera vez en cuatro meses.
Y esto fue lo que acabó conmigo.
Nuestra ama de llaves, Rosaria, me puso un plato delante y no se sorprendió. Ni un parpadeo. Ni un «ay, qué alegría verla, señorita Lucia». Como si que un fantasma bajara a cenar fuera un martes cualquiera en esta casa.
Mi padre entró hablando por teléfono. Mi madre entró cargando tres archivadores enormes. Mis hermanos llegaron discutiendo sobre flores, nada menos —peonías o rosas—, y de pronto los cinco se quedaron extrañamente callados.
Y sacaron los móviles.
Cinco hombres hechos y derechos en una misma mesa. Escribiéndose mensajes.
Porque me habían echado del grupo y ahora ni siquiera hablaban en voz alta cuando yo estaba delante.
Hablaban a mi alrededor. Por encima de mí. Puede que sobre mí.
Nunca conmigo.
Me comí hasta el último bocado. No sé por qué. Quizá quería poder decir que les había dado la hora entera.
En el minuto cincuenta y ocho, mi madre levantó la vista.
Directamente hacia mí. Un segundo entero. Sus ojos en mi cara.
Mi estúpido y hambriento corazón despegó del suelo.
Entonces dijo:
—Gio, dile a Marco que la casa del lago está reservada.
Y volvió a bajar la vista al archivador.
Me levanté antes del postre.
Nadie preguntó adónde iba.
Hice la maleta en nueve minutos. Todo lo que tengo cabe en una sola, porque una chica a la que han borrado aprende a viajar ligera.
Dejé tres cosas.
El collar de perlas de mi abuela, en el tocador de mi madre.
Mi anillo con el escudo familiar, en el escritorio de mi padre, justo encima de su libro de cuero.
Y una nota en la almohada de mi madre.
He esperado un año. No me busquéis. — L.
Después me subí al coche y conduje hacia el este.
Crucé la frontera de Indiana a las 00:14 del día en que cumplía veintidós años, y no lloré.
Casi quinientos kilómetros después, paré en una gasolinera de Ohio bajo una luz amarilla que zumbaba, e hice lo único que me había prometido no hacer.
Miré el móvil.
Cinco horas. Seguro que a esas alturas sí. Seguro que alguien había ido a la casita. Seguro que alguien había visto el anillo.
Ni un mensaje.
Ni un audio.
Cero llamadas perdidas.
Me reí hasta que me dolieron las costillas. Luego me reí hasta que me eché a llorar, con unos sollozos feísimos, la frente apoyada en el volante. Un camionero me dio unos golpecitos en la ventanilla y me preguntó si estaba bien, y le dije que nunca había estado mejor en mi vida.
Luego saqué la tarjeta SIM del móvil y tiré el teléfono a la papelera.
La SIM sí me la quedé. La metí en la cartera, detrás del carné de conducir.
No me preguntes por qué. Ya sabes por qué.
Porque una parte patética de mí todavía quería saber qué día se darían cuenta.
Conduje toda la noche. Vi salir el sol sobre Pensilvania con la voz de mi madre en la cabeza, de cuando yo era pequeña: «Lucia, eres lo mejor que he hecho nunca».
Mentirosa, pensé. Mentirosa, mentirosa, mentirosa.
En una cafetería de carretera a las afueras de Harrisburg pedí tortitas por mi cumpleaños y la camarera les clavó una vela sin que se lo pidiera, porque supongo que tenía pinta de necesitarla.
—Pide un deseo, cariño —me dijo.
Cerré los ojos.
Ojalá alguien me buscara.
Luego los abrí y la soplé, porque tenía veintidós años y ya sabía cómo funcionaban las cosas.
En algún lugar a mis espaldas, en una casa con veintidós ventanas encendidas, mi familia se fue a dormir sin darse las buenas noches.
A la mañana siguiente no se fijaron en la silla vacía.
Ni a la otra.
Tardaron once días.
El undécimo día, mi madre cruzó el césped hasta mi casita con una caja de zapatos en las manos, abrió la puerta y se encontró un colchón desnudo y una estufa fría.
El jardinero me contó después que el sonido que hizo puso a correr a todos los guardias de la finca.
Gritaba mi nombre.
Yo ya estaba a seiscientos kilómetros, plantada delante de una torre de cristal en Manhattan, sin tener ni idea de que el motivo por el que mi familia me había destrozado era lo único que me había mantenido con vida.