Capítulo 3
—¿Estás segura? —me preguntó mi abogada, deslizando la copia definitiva por encima de la mesa—. En cuanto lo presentemos, los Whitlock irán a por ti.
—Que vengan.
A mediodía ya había presentado mi dimisión en la Fundación Whitlock. La asistente de su madre me dijo que Vivienne «querría hablar conmigo». Le contesté que Vivienne podía mandarme un correo.
Después llamé a Tessa desde la acera, temblando un poco, y le conté lo de París.
Atelier Morel había respondido a mi solicitud cuatro días antes. En Nochebuena, para ser exactos. Leí el correo sentada a la mesa del comedor, junto a un pavo que nadie tocó, mientras en el móvil se reproducía la historia de Instagram de Sloane. Grant, dormido en su sofá. La mano de ella asomando en el encuadre, apoyada en su pelo.
Lloré durante una hora. Después escribí: «Acepto».
—¿Se va contigo? —preguntó Tessa.
—No. —Vi cómo un taxi salpicaba nieve sucia contra el bordillo—. Me voy yo sola. Nos vamos a divorciar.
Mis padres murieron cuando yo tenía veinte años. Aparte de Tessa y de Ray, el viejo amigo de mi padre, Grant era todo lo que tenía. Antes pensaba que mi hogar estaba allí donde estuviera él. Ahora me daba cuenta de que llevaba cinco años viviendo en su casa y nunca había tenido un hogar.
Cuando volví, él estaba a punto de salir.
Traje gris marengo. Pelo peinado. La colonia que le regalé el año anterior. Y en los brazos, dos docenas de rosas rojas.
Sabía qué día era. El cumpleaños de Sloane Pierce.
Estaba hablando por teléfono. Sonriendo.
—Deja de intentar adivinarlo. Si te lo digo, ya no es sorpresa. Tú espérame.
Me apoyé en la pared del recibidor y lo observé. Esa sonrisa. Suave, indulgente, tan cálida que podría haber derretido la nieve de sus zapatos. En cinco años nunca la había visto dirigida a mí. Ni en mi cumpleaños. Ni el día de nuestra boda.
Sloane dijo algo. Él se rio, grave, y se le arrugaron las comisuras de los ojos.
Con ella era tan generoso. A mí no podía regalarme ni una sola sonrisa.
—Sí. Ya salgo.
Colgó y se dio la vuelta. En cuanto me vio, la sonrisa se esfumó. Su cara se recompuso en la expresión que reservaba para mí: distante, ligeramente incomodado.
No me preguntó dónde había estado. No me preguntó por qué estaba en casa en plena jornada laboral. Para él, yo podría haber sido un perchero.
—Me voy —dijo.
—Vale.
Bajé la vista a las rosas. Abiertas del todo. Rojo sangre.
A mí nunca me había regalado rosas. Ni una vez. «Las rosas son para las mujeres a las que hay que convencer», me dijo en su día. «Tú eres mi mujer.»
Por lo visto, a Sloane todavía había que convencerla.
Pasó por mi lado. El olor a rosas y a colonia lo siguió. Antes me encantaba ese olor. Ahora se me cerraba la garganta.
—Grant —dije, cuando llegó a la puerta.
Se detuvo, pero no se volvió.
—¿Qué?
—Nada. —Miré la línea recta de su espalda—. Que lo pases bien.
Dudó, un segundo entero, como si las palabras le hubieran llegado desordenadas. Luego la puerta se cerró.
Me dejé resbalar por la pared hasta el suelo frío.
La cajita de terciopelo seguía en la mesa. Con la luz de la tarde, las esquinas gastadas se veían todavía peor.
La abrí.
Un collar. Un pequeño colgante de diamante en una cadena fina. Sencillo. Algo pasado de moda.
Lo reconocí. Cinco años atrás, antes de la boda, me quedé parada frente a un escaparate mirando exactamente ese. Él me dijo: «Para nuestro primer aniversario. Te lo prometo».
Habían pasado cuatro aniversarios. Se le olvidaron todos.
Y ahora aquí estaba, con cuatro años de retraso, metido en un bolsillo como algo de última hora. El remate de un chiste del que yo ya había dejado de reírme.
Cerré la tapa.
Esa noche, tumbada en el cuarto de invitados, abrí Instagram.
Sloane había publicado una foto de las rosas. «Después de todo, siempre estuviste ahí. Agradecida.»
Grant había comentado: «Todo pasa por algo».
Marcus, su director de operaciones: «Me alegra mucho veros así».
Su hermana le había dado a «me gusta». Su madre, Vivienne Whitlock, había dejado un comentario de una sola línea:
«Hay personas que nacieron para formar parte de esta familia. Otras nunca lo harán».
Debajo, un amigo suyo: «Borra esto antes de que lo vea Anna. Ya sabes cómo se pone».
Otro: «Va a montar un drama. Como siempre».
Dos años antes, le había pedido a Grant, con toda la calma del mundo, que mantuviera un poco las distancias con Sloane. Su familia me llamó controladora. Histérica. Insegura. Él les dio la razón.
Me quedé mucho rato mirando los comentarios.
Luego cerré sesión. No grité. No lo llamé. No publiqué ni una palabra.
Apagué la luz y me dormí.
Estaban esperando que estallara.
No tenían ni idea de que el silencio es el sonido de una mujer que ya se ha ido.