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Capítulo2: Sombras en los viñedos

A pesar de que la fiesta de la Fundación se había extendido hasta altas horas de la madrugada, Bianca estaba despierta antes de que el sol despuntara sobre las colinas del Piamonte. En la calidez de la suite, la luz dorada del amanecer filtrada por las cortinas de lino iluminaba las finas sábanas de seda.

A su lado, Alessandro dormía profundamente, con un brazo pesado cruzado sobre la cintura de ella. Bianca se libró de su agarre con una lentitud milimétrica, conteniendo el aliento.

Caminó descalza hasta el despacho privado adosado a la habitación. La fragancia residual a jazmín negro que había percibido la noche anterior en la chaqueta de su esposo seguía atormentando su mente, pero en lugar de paralizarse por el dolor, la abogada que llevaba dentro había tomado el mando.

Se sentó frente a la mesa de nogal y encendió su ordenador portátil. Abrió el portal cifrado de la bodega familiar, una de las joyas de la corona del patrimonio De Santis. Durante los últimos seis meses, la división de exportación de vinos Moretti-De Santis había duplicado sus envíos a Europa del Este y América del Norte, pero los ingresos declarados mostraban un estancamiento sospechoso.

Bianca fue directo al registro de los Manifiestos de Carga Marítima.

Sus dedos volaban sobre el teclado mientras revisaba los documentos digitalizados. Hizo zoom en los sellos y autorizaciones del departamento legal. De pronto, su pulso se congeló.

En los contratos de exportación de las últimas tres remesas hacia el puerto de Livorno, la firma digital que autorizaba el despacho de los contenedores no pertenecía a la representación legal habitual. Era una firma escaneada de baja resolución a nombre de su padre, estampada meses después de su fallecimiento, y acompañada por la rúbrica de apoderado de Alessandro.

—¿Discrepancias en las firmas de exportación...? —murmuró para sí misma, con una opresión helada en el pecho.

No eran meros errores administrativos. Las empresas de logística que recibían el vino en puerto eran firmas de maletín, registradas en jurisdicciones offshore con vínculos que rozaban lo opaco. Alessandro no solo estaba usando la bodega para mover dinero sin su conocimiento; estaba falsificando la documentación de la familia De Santis para amparar cargamentos de los que ella no tenía la menor idea.

El suave chasquido de la puerta al abrirse la hizo reaccionar instintivamente. Con un movimiento fluido y ensayado, Bianca minimizó la pantalla del sistema contable y abrió una pestaña con el borrador de un informe de caridad de la Fundación.

Alessandro apareció en el umbral, descalzo, vistiendo solo un pantalón de lino blanco suelto. Su torso desnudo revelaba una complexión atlética y bien cuidada, pero la sombra de la barba de dos días y sus ojos oscuros le daban un aire peligrosamente felino.

—¿Tan temprano trabajando, mi vida? —preguntó él, con una voz ronca por el sueño, mientras caminaba hacia ella con pasos lentos y calculados.

—No podía dormir —respondió Bianca, forzando una sonrisa dulce mientras bajaba la tapa del portátil. —Pensaba en el discurso de la semana que viene y en los presupuestos de la bodega.

Alessandro llegó hasta el sillón de piel donde ella estaba sentada. En lugar de responder sobre los presupuestos, colocó sus manos sobre los apoyabrazos, acorralándola físicamente. Su sombra se proyectó enteramente sobre ella.

—Olvídate de la bodega, Bianca —murmuró él, inclinándose hasta que sus labios rozaron la comisura de la boca de ella. —Tú no tienes que preocuparte por la logística ni por la burocracia de los negocios. Para eso me tienes a mí.

Antes de que Bianca pudiera articular una excusa, Alessandro la tomó por la nuca con una firmeza que lindaba en la dominación. Su beso no fue un gesto de afecto matutino, sino una invasión exigente y hambrienta. Sus labios la presionaron con fuerza, obligándola a abrir la boca mientras una de sus manos descendía bruscamente por el escote de su bata de seda, atrapando su seno desnudo con un apretón posesivo.

A cuatrocientos metros del contorno de la residencia De Santis, el aire de la mañana olía a pino húmedo y tierra fértil. Tiziano Rinaldi permanecía perfectamente inmóvil en la ladera de la colina, camuflado entre la vegetación baja y la sombra densa de los cipreses. Su cuerpo, endurecido por años de misiones tácticas e infiltraciones en zonas de conflicto, no registraba el más mínimo temblor.

Ajustó el anillo de enfoque de sus binoculares de alta precisión militar, eliminando el leve destello de la lente para evitar cualquier reflejo del sol naciente.

En la pantalla óptica, el ventanal del segundo piso del Palazzo De Santis ofrecía un encuadre limpio de la suite principal y del despacho adyacente.

Tiziano contuvo el aliento cuando Bianca apareció en el campo de visión.

Llevaba puesta una bata de seda azul medianoche que caía con fluidez sobre su silueta, amoldándose suavemente a la curva de sus caderas y dejando al descubierto la clavícula y el cuello pálido. Estaba de pie frente a la gran cristalera, sosteniendo una taza de café que no probaba. Su postura era la de una estatua de mármol: refinada, aristocrática y de una belleza impecable.

Pero no fue su figura lo que capturó la atención de Tiziano. Fue la mirada.

A través de la potente lente, Tiziano podía ver con escalofriante nitidez los matices oscuros en los ojos de Bianca. No había rastros de la mujer frívola e ingenua que Alessandro Moretti le había descrito en el dossier de contratación. Tampoco había lágrimas de despecho. Había una melancolía helada, un dolor profundo que era sofocado lentamente por una determinación inflexible y peligrosa. La mandíbula tensa, la respiración pausada y calculada, la forma en que sus dedos apretaban la porcelana... Bianca De Santis no estaba procesando una pena de amor; estaba trazando una línea de batalla en su propia casa.

De pronto, en el reflejo de la lente, Tiziano vio a Alessandro acercase por detrás de ella dentro de la estancia.

Tiziano observó la interacción sin perder detalle. Vio la forma en que Alessandro colocaba su mano en la cintura de Bianca con posesión arrogante, inclinándose para hablarle al oído. Notó el leve, casi imperceptible endurecimiento en los hombros de ella antes de forzar una sonrisa perfecta para su esposo. Había un baile de máscaras ocurriendo tras el cristal, una tensión erótica y amarga entre la presa y el depredador que aún no sabía que su víctima empezaba a afilar los dientes.

Una extraña electricidad, helada y magnética, recorrió la columna de Tiziano. Su pulso sobre los binoculares se volvió tenso.

Por instinto, como si el peso de una presencia fija hubiera perforado la barrera de cristal, Bianca giró lentamente la cabeza hacia la ventana. Sus ojos se fijaron directamente en la colina, en la dirección exacta donde Tiziano se ocultaba.

A cuatrocientos metros de distancia, en el silencio del perímetro, el tiempo pareció detenerse.

Tiziano supo que, ópticamente, era imposible que ella lo viera entre las sombras del sotobosque. Sin embargo, la intensidad de esa mirada perdida hacia la nada, buscando al observador invisible, hizo que una chispa visceral quemara en el pecho del exmilitar. Había un hilo invisible, una atracción magnética y no verbal conectando la soledad del cazador con la desesperación contenida de la mujer en la jaula de oro.

—No tienes idea del nido de víboras en el que estás parada, signora —murmuró Tiziano con voz rasposa, sin romper el contacto visual imaginario a través del cristal.

Bianca dio un paso atrás, cerrando las cortinas de lino blanco y cortando la visión.

Tiziano bajó lentamente los binoculares. Pasó una mano por su mandíbula marcada, sintiendo el roce áspero de la barba de un par de días. En su mente, la orden de ejecución que debía planificar comenzaba a desmoronarse, sustituida por una fascinación oscura que amenazaba con alterar todas las reglas de su código.

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