
Sinopsis
Bajo el mismo techo y con el corazón lleno de cicatrices, Lía solo quería pasar desapercibida en la universidad. Pero cuando un trato inocente la mete en el círculo de Gael —el chico silencioso que parece verlo todo— y la vida nocturna del campus la empuja al límite, su mundo empieza a arder. La calma dura poco: la ex de Gael vuelve para marcar territorio, dispuesta a humillarla y reclamar lo que cree suyo. Entre tutorías, fiestas y secretos, Lía tendrá que elegir: esconderse otra vez… o pelear por el lugar que por fin siente que merece.
Capítulo 1
Sus labios recorren mi cuello, provocándome escalofríos por todas partes.
—Me encanta mirarte —susurra, apartando el pelo de mis hombros —¿Me dejarás?
Mi corazón salvaje busca el suyo.
—Sí.
Por un largo instante, solo siento su mirada.
Luego, sus manos.
Recorren mi columna mientras sus labios encuentran mi garganta.
Me recuesto en sus palmas, cerrando los ojos.
Me besa entre los pechos, luego a través de ellos, girando la lengua y besando, siempre besando.
Me extiende los brazos para besarlos, hasta las muñecas...
hasta atrás.
Me inyecta cariño en la piel, me inyecta confianza en las venas.
Luego me pone boca arriba y lo hace todo de nuevo.
Algunos niños crecen con miedo a la oscuridad, pero yo crecí con miedo a los escalones, de día o de noche.
Ahora llevo pantalones de chándal y algunas sombras en mi bolsa de deporte a la biblioteca del campus.
Aunque me gusta estar aquí.
Por ejemplo, grabado en la mesa bajo mi codo:
No te enamores, tírate de un puente.
Dolerá mucho menos, joder.
Con una risita, doy otro sorbo de mi bebida energética a través de la pajita antes de esconderla entre mis muslos.
Vega suspira.
—¿Es ese otro Kick Energy?
—La buena y vieja leche —miento, garabateando otro remolino entre las líneas de mi papel.
—Te vas a reventar el corazón, Maialen.
Es demasiada cafeína, nenas.
—Vega es una chica rubia menuda de ojos azules, y huele a azúcar y a ambición premédica.
Recoge sus cuadernos rosas y los aprieta contra su pecho, balanceándose sobre sus tacones.
—¡Tengo una cita!
Bostezo, estirando mis brazos sobre mi cabeza, ofreciéndole dos pulgares hacia arriba.
—Usa protección.
—Eres muy raro.
Que no te pillen.
—Señala con la cabeza el cementerio de latas de Kick en la bolsa del gimnasio, a mis pies.
La despido con un gesto.
—Si no regresas a medianoche, ¿debería llamar a la policía o agarrar un bate de béisbol y comenzar a sondear las fiestas de fraternidades?
Mientras Vega camina hacia atrás, mueve las cejas.
—Sorpréndeme.
Paso una mano por mi cara, luego una sombra cae sobre mi maraña de notas garabateadas.
Un chico.
Cabello castaño rojizo, labios gruesos, pómulos prominentes, nariz y mejillas pecosas.
Y huele a colonia.
¿Existen?
Probablemente.
Me doy cuenta al instante de cada detalle caótico de mi apariencia, desde los rizos encrespados bajo la capucha hasta el olor de mi ropa.
No tuve tiempo de ducharme después de entrenar hoy.
Bueno, vale, no quería.
—Hola.
—La voz de este chico es suave y segura, con un toque de curiosidad.
Sus ojos son de color marrón verdoso, profundos y bonitos, enmarcados por pestañas doradas.
Lo llamo Pecas hasta nuevo aviso, ya que no parece que vaya a irse.
Pecas me señala el pecho y dice: “ Tu suéter me llamó la atención.
Quería saber dónde lo conseguiste ”.
Lo saco y lo inspecciono.
La cara de Billy Idol me mira al revés.
—Tienda de segunda mano Kits en el centro.
—Ah, qué sitio tan chulo.
¿Qué te pasó en la nariz?
—pregunta—.
Tienes el tabique desviado.
Mis dedos se extienden para tocarlo.
Está torcido a la derecha.
Tiene razón: no puedo respirar por la fosa nasal derecha.
—Perdón —sonríe levemente—.
Soy premédico.
Eso también me llamó la atención.
—Jugué al rugby en el instituto —le digo a Pecosa—.
Una chica me dio un codazo.
Fue...
divertido.
Pecas lo acepta.
—Mira, Madison es mi compañera de laboratorio de anatomía.
La invité a salir hoy, pero dijo que ya tenía una cita.
Y entonces la veo aquí, estudiando contigo.
Y pienso...
—Sonríe—.
Quizás el destino me esté dando otra oportunidad.
—¿Quién carajo eres tú?
—digo de golpe.
Saca una mano grande y suave salpicada de pecas.
—Soy Dante.
—Mai —digo, estrechándole la mano.
Me agarra con firmeza y le devuelvo la mía.
Tengo las manos ásperas y llenas de callos.
Las uñas mordidas.
La piel seca.
Las palmas sudorosas como las de un niño de 10 años, que no lo soy.
Dante mira por encima del hombro.
Hay otro tipo de espaldas a nosotros con un suéter negro y la capucha levantada.
Me pregunto si será tan raro como Pecas.
Probablemente.
Raros, cúmulos.
Dante se da la vuelta.
—Madison es un poco intimidante, ¿eh?
Odia que la llamen Madison.
Para que lo sepas, Pecosa.
Mete la mano en el bolsillo debajo de la mesa y regresa con un puñado de monedas y envoltorios de chicles, sacando un recibo arrugado.
Luego me quita el bolígrafo de la mano y empieza a escribir.
—No la llames Madison —murmura en voz baja.
Me mira expectante.
Finalmente me quito la capucha de la cabeza.
—Sólo Vega.
Mientras ese amigo se acerca por encima del hombro de Dante, me recuesto en mi silla, tratando de poner algo de distancia entre mí y el recién llegado sin que sea obvio.
Este tipo, al que llamaré Sudadera con Capucha, se alza sobre nosotros, con el rostro oculto.
Mira fijamente a Dante, esperando.
Cuando habla, su voz es sorprendentemente suave, profunda y...
agradable.
Estoy cansado.
Tengo hambre.
Quiero irme.
Y por alguna razón me río tapándome la boca.
Sudadera resopla y se sienta, la silla raspando el suelo.
Se oye un ruido fuerte en el silencio de la biblioteca.
Luego se quita la capucha del suéter.
Todo el humor muere en mi garganta cuando su mirada se posa en la mía.
Ojos marrones iluminados por la luz del atardecer a mi espalda, dorados como la resina de un árbol, claros como el cristal marino perfectamente desgastado.
Piel bronceada por el sol.
Su cabello, oscuro y desgreñado, cae de una forma que sugiere que quizá no tenga peine, pero de todas formas no lo necesita.
Luego está la cicatriz, una línea marcada que le cruza la ceja derecha, deslizándose sobre un ojo y una mejilla.
Guapo no lo describe; es como un testimonio viviente de haber sobrevivido a una tormenta.
Alto, fuerte, con un aire que dice haber visto y sabido de todo.
¿Intimida?
Claro que sí, de esos que tienen poder de atracción.
Pero esos ojos, oro fundido alrededor de dos agujeros negros, me tienen atrapado.
Respirar es una idea de último momento.
El universo me reta a apartar la mirada primero.
Normalmente, lo haría.
Esta vez no.
La voz de Dante se oye a kilómetros de distancia: —¿Estás bien, Mai?
Respiro profundamente, de la manera más grande y vergonzosa que he respirado jamás, y me encojo de hombros con la mayor indiferencia posible.
—Mirada de cafeína —digo, levantando mi lata al borde de la mesa para mostrársela mientras me llevo un dedo a los labios—.
No se lo digas.
Mis ojos se atreven a volver a Hoodie (ahora lo llamaré Scarface), que parece divertido, con una pequeña sonrisa en la comisura de su boca.
¡Qué ojos tan bonitos!
—Me alegra que te gusten —dice Scarface con esa voz baja y suave.
Me tapé la boca con la mano, horrorizado.
Era un pensamiento interno.
La sonrisa burlona de Scarface se transforma en una media sonrisa.
Transforma su rostro, suaviza las líneas marcadas de su cicatriz y, por un instante, no veo nada más.
—Sobre Madison —dice Dante, aclarándose la garganta.
A regañadientes cambio la mirada.
—Vega —lo corrijo—.
¿Eres lenta?
—La conoces mejor que yo.
Eres genial, quizá podríamos ser amigas.
—Dante nos señala—.
Y yo también podría ser amiga de Vega.
¿Genial?
Eso es bastante halagador.
Le doy un largo trago a mi bebida, la escondo debajo de la mesa y suspiro.
—¿Qué te hace pensar que te ayudaría, Pecosa?
Quizás te saboteé.
Estoy bromeando.
—¿Por favor, no?
Quiero salir con ella.
Es que...
no sé qué hacer para que acepte.
¿No soy su tipo o algo así?
Y justo cuando pensó que ya estaba a salvo, no soy su tipo o algo así…