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Capítulo 2

El piso de Tessa olía a canela y a cava barato, y yo no había sido tan feliz en toda mi vida.

—De verdad, pensaba que te habíamos perdido —me dijo hacia medianoche, apretándome el hombro—. Te casas con un millonario y desapareces.

—Lo sé.

—No vuelvas a hacerlo.

—No lo haré.

Lo decía en serio. Cinco años atrás, yo era arquitecta y tenía una oferta de trabajo de Atelier Morel, en París. Entonces Grant me dijo: «París está lejos. Te necesito aquí». Y me quedé. Dirigí la fundación benéfica de su madre sin cobrar un céntimo. Aprendí las normas de su familia. Dejé de vestir de colores porque él decía que con el rojo parecía que «me esforzaba demasiado». Corté con todos mis amigos varones porque, según él, era «impropio de una esposa Whitlock». Dejé de ir a fiestas porque le gustaba encontrarme en casa cuando llegaba.

Casi nunca llegaba.

Entré en casa a las dos de la madrugada. Las luces estaban apagadas. Pulsé el interruptor y me quedé helada.

Grant estaba sentado en el sofá, a oscuras. Todavía con el traje. Esperando.

Por un segundo creí que me lo estaba imaginando. En cinco años nunca me había esperado despierto. Nunca le había hecho falta. Yo siempre estaba en casa.

Me miró de arriba abajo. Las mejillas encendidas. Las manos inseguras en el marco de la puerta. No se levantó.

—Anna. —Mi nombre le salió empapado de desprecio—. ¿Puedes al menos comportarte como una adulta? Si estás celosa, dilo. Volver a casa así solo hace que te respete menos.

Dejé el bolso en la mesa y me senté con cuidado, porque la habitación daba vueltas.

Olfateó el aire y torció el gesto.

—Te he dicho mil veces que odio que bebas. Sloane y yo no somos lo que tú crees. Somos amigos desde los doce años. No tienes ningún motivo para ponerte así por ella.

—Te lo estás imaginando —dije, frotándome la sien—. Estoy borracha porque estaba contenta.

—Basta. —Su voz restalló como un látigo—. Te estoy dando una salida. Aprovéchala. Estoy muy ocupado. No puedo seguir consintiéndote.

Algo dentro de mi pecho se quedó muy quieto.

—Consintiéndome —repetí. Me reí, bajito y ronca—. Grant. ¿Cuándo me has consentido tú algo?

Entornó los ojos.

—Dijiste que no te gustaban los colores llamativos, y me vestí de negro y beis durante cinco años. Dijiste que mis amigos no eran apropiados, y los borré. Dijiste que me querías en casa, y rechacé todas las invitaciones que me llegaron. Dijiste que París estaba demasiado lejos, y renuncié al único trabajo que he deseado en mi vida. —Alcé la vista hacia él—. ¿En qué parte de todo eso me consentiste tú a mí?

Se levantó de golpe. Era tan alto que, cuando se cernía sobre mí, la habitación encogía.

—¡Todo eso lo hice por ti! Una esposa Whitlock tiene que estar a la altura...

—A la altura. —Me ardían los ojos, pero mi voz no tembló—. ¿Estar a la altura incluye que un marido deje sola a su mujer en Nochebuena para irse al sofá de su exnovia? ¿Incluye que ella publique una foto de él dormido en ese sofá con el texto «mi lugar seguro» mientras su mujer cena pavo frío sola?

—¡Ya basta! —rugió.

Alargó la mano hacia mí. Me aparté antes de poder evitarlo.

Los dos nos quedamos paralizados.

Nunca me había pegado. Nunca le había hecho falta. Pero mi cuerpo había aprendido hacía mucho a apartarse de su alcance, y yo no lo había sabido hasta ese momento.

—Me voy a la cama —dije en voz baja.

Fui al cuarto de invitados y eché el pestillo. Llamó a la puerta. Dos veces. Después, silencio.

Esa noche dormí ocho horas seguidas, el sueño más profundo que había tenido en meses.

Por la mañana estaba en el salón, tomándose un café, con la cara tallada en piedra. Esperaba que le pidiera perdón. Esperaba que le preparara el desayuno, que lo arreglara todo como hacía siempre.

Me lavé la cara, me puse el abrigo y pasé por su lado sin decir una palabra.

Mi primera parada aquella mañana no fue la oficina.

Fue mi abogada.
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