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8 | El laberinto de Moore

El piano era un ataúd abierto y las teclas, dientes de marfil esperando para triturar su mentira. Lauren sentía el sudor frío resbalando por su nuca mientras Alexander permanecía de pie, como una estatua de mármol negro, esperando una melodía que ella no poseía. Sus manos flotaban sobre el teclado, vacías, muertas. El silencio se dilataba de forma insoportable, cargado con el veneno de la sonrisa de Malcom Burke, quien disfrutaba del espectáculo desde la sombra.

Estaba a un segundo de la caída. A un suspiro de que Alexander le arrancara la máscara.

—¿Y bien, Rebecca? —la voz de Alexander era un susurro gélido—. ¿Se ha borrado también nuestro aniversario de tu memoria?

Lauren abrió la boca, el aire se negaba a entrar, cuando un alarido desgarrador rasgó la paz de la mansión. Venía de la planta baja, de la zona de servicio.

—¡Señor Rosewood! ¡Señor, por favor, venga rápido! —era el grito de Marta, la criada más antigua, cuya voz vibraba con un terror genuino.

Alexander se tensó. El instinto de protección del dueño de la casa superó, por un instante, su sed de verdad. Giró sobre sus talones y salió del salón con zancadas largas. Lauren no lo pensó; se levantó del banco del piano, sintiendo que sus piernas eran de papel, y corrió tras él. No era curiosidad, era el instinto de supervivencia. Marta estaba en el comedor diario, señalando con el dedo tembloroso un óleo de la familia Moore que colgaba torcido.

—Estaba limpiando el polvo tras el marco y… y esto cayó, señor. No debería estar ahí.

En el suelo, un pequeño sobre amarillento, lacrado con una "R" que Lauren reconoció de inmediato, parecía palpitar bajo la luz de las lámparas. Era la caligrafía de su hermana. Una nota de la verdadera Rebecca.

Tengo que llegar antes que él, pensó Lauren, lanzándose hacia adelante. Si Alexander leía eso, si Rebecca confesaba algo que Lauren no sabía, la farsa terminaría en ese mismo comedor.

Pero alguien fue más rápido. Una mano de dedos largos y fríos se cerró sobre el sobre justo antes de que los dedos de Lauren pudieran rozarlo. Malcom Burke se incorporó, sacudiendo el polvo del papel con una elegancia que resultaba insultante. Alexander se detuvo a dos pasos, con los ojos inyectados en sospecha.

—Entrégame eso, Burke —ordenó Alexander, extendiendo la mano con una autoridad que no admitía réplicas.

Malcom miró el sobre, luego miró a Lauren. Una chispa de malicia pura cruzó sus ojos.

—Es una nota personal, Rosewood. Parece dirigida a tu esposa. Quizás deberíamos darle privacidad —Malcom dio un paso hacia Lauren y, antes de que Alexander pudiera reaccionar, se lo puso en la mano, pero no lo soltó. Se inclinó hacia ella, lo suficiente para que solo ella pudiera oler el tabaco de su aliento.

—Es un mapa —le susurró Malcom al oído, tan bajo que Alexander solo vio un murmullo—. Un mapa hacia una caja de seguridad que tu hermana dejó atrás.

Lauren tiró del papel, pero Malcom lo mantuvo firme.

—Hagamos un trato, impostora —continuó el susurro—. Consígueme la llave que Alexander lleva siempre colgada al cuello. La llave de plata que nunca se quita. Tráemela mañana y destruiré las pruebas de ADN frente a tus ojos. Si no… bueno, ya sabes cómo termina esta canción.

Malcom soltó el sobre. Lauren lo apretó contra su pecho, sintiendo que el papel le quemaba la piel. Alexander la observaba con una fijeza insoportable, sus fosas nasales dilatadas.

—¿Qué dice? —preguntó él, su voz vibrando con una advertencia latente.

—Nada… —mintió Lauren, sintiendo que la garganta se le cerraba—. Son solo… remordimientos. Tonterías de la Rebecca que se fue.

Alexander no pareció creerle, pero no la obligó a mostrarlo frente al servicio. Dio media vuelta y se retiró al despacho, dejando a Lauren sola en el pasillo, con un mapa al infierno en las manos y la orden de robarle al hombre que, apenas una hora antes, la había abrazado con una ternura que ella empezaba a desear desesperadamente.

La noche en la mansión era un mausoleo de sombras. Lauren permanecía en la oscuridad de su habitación compartida, escuchando la respiración acompasada de Alexander desde el otro lado de la cama. El mapa de Rebecca estaba escondido bajo su almohada, pero sus pensamientos estaban fijos en el pecho del hombre que dormía a su lado.

Bajo la seda de su pijama, Alexander llevaba una cadena de plata fina. La llave. Malcom la quería, y Lauren sabía que, sin ella, el chantaje nunca terminaría.

Se deslizó por las sábanas con la agilidad de un espectro. El corazón le latía tan fuerte que temía que él pudiera despertarse solo por el sonido. Se arrodilló sobre el colchón, inclinándose sobre el torso de Alexander. La luz de la luna bañaba su rostro, suavizando las líneas de dureza que siempre llevaba marcadas. Parecía casi pacífico. Casi humano.

Sus dedos temblorosos se acercaron al cierre de la cadena. Podía sentir el calor que emanaba de su piel, el olor a bosque y a noche que era tan suyo. Sus dedos rozaron el metal frío. Un milímetro más. Solo un movimiento rápido y…

De repente, una mano cálida y fuerte se cerró sobre su muñeca con la rapidez de una trampa.

Lauren soltó un ahogo de terror. Alexander abrió los ojos. No había rastro de sueño en ellos. Estaba completamente lúcido, observándola desde la penumbra con una mirada que no era de ira, sino de una tristeza devastadora.

—¿Es esto lo que buscas? —preguntó él, su voz ronca por la noche.

Él no soltó su muñeca. Al contrario, tiró de ella suavemente, obligándola a caer sobre su pecho. Lauren quedó atrapada contra él, sintiendo el latido rítmico de su corazón contra su propia palma.

—Alexander, yo… —intentó balbucear, pero él le puso un dedo sobre los labios.

—Sé que estás buscando algo —murmuró él, acercando su rostro al de ella—. Sé que me mientes cada vez que respiras. Sé que esa nota en el comedor no eran remordimientos.

Él le soltó la muñeca, pero solo para rodearle la cintura y atraerla más cerca, eliminando cualquier espacio entre sus cuerpos. Su mano subió por la espalda de Lauren, quemando la seda de su camisón.

—Pero también sé que cuando te beso, tu pulso no miente. Y cuando tocas ese piano, no es a Rebecca a quien escucho —Alexander se incorporó un poco, quedando a escasos centímetros de su boca. Sus ojos brillaban con un deseo que parecía una herida abierta—. Si quieres la llave de mi vida, Lauren… no tienes que robarla. No tienes que arrastrarte en la oscuridad.

Lauren se quedó sin aire al oír su nombre real. ¿Lo sabía? ¿O era solo un eco del sueño que él había mencionado antes?

—Solo tienes que ser honesta una vez —susurró él, su mano acariciándole la nuca con una suavidad que la hacía querer llorar—. Dime la verdad. Dime quién eres y por qué estás aquí, y te daré todo lo que poseo. Incluso lo que Malcom te obliga a buscar.

Lauren sintió que el mundo se detenía. Estaba allí, en el precipicio. La confesión estaba en la punta de su lengua, el deseo de dejar de huir, de refugiarse en esos brazos que, por primera vez, se sentían como un hogar y no como una celda.

—Alexander —susurró ella, las lágrimas nublando su vista—. La verdad es que…

WRAAA-WRAAA-WRAAA.

Un estruendo electrónico desgarró la atmósfera. La alarma de seguridad de la mansión estalló, inundando la habitación con una luz roja intermitente. El hechizo se rompió como un cristal golpeado por una piedra.

Alexander se puso en pie de un salto, su rostro recuperando la máscara de hierro en un parpadeo. Agarró su arma del cajón de la mesilla de noche mientras Lauren se cubría con una manta, temblando.

—Quédate aquí —ordenó él, su voz volviendo a ser la del CEO implacable—. Alguien ha forzado la habitación de seguridad de la planta baja.

Salió de la habitación sin mirar atrás. Lauren se quedó sola en la oscuridad teñida de rojo, con el secreto atragantado en la garganta y la sospecha aterradora de que el intruso no venía a robar dinero, sino a reclamar lo que ella estaba intentando enterrar.

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