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Capítulo 2.

—Bueno, ¿qué has hecho hoy en el colegio? —le pregunto mientras caminamos cogidos de la mano.

—He dibujado un coche deportivo, como los que he visto en la tele, y el profesor me ha dicho que lo había hecho muy bien.

—Qué chico más listo —le pellizco las mejillas cuando llegamos a casa.

—¿Tomás? ¿Lucas? —grito al cruzar la puerta de entrada. Inmediatamente oigo gritos en respuesta: «Vale, ya estoy en casa, ahora pueden oírme».

—¿Por qué se fueron esta mañana sin decir nada? ¿Y eso de que no quieres que te vean conmigo? —Les pregunto mientras abro la puerta de su habitación y me encuentro a Lucas en ropa interior y a Tomás tirado en la cama leyendo una revista de deportes.

—Maldita sea, Ly, ¿es mucho pedir tener un poco de intimidad en esta casa? Las puertas se hicieron por algo, ¿sabes? —Me grita mi hermano y me lanza una almohada a la cara.

—Sí, sí, muy bien, tú vístete y, Tomás, respóndeme, porque no me has dicho nada. Sabes que odio cuando te comportas así y, sin embargo, lo haces —le digo al ver que la persona en cuestión ni siquiera parece haberme visto entrar.

—Tomás, te estoy hablando —le digo acercándome a su cama, pero no parece escucharme.

—¡Tomás! —grito, arrebatándole la revista de las manos.

—¡Devuélveme la revista, la estaba leyendo! —se queja e intenta recuperarla sin mucho éxito.

—¿Y tú me respondes?

—¿Qué se supone que debo responder a eso? —¿Quieres decir que durante todo este tiempo no has oído nada de lo que he dicho? —pregunté, sorprendida. Sé que mi hermano vive en su mundo, pero no oír lo que sucede a su alrededor es pasarse de la raya...

—Lo importante, hermana mayor, es que ahora todos somos adultos, vamos al instituto y no queremos que la gente se ría de nosotros porque todavía vamos a la escuela —dijo Lucas, por fin vestido, mientras Tomás me quitaba la revista de las manos y volvía a su mundo.

—¿Estás en la secundaria, así que te crees mayor? —Pero todavía tienes leche en la boca —le dije, pellizcándole las mejillas regordetas.

—Por eso tampoco queremos que nos acompañen, no queremos que nos traten como a niños, ya no somos como Samuel, queremos que nos traten como a hombres.

—¿Como hombres? ¿Hablan en serio? —Sí, Ly, hablamos en serio —me dice Lucas, poniendo los ojos en blanco y resoplando.

—Muy bien, si te avergüenzo tanto, yo... —Me pongo la mano en la cara.

—No, hermana mayor, no hagas eso, no queríamos ofenderte... —Lucas empieza a gesticular y a rascarse la cabeza, mientras que Tomás nos mira un momento y luego vuelve a su lectura.

—Lo hice solo por ti, pensé que te gustaría. Me arrodillo en el suelo.

—Está bien, está bien, hermana mayor. Retiro todo lo que he dicho. Acompáñanos a la escuela o ven a buscarnos. No llores —dice Lucas, arrodillándose a mi lado y poniendo una mano sobre mi hombro.

—¿Hablan en serio? —Les pregunto, abriendo los dedos de mi mano para mirarlos.

—Por supuesto —responde él, manteniendo su seriedad.

—Está bien —digo, me levanto y sonrío.

—Oye, ¿estabas fingiendo? —Me hiciste sentir culpable —dice Lucas, dejándose caer al suelo y acostándose.

—En fin, no te preocupes. Entendí que ya no quieres que te acompañe, pero quiero que me envíes un mensaje cada vez que llegues a la escuela.

—¿En serio? ¡Gracias, Ly, eres la mejor hermana del mundo! —Lucas me abraza.

—Hola, chicos, ¿qué me he perdido? —pregunta Tomás, que sale de la cama y nos mira con cara de interrogación, mientras nosotros ponemos los ojos en blanco; es una causa perdida.

Después de comer, arropé a todos entre los diversos gemidos de Lucas y de Tomás, y luego me fui a mi segundo trabajo, de barista. El caso es que pasé otras cinco horas sirviendo cócteles, café y todo lo demás bajo la atenta mirada de mi jefe, que estaba esperando el más mínimo error para regañarme. ¡Es difícil trabajar bajo tanta presión, maldita sea!

—Aitana, esos clientes llevan diez minutos esperando —me gritó.

—Sí, lo sé, pero no es mi trabajo, es Lucas quien debe hacerlo, no yo.

—¡No me importa! Si ves clientes esperando, los atiendes y ya está, ¿está claro? ¿Después de tres años todavía tengo que decirte esto? Eres como un niño al que hay que explicarle las cosas cuarenta veces antes de que las entienda...

—Lo siento, no volverá a pasar.

—Espero por tu bien —dice y se marcha. Mi enfado alcanza niveles exagerados, todo porque ese idiota de Luca se ha tomado un descanso sin siquiera avisarme. A veces, me gustaría mandarlo al infierno, pero se cree Dios en la Tierra solo porque papá lo ha ascendido a jefe y ahora cree que dicta la ley a todo el mundo. ¡Dios, no lo soporto!

Por fin llego a casa, me tiro en la cama agotada, pero antes de meterme bajo las sábanas cojo el móvil y veo un mensaje de Marcos.

«Hola, nena, me dijiste que necesitabas un nuevo trabajo, te he encontrado uno, llámame más tarde y te daré toda la información. Besos y abrazos».

En cuanto lo leo, pulso el botón de llamada.

—¿Qué? Aitana, maldita sea, son las tres de la madrugada. —Oigo a mi amigo bostezar.

—Lo siento, Marcos, acabo de leer tu mensaje y te he llamado enseguida, sin mirar siquiera la hora. Si quieres, hablamos cuando estés más despierto...

—No, no pasa nada, ya estoy despierto y estoy acostumbrado a tus llamadas en mitad de la noche. En fin, volvamos al mensaje. Agárrate, te he encontrado un trabajo nada menos que en... ... Redoble de tambores...

—Marcos, por favor, acábalo, se me cierran los ojos...
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