Capítulo 2
Os voy a contar cómo desaparece una chica en una casa llena de lobos.
Poco a poco. Y luego, de golpe.
El primer mes, todavía luché.
Pillé a mi madre a la salida de su invernadero y puse voz ligera.
—Mamá. ¿Hacemos nuestra carrera del sábado? Solo nosotras. El sendero del arroyo y luego tortitas.
Desde que yo tenía seis años, los sábados eran nuestros. Aunque yo no pudiera transformarme, ella corría a mi lado en forma humana, riéndose. Lo apuntaba todo sobre mí en unas libretitas. Mis colores favoritos. Mis canciones. Mis opiniones absurdas. Por eso sabía que odio el rosa.
—Estoy ocupada —dijo, y se marchó.
Se lo pedí once veces en tres meses. Llevaba la cuenta en el móvil, porque soy de esas rotas que guardan las pruebas.
Después dejó de contestar directamente.
El segundo mes, me rendí con mis hermanos.
Wyatt dijo: «Ahora no». Jesse dijo: «Patrulla, enana». Y Cole, el que me enseñó a dar un puñetazo, el que me dejaba dormir en el suelo de su cuarto cuando había tormenta hasta los doce años, me puso las dos manos en los hombros y me apartó de una puerta como si fuera un mueble.
El tercer mes, el maestro de entrenamiento de la manada dejó de darme clase.
—Órdenes, señorita Blackwood —murmuró mirándose las botas.
Señorita Blackwood. Llevaba llamándome Cachorra desde que yo tenía cinco años.
El cuarto mes, me fui de casa.
En el límite de nuestro territorio hay una vieja cabaña de guardabosques. Una habitación, una estufa de leña y una ventana que da a nada más que pinos. La barrí, arrastré un colchón hasta dentro y me llevé un hervidor que nadie iba a echar de menos.
—A ver cuánto tardan en darse cuenta —le dije a la habitación vacía.
Spoiler: viví allí ocho meses.
Nadie se dio cuenta de que mi armario se vaciaba, camiseta a camiseta.
Me volví muy buena siendo invisible. Nadie te avisa de que también es una herida.
La noche en que por fin me rompí fue el banquete de cumpleaños de mi padre.
Me puse mi mejor vestido. Me senté a la mesa larga. Mi padre levantó la copa y dijo:
—Por mis hijos. Mi sangre.
Y nombró a tres.
Wyatt. Jesse. Cole.
La cuarta silla estaba ocupada. La cuarta hija tenía un tenedor en la mano.
Salí afuera y vomité en los rosales de mi madre.
Esa fue la noche en que abrí el Libro de la Manada.
Todos los Alfas tienen uno. De cuero, más antiguo que la propia casa, guardado bajo llave en su despacho. La vida entera de cada cachorro está escrita ahí, de puño y letra del Alfa.
Me sabía la combinación desde los diez años. El cumpleaños de mi madre. Cómo no.
Mi página estaba casi al final. Última anotación, con la letra de mi padre, fechada la noche de mi rechazo.
N. Cumple 18. Vínculo rechazado por Thorne. Retirada del vínculo. Sin más medidas.
Eso era todo.
No «es lista». No «sacó matrícula en todos los exámenes». No «nuestra hija quedó destrozada delante de toda la manada y no hicimos nada».
Sin más medidas.
Me quedé sentada en el suelo del despacho de mi padre, sosteniendo esas palabras. Y por fin lo entendí. Ya no era una hija. Era una línea en un libro.
—¿De verdad os importo tan poco? —susurré.
Nadie contestó. Hacía meses que nadie contestaba.
Así que volví a mi cabaña, abrí el portátil y tecleé un nombre que los lobos solo pronuncian en voz baja.
La Corte de la Luna.
Todas las manadas de Norteamérica rinden cuentas al Consejo Alfa. Y el Consejo rinde cuentas a un solo hombre.
Dorian Vale. El Rey Licántropo. Veintiocho años. Dicen que nunca ha perdido una pelea y que su lobo es del tamaño de un camión. Cuando dos manadas están a punto de declararse la guerra, sus Guardianes entran y salen con la paz en lugar de con funerales.
Doce reclutas al año. Pruebas anónimas. Y jamás, jamás aceptan a chicas sin loba.
Así que no se lo dije.
Presenté la solicitud con el apellido de soltera de mi abuela. N. Wilde.
Pasé once noches en vela haciendo sus pruebas. Ley de manadas. Memoria. Rastreo. Decisiones imposibles sobre qué lobo vive.
Luego le di a enviar y esperé a que me rechazaran. Otra vez.
Once días después, llegó el sobre negro.
No se lo cuente a nadie.
Me reí en voz alta en mi cabaña vacía.
¿A quién exactamente creían que me quedaba para contárselo?