Capítulo1: La Jaula de Oro
Las lánguidas notas de un cuarteto de cuerdas en vivo ascendían por la escalinata de mármol del Palazzo De Santis, amortiguadas apenas por la pesada madera de nogal de la puerta. Bianca ajustó el cierre de su vestido de seda color esmeralda frente al espejo del tocador. La prenda se adhería a sus curvas como una segunda piel, resaltando la palidez alabastrina de su espalda y el corte impecable que solo la alta costura italiana podía confeccionar.
En el reflejo, detrás de ella, apareció la figura de Alessandro.
Su esposo lucía un esmoquin a la medida que acentuaba sus hombros anchos y su porte aristocrático. Para la élite de Roma, Alessandro Moretti era la definición misma de la elegancia y el éxito: el hombre que había tomado la dirección corporativa del patrimonio De Santis y lo había catapultado a la cumbre de los negocios internacionales.
Alessandro caminó en silencio hasta quedar justo detrás de ella. Sus manos, firmes y frías, se posaron sobre los hombros descubiertos de Bianca, descendiendo lentamente por los contornos de sus brazos hasta ceñirse en su cintura. Un escalofrío corrió por la espina dorsal de Bianca. Había una familiaridad erótica en su toque, una tensión eléctrica que en los primeros años de matrimonio solía encender una llama incontrolable.
Sin embargo, esta noche, el roce de su esposo lo sentía distinto. En ella se había encendido la chispa de la desconfianza y en él había una posesividad mecánica, la firmeza de un hombre que comprueba la calidad de una posesión antes de exhibirla ante el mundo.
—Estás deslumbrante, Bianca —murmuró él, inclinándose para presionar los labios contra el nacimiento de su cuello. Su aliento era cálido, pero la mirada que sostenía en el espejo permanecía extrañamente distante, helada.
—La gala de la Fundación es importante para la familia. Los inversionistas de la naviera estarán abajo —respondió ella, inclinando ligeramente la cabeza hacia un lado para darle acceso, buscando en el contacto una chispa de la antigua pasión que los había unido alguna vez.
Alessandro deslizó una mano hacia el escote del vestido, rozando con el pulgar la curva superior de su seno con un dominio calculado que hizo que a Bianca se le cortara la respiración. Sus miradas se cruzaron. Había un deseo innegable en los ojos de Alessandro, pero ella lo percibió como un deseo sin alma, una dominación física exenta de calidez.
—Los inversionistas harán lo que yo ordene, mi amor. Esta noche solo tienen que ver a la abogada brillante y a la esposa abnegada al lado del hombre que maneja el imperio.
El tono condescendiente rozó la fibra sensible de su orgullo. Bianca se giró sobre sus talones, rompiendo el agarre, pero quedando a escasos centímetros del pecho de su marido. Rozó el cuello de la camisa de Alessandro para enderezar su corbatín, un gesto en apariencia conyugal, pero que utilizaba para mantenerlo a distancia.
—El patrimonio De Santis es limpio, Alessandro —recordó ella con voz suave pero firme, clavando sus ojos verdes oscuro en los de él. —Y como directora legal de la Fundación, me aseguraré de que cada contrato firmado esta noche mantenga la pulcritud que mi padre construyó.
Una chispa de impaciencia cruzó el rostro de Alessandro, pero fue sofocada de inmediato por una sonrisa pulida y ensayada. Se inclinó y la besó en los labios, un beso profundo, demandante, que pretendía silenciar cualquier réplica antes de que naciera. Bianca respondió por instinto, sintiendo el peso de la presencia física de su esposo sobre ella, la tensión sensual del momento rozando el límite del sometimiento.
Cuando Alessandro se separó, acomodó el saco de su esmoquin con una parsimonia estudiada.
—Bajaré a recibir al alcalde. No me hagas esperar —dijo, dándose la vuelta hacia la salida de la suite.
Bianca se quedó sola en medio de la estancia. El eco de los pasos de Alessandro se perdió por el pasillo. Exhaló un suspiro prolongado y llevó una mano a su pecho para calmar el ritmo desenfrenado de su corazón que no nacía desde el amor, sino de quien sabe que está por descubrir algo.
Al bajar la vista hacia el tocador para tomar su bolso, se percató de que Alessandro había dejado sobre la mesa de caoba la chaqueta ligera que traía puesta al llegar de sus reuniones privadas antes de cambiarse.
Se acercó lentamente. Algo la impulsó a extender la mano y levantó la prenda.
Al mover la tela, una ráfaga de fragancia emergió del tejido.
No era la colonia de sándalo y notas cítricas que Alessandro utilizaba desde hacía años. Era un aroma denso, embriagador, marcadamente femenino y peligroso: un perfume concentrado de jazmín negro y especias exóticas. Un aroma penetrante que no pertenecía a ninguna fragancia comercial común, ni mucho menos al perfume sutil de rosas francesas que ella usaba, un aroma que desde hace algunas semanas había percibido por casualidad en otra prenda de su esposo.
Bianca cerró los ojos, apretando la tela entre sus dedos. La elegancia del salón, el lujo de las lámparas de araña que resonaban levemente con la música de abajo y la ilusión de su vida perfecta se habían agrietado en un instante. La frialdad en los ojos de Alessandro no era distante por agotamiento corporativo; estaba saturada de la presencia de alguien más.
Guardó la chaqueta en el armario con una calma helada que sorprendió a su propio cuerpo. Se miró por última vez en el espejo, irguió la espalda y ajustó la caída de su vestido esmeralda. La esposa sumisa no montaría una escena. La abogada corporativa, en cambio, comenzaría a observar y a investigar.
En el exterior del Palazzo De Santis, a un par de cientos de metros sobre la colina contigua que dominaba la entrada principal, la noche caía fría y despejada.
Dentro de una camioneta todoterreno con los cristales blindados y oscurecidos, el único brillo provenía de las pequeñas pantallas táctiles de recepción de audio e imágenes de alta definición.
Tiziano Rinaldi permanecía inmóvil en el asiento del conductor, vestía una camiseta táctica negra ajustada que dejaba al descubierto las cicatrices de su cuello y la musculatura trabajada por años de operaciones de combate. Sostenía con precisión militar una lente con mira telescópica de visión nocturna ajustada hacia los ventanales del piso superior de la residencia.
A través del visor térmico y de alta definición, la imagen de Bianca De Santis apareció nítida.
Tiziano ajustó el enfoque. La vio erguida frente al cristal, la seda esmeralda amoldada a la silueta de una mujer innegablemente hermosa, aristócrata y distinguida. Pero lo que detuvo el dedo de Tiziano sobre el mando óptico no fue la estética refinada del objetivo. Fue la expresión en su rostro.
El dossier de inteligencia que Alessandro Moretti le había hecho llegar la describía como un obstáculo decorativo, una mujer de alta sociedad obsesionada con la imagen de su familia que pretendía interferir en movimientos de capital que no comprendía.
Sin embargo, a través del lente, Tiziano no vio la fragilidad vacía que le habían prometido. Vio la mirada aguda, dolida pero calculadora, de una mujer que acababa de descubrir una herida sangrienta y optaba por la determinación en lugar de las lágrimas. Un rictus de acero que él conocía bien en los campos de batalla.
—Tienes una presa elegante, Rinaldi —murmuró la voz grave de su contacto a través del auricular cifrado. —¿Tienes la confirmación de la rutina para la siguiente semana?
Tiziano no despegó el ojo de la mira. Vio cómo Bianca tomaba aire, se alisaba el vestido y caminaba hacia la puerta con una compostura implacable. El pulso de Tiziano, curtido en la violencia más cruda de la Europa del Este, registró una aceleración inusual, una electricidad sorda y visceral que le recorrió los hombros.
—Confirmada —respondió Tiziano, con una voz rasposa, firme y helada. —Pero la información del cliente está incompleta. Esta mujer no es un adorno.
—¿Importa para el trabajo?
Tiziano bajó lentamente la cámara. En la penumbra del vehículo, sus ojos oscuros brillaron con una fascinación peligrosa.
—No —dijo, apoyando la espalda contra el asiento mientras observaba a Bianca cruzar el umbral del gran salón bajo los aplausos de la aristocracia romana. —Solo significa que la cacería será mucho más interesante.
