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Capítulo 3

Les di una última oportunidad.

Mi abuela decía que hay que llamar a una puerta una vez más antes de cerrarla para siempre.

Así que mi última noche me puse una camisa blanca limpia y entré en el comedor de la casa de la manada por primera vez en cuatro meses.

Y esto fue lo que acabó conmigo.

Nuestra cocinera me puso un plato delante y ni siquiera se sorprendió. Ni un parpadeo. Como si que un fantasma se presentara a cenar fuera un martes cualquiera.

Entró mi padre. Mi madre llegó cargada con un montón de carpetas gordas. Mis hermanos entraron discutiendo sobre farolillos, nada menos. Plateados o dorados.

Y entonces los tres se callaron a la vez.

Se les vidriaron los ojos.

El vínculo de la manada.

Estaban hablando dentro de sus cabezas. Delante de mí. Cinco lobos en una mesa, riéndose y asintiendo a palabras que yo no podía oír.

Porque me habían dejado fuera. Y ahora ni siquiera hablaban en voz alta cuando yo estaba en la habitación.

Hablaban a mi alrededor. Por encima de mí. Puede que sobre mí.

Nunca conmigo.

Me comí hasta el último bocado del plato. Quería poder decir que les había dado la hora entera.

En el minuto cincuenta y ocho, mi madre levantó la vista.

Directamente hacia mí. Un segundo entero.

Mi estúpido corazón, muerto de hambre, despegó del suelo.

Entonces dijo:

—Wyatt, dile a tu padre que el refugio del lago está listo.

Y volvió a su carpeta.

Me levanté antes del postre.

Nadie me preguntó adónde iba.

Hice la maleta en nueve minutos. Todo lo que tenía cabía en una bolsa de deporte. Una chica a la que han borrado aprende a viajar ligera.

Dejé tres cosas.

El collar de piedra de luna de mi abuela, en el tocador de mi madre.

Mi anillo de la manada, en el escritorio de mi padre, justo encima de su libro de cuero.

Y una nota en la almohada de mi madre.

He esperado un año. No me busquéis. — N.

Después conduje hacia el sur.

A las 00:14 crucé la frontera exterior del territorio Ridgeback, el día de mi decimonoveno cumpleaños.

Y lo sentí.

Un hilo finísimo dentro del pecho. El último pedacito de vínculo de manada que no habían podido bloquear. Lo que hace que un lobo sea un lobo, incluso un lobo sin lobo.

Se rompió.

No dolió como el rechazo de Caleb. Fue más silencioso. Fue como una puerta que se cierra despacio en una casa donde no hay nadie.

Me eché al arcén de la autopista y apoyé la frente en el volante.

No lloré.

Mentira. Lloré tanto que un camionero me dio unos golpecitos en la ventanilla para ver si estaba bien.

—Mejor que nunca —le dije.

Luego miré el móvil. Habían pasado cinco horas. Seguro que a estas alturas alguien había ido a la cabaña. Seguro que alguien había visto el anillo.

Ni mensajes. Ni llamadas. Nada.

Me reí hasta que me dolieron las costillas.

Saqué la tarjeta SIM, tiré el móvil a una papelera de una gasolinera y guardé la tarjeta en la cartera, detrás del carné de conducir.

No me preguntéis por qué me la quedé. Ya lo sabéis.

Una parte patética de mí todavía quería saber qué día se darían cuenta.

En un diner de Wyoming pedí tortitas por mi cumpleaños. La camarera les clavó una vela sin que se lo pidiera. Supongo que tenía pinta de necesitarla.

—Pide un deseo, cielo.

Cerré los ojos.

Ojalá alguien venga a buscarme.

Luego la soplé. Ya tenía diecinueve años y sabía que no.

A mis espaldas, en una casa con treinta ventanas iluminadas, mi familia se fue a dormir sin darme las buenas noches.

A la mañana siguiente, nadie se fijó en mi silla vacía.

Ni a la otra.

Tardaron nueve días.

El noveno día, mi madre cruzó el prado hasta mi cabaña con una cajita envuelta en las manos. Abrió la puerta y se encontró un colchón desnudo y una estufa fría.

Los guardias me contaron después que el sonido que hizo no era humano.

Se transformó allí mismo, en el porche. Se quedó en los escalones aullando mi nombre hacia los pinos hasta que todos los lobos de Ridgeback llegaron corriendo.

Yo ya estaba a mil kilómetros. Delante de las puertas plateadas de la Corte de la Luna.

Y no tenía ni idea de que el motivo por el que mi familia me había destrozado era lo único que me mantenía con vida.
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