7 | La música de las sombras
El mundo se detuvo en el reflejo de la pantalla del teléfono. El nombre de Malcom Burke parpadeaba como una señal de advertencia, una bomba de tiempo que vibraba contra la madera noble del escritorio. Alexander extendió la mano, sus dedos rozando casi el cristal del dispositivo. Lauren sentía el microchip contra su encía, un trozo de metal frío que sabía a sangre y a traición. Si él contestaba, si Malcom decía una sola palabra sobre el encuentro en el jardín, el frágil puente que Alexander había tendido hacia ella se derrumbaría en cenizas.
Tenía que romper el hechizo. Tenía que destruir el silencio.
Sus dedos buscaron ciegamente por la superficie del escritorio hasta que tropezaron con la pesada jarra de cristal que contenía agua helada. Con un movimiento brusco, fingiendo un temblor que no era del todo falso, Lauren la empujó hacia el vacío.
El estruendo fue ensordecedor. El cristal estalló en mil esquirlas brillantes que se esparcieron por la alfombra persa, y el agua se derramó como un mar en miniatura. Alexander retiró la mano del teléfono, sobresaltado, justo antes de presionar la tecla de aceptar.
—¡Oh, Dios! Lo siento… yo… lo siento —exclamó Lauren.
Abrió la boca para hablar, dejando que el chip cayera discretamente sobre su palma mientras se agachaba de inmediato. El teléfono dejó de vibrar, pero ella sabía que Malcom no se rendiría fácilmente. Alexander suspiró, la tensión de su rostro transformándose en una mezcla de frustración y cansancio.
—Déjalo, llamaré a alguien de limpieza —dijo él, pero Lauren ya estaba de rodillas, recogiendo trozos de cristal con una urgencia maníaca.
—No, no, es mi culpa. Déjame a mí.
Sus dedos se movieron con una precisión quirúrgica entre los vidrios rotos. En un segundo, sus ojos localizaron un gran jarrón de cerámica china que adornaba la esquina del despacho. Con un movimiento rápido, como un truco de magia desesperado, deslizó el microchip en la ranura decorativa de la base del jarrón. A salvo. Por ahora.
Alexander se agachó para ayudarla, pero se detuvo a mitad de camino. Sus ojos se fijaron en las manos de Lauren. Ella sostenía un trozo afilado de cristal, moviéndolo entre sus dedos con una agilidad natural mientras lo depositaba en una bandeja de plata.
Alexander le sujetó las muñecas. Sus manos eran grandes, cálidas y, en ese momento, extrañamente opresivas.
—No tienes ni un rasguño —murmuró él, inspeccionando sus palmas con una fijeza que le heló la sangre—. Rebecca, tú siempre fuiste… diferente. Si hubiera un solo vaso roto en una habitación de diez metros, tú encontrarías la forma de cortarte. Te dabas miedo a ti misma. Eras la mujer más torpe que he conocido.
Lauren tragó saliva, sintiendo que su piel ardía bajo el contacto. La Rebecca real era una criatura de porcelana, siempre herida, siempre necesitando que alguien le vendara los dedos. Lauren, en cambio, había pasado años cuidando sus manos como si fueran su único tesoro. Eran manos de pianista. Manos precisas.
—He cambiado, Alexander —susurró ella, intentando retirar las manos—. La soledad te enseña a no romperte.
—O te enseña a ocultar quién eres realmente —respondió él, su mirada volviéndose un laberinto de sospechas—. Estás demasiado tensa. Tus nervios están a punto de estallar y eso me pone nervioso a mí.
Él la levantó del suelo casi sin esfuerzo. Sus pies todavía estaban húmedos, su camisón pegado al cuerpo. Alexander la condujo fuera del despacho, pero no hacia la habitación, sino hacia el gran salón de la planta baja, donde un piano de cola Steinway descansaba bajo la luz de la luna que se filtraba por los ventanales.
—Toca —ordenó Alexander.
Lauren se quedó petrificada frente al instrumento. El piano era su amante, su hogar, su refugio. Pero para Rebecca, ese objeto era un mueble molesto.
—No estoy de humor, Alexander. Es tarde.
—Toca —repitió él, sentándose en un sillón cercano, sumido en las sombras—. Siempre decías que odiabas este piano porque te recordaba a las clases que tu madre te obligaba a tomar y que abandonaste a los seis años porque no podías distinguir una corchea de una mancha de café. Pero hoy… hoy parece que tus manos tienen memoria. Calma tus nervios. Toca para mí.
Lauren se sentó en el banco de cuero. Sus dedos acariciaron el marfil de las teclas con una reverencia involuntaria. Sabía que debía fallar. Sabía que debía tocar notas discordantes, escalas torpes, ruidos que ofendieran el oído de un hombre tan refinado como Alexander.
Pero la música vivía en sus venas. Y después de la noche de terror, del frío del jardín y del miedo a Malcom, su alma necesitaba gritar.
Sus dedos descendieron.
Empezó con el Estudio Op. 10, No. 12 de Chopin, el "Revolucionario". La música estalló en el salón como una tormenta de fuego. Era una pieza de una complejidad técnica brutal, un torbellino de notas en la mano izquierda y acordes heroicos en la derecha. Lauren cerró los ojos y se dejó ir. Ya no estaba en la mansión Rosewood; estaba en el escenario de sus sueños, donde el dolor se transformaba en arte.
Alexander se levantó del sillón, moviéndose con la lentitud de un depredador que acaba de descubrir que su presa no es lo que pensaba. Se acercó al piano, su sombra alargándose sobre el teclado. Lauren terminó el último acorde, el eco vibrando en las cuerdas del Steinway. El silencio que siguió fue más ruidoso que la música.
—Increíble —dijo Alexander, su voz ronca de incredulidad—. Rebecca Moore no sabía ni dónde estaba el Do central. Me dijiste mil veces que el piano era un instrumento para gente aburrida. ¿De dónde ha salido esto?
Lauren se obligó a soltar una risa nerviosa, aunque su corazón quería saltar de su pecho.
—Te lo dije antes, Alexander… la soledad. Cuando me fui, cuando estuve sola en aquellos hoteles grises… encontré un piano en un vestíbulo. Empecé a tomar clases en secreto. Fue mi única forma de lidiar con el silencio. Practicaba horas, hasta que me sangraban los dedos. Quería ser alguien que pudieras admirar si alguna vez volvía.
Él la miró con una intensidad que parecía querer perforar su cráneo. Parecía querer creerle. Había una chispa de esperanza en sus ojos, una sed de que su esposa realmente hubiera evolucionado.
—Vaya, qué historia tan conmovedora —la voz de Malcom Burke llegó desde la entrada del salón.
Lauren se estremeció. Malcom caminaba hacia ellos, todavía con el traje ligeramente húmedo de la lluvia, su sonrisa cargada de un veneno insoportable.
—Curioso, Rebecca —dijo Malcom, deteniéndose junto a Alexander—. Recuerdo perfectamente que en nuestra última… charla, hace años, dijiste que preferirías cortarte los diez dedos antes que tocar una sola nota de Chopin. Dijiste que esa pieza en particular te producía migraña. ¿Y ahora resulta que eres una virtuosa?
Lauren sintió que el aire se volvía sólido. Malcom estaba disfrutando de cada segundo, lanzándole miradas de advertencia. ¿Dónde está mi chip?, gritaban sus ojos.
Alexander miró a Malcom y luego a Lauren. El ambiente se volvió pesado, cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de los brazos de Lauren se erizara.
—La gente cambia, Burke —dijo Alexander, aunque su voz carecía de convicción.
—Algunos cambian. Otros se transforman en personas completamente distintas —replicó Malcom, acercándose al piano—. Pero hay cosas que no se olvidan. Pequeños detalles privados.
Alexander dio un paso hacia el piano, rodeando a Lauren por los hombros. Fue un gesto que pareció protector, pero Lauren sintió la presión de sus dedos como una advertencia.
—Tienes razón, Malcom —dijo Alexander, su mirada fija en Lauren, una mirada que ya no tenía rastro de ternura, sino una frialdad analítica que la hizo temblar—. Hay cosas que el alma no olvida, por mucho que cambie la técnica de las manos.
Alexander se inclinó sobre ella, su aliento rozándole el oído, pero sus ojos estaban clavados en los de ella, desafiándola a seguir con la farsa.
—Toca la canción de nuestro segundo aniversario, Rebecca. La que te compuse en aquella cabaña en la montaña, la que prometiste que sería nuestra "música de las sombras" para siempre. La que, según tú, solo nosotros dos conocemos en este mundo.
Lauren sintió que el piano se convertía en un cadalso. Sus dedos flotaron sobre las teclas blancas y negras, pero estaban vacíos. No había partitura en su mente. No había recuerdo. No había nada más que el abismo de su mentira.
Alexander se quedó inmóvil, esperando. Malcom sonrió, cruzando los brazos sobre el pecho.
El silencio en la sala se volvió mortal, solo interrumpido por el tic-tac de un reloj de pared que parecía contar los últimos segundos de la vida de Lauren Moore.
—¿Y bien? —presionó Alexander—. ¿También olvidaste nuestra música en esos hoteles grises?
