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Capítulo 5

La casa se estremeció con una gravedad sorda cuando los caballos de la guardia oscura se detuvieron frente a la entrada principal.

No fue un ruido estrepitoso ni el alboroto habitual de la llegada de los mercaderes o de los viajeros comunes que cruzaban los caminos del este. Fue algo distinto. Demasiado ordenado, demasiado disciplinado, impregnado de una solemnidad gélida que helaba la sangre antes de cruzar el umbral. Los guardias humanos que custodiaban la propiedad se enderezaron de inmediato, tensos, con los dedos aferrados a las empuñaduras de sus espadas y el nerviosismo reflejado en el parpadeo constante de sus ojos, mientras una imponente figura descendía de un caballo negro azabache con una calma pasmosa, como si el tiempo mismo le perteneciera y el mundo se moviera únicamente a su ritmo.

**Rhevan** no alzó la voz. No necesitó hacerlo para que el silencio se apoderara del exterior. Su sola presencia bastaba para imponer una autoridad nacida de los años de servicio al gobernante más temido de la región.

—Anuncien mi presencia —ordenó, y el tono de su voz era un filo de acero oculto en terciopelo—. Vengo en nombre del Alfa.

El nombre exacto no fue pronunciado en voz alta, pero nadie en ese lugar necesitó escucharlo para saber a quién pertenecía. El peso de la palabra flotaba en el aire, denso y amenazante.

Dentro de la casa, el impacto fue inmediato. El patriarca, que sostenía una copa de vino a medio terminar, la dejó caer por la sorpresa. El sonido seco del vidrio al estrellarse contra el suelo de madera resonó como un disparo en la estancia. Su esposa, a su lado, palideció de golpe, perdiendo todo el color del rostro mientras sus dedos se aferraban convulsivamente a la tela de su delantal.

—¿El… Alfa? —susurró ella con un hilo de voz, llevándose una mano temblorosa al pecho, como si sintiera el golpe físico de la noticia—. ¿Aquí? ¿En nuestra casa?

—Arréglate ahora mismo —ordenó el hombre con urgencia, recuperando el habla a los tropezones, con el sudor empezando a brotar en su frente—. Llama a Elara. Rápido. No podemos permitir que nos vea en este estado.

En cuestión de minutos, la familia al completo estaba reunida en la sala principal, intentando proyectar una imagen de respetabilidad y decencia. Elara descendió las escaleras con paso medido, luciendo un vestido de tonos claros impecable, el cabello rubio cuidadosamente cepillado y el rostro adornado con una serena y calculada sonrisa. Siempre sonreía cuando intuía que había algo importante que ganar, una ventaja social que arrebatar.

Rhevan entró sin pedir permiso y sin inclinar la cabeza ante nadie. No miró los muebles caros ni a los rostros desencajados que lo observaban; su presencia simplemente llenó todo el espacio disponible, proyectando una sombra pesada que asfixiaba los intentos de protocolo de la familia.

—Soy Rhevan —se presentó con frialdad, plantándose en el centro de la habitación—. Mano derecha del Alfa Supremo.

El patriarca dio un paso al frente, haciendo una reverencia torpe, exagerada por el nerviosismo.

—Es… es un honor inmerecido para esta humilde casa, mi señor —balbueció, frotándose las manos—. No esperábamos una visita de tanta categoría...

—Los hombres como ustedes nunca esperan la justicia ni las decisiones de la cima hasta que ya es demasiado tarde para huir —interrumpió Rhevan con absoluta calma, deteniendo el discurso servil con un gesto de la mano—. Vengo a comunicar una decisión formal e irrevocable.

No era una propuesta comercial.

No era una invitación a debatir.

No cabía ninguna clase de negociación.

Era una decisión absoluta, esculpida en piedra por la voluntad de quien mandaba en el territorio.

—Mi Alfa ha puesto los ojos en esta familia —continuó Rhevan, clavando sus ojos oscuros en el patriarca— y ha elegido a una de sus hijas para convertirla en su legítima esposa y futura Luna de la manada.

El silencio que siguió a esas palabras fue tan absoluto que se podía escuchar el crujir de las brasas en la chimenea lejana.

El corazón del patriarca empezó a latir con fuerza desbocada, pero no impulsado por el miedo a lo desconocido, sino por una repentina y ciega ambición que nubló cualquier atisbo de prudencia.

—Nuestra hija mayor —dijo de inmediato, adelantando un paso con presteza y extendiendo una mano hacia Elara para exhibirla como el mejor trofeo de su propiedad— es fuerte, sana, educada en las mejores costumbres y respetada por todos. Sin duda, una Luna perfecta para una alianza de este nivel supremo.

Elara bajó ligeramente la mirada, adoptando una postura de falsa modestia que ensalzaba su aparente gracia y disponibilidad.

Rhevan ni siquiera se dignó a mirarla. Su expresión se mantuvo impenetrable, de piedra.

—No he terminado de hablar —sentenció.

El patriarca tragó saliva con dificultad, sintiendo que el terreno bajo sus pies comenzaba a tambalearse.

—El Alfa ha elegido a su hija menor —continuó Rhevan, pronunciando cada sílaba con una claridad implacable—. Aylén.

La reacción en la sala fue inmediata y visceral, rompiendo toda fachada de compostura.

—¡No! —exclamó la madre, dando un paso al frente sin poder ocultar el horror y la repulsión en su voz—. Eso no es posible. Debe tratarse de una confusión terrible.

—Tiene que haber un error en los informes del palacio —añadió el padre con rapidez, desesperado por corregir el rumbo—. Mi señor Alfa no puede referirse de ninguna manera a esa muchacha.

Rhevan ladeó levemente la cabeza, interrogante, con un destello peligroso cruzando su mirada.

—¿Esa muchacha?

—Es… defectuosa —escupió la mujer sin ningún pudor, dejando salir todo el resentimiento acumulado durante años—. Es débil, enfermiza, una criatura incompleta. Su lobo interno jamás despertó para reclamar su herencia de sangre. No puede dar herederos fuertes ni estar a la altura de las circunstancias. Sería una vergüenza pública para el nombre del Alfa.

Elara frunció apenas el ceño, más por el desconcierto y la vanidad herida que por un auténtico desacuerdo con las palabras de su madre.

—Mi hermana menor no está preparada para un rol de semejante magnitud —añadió ella con una suavidad afectada, intentando encauzar la atención de nuevo hacia su persona—. Carece del temple necesario. En cambio, yo puedo servir mucho mejor al Alfa. Mucho mejor en todos los sentidos que ella jamás podría soñar.

Rhevan dejó que el silencio se extendiera deliberadamente, pesando sobre los hombros de los tres miembros de la familia como un yunque invisible.

—Mi Alfa no pidió una evaluación de capacidades ni un catálogo de virtudes —dijo al fin, con un tono que helaba la sangre—. Dio una orden directa.

El patriarca dio otro paso al frente, sudoroso, con las manos temblando de frustración.

—Con todo el respeto que le debemos al palacio… no podemos entregar a esa hija a semejante destino. Pero estamos más que dispuestos a ofrecerle a la mayor. Es lo lógico, lo políticamente conveniente para todos.

Rhevan los miró entonces con detenimiento.

Por primera vez desde que cruzó la puerta, posó sus ojos en ellos con un desprecio apenas disimulado.

—¿Saben qué es lo verdaderamente ilógico? —preguntó con voz baja, casi un susurro mortal—. Creer que se le puede decir que no a un Alfa.

La madre apretó los labios con furia contenida, incapaz de entender la cerrazón del enviado.

—Aylén no sirve para esto —insistió con desdén—. Apenas puede mantenerse en pie tras las jornadas de trabajo. Pasa los días enteros limpiando los establos y cargando agua como si fuera la última de las criadas. ¿Cómo se supone que alguien así va a ser nuestra Luna?

En ese preciso instante, a varios metros de allí, ajena por completo al terremoto político que sacudía los cimientos de su hogar, **Aylén** arrastraba un pesado cubo de agua a través del barro del patio trasero.

Tenía las manos completamente enrojecidas, agrietadas por el frío matutino y el desgaste del trabajo constante sin descanso. El olor acre a heno húmedo, tierra y estiércol se le había impregnado profundamente en la ropa vieja y remendada. Cada respiración profunda le dolía en el pecho debido al esfuerzo físico, pero seguía avanzando con paso lento pero firme, limpiando, cargando, agachándose una y otra vez bajo la mirada indiferente del mundo.

Nadie le había avisado de nada. Nadie le había dicho que se preparara ni que se lavara las manos.

Desde el interior oscuro del establo, escuchó vagamente los ecos de unas voces elevadas que provenían de la casa principal, pero ni siquiera levantó la vista para indagar. Jamás hablaban de ella para algo bueno; para su familia, ella solo era el recordatorio viviente de una imperfección que preferían ignorar.

—No es digna de pisar el palacio —continuó la madre, escupiendo las palabras con desprecio—. El Alfa se ofendería profundamente si supiera cómo es ella en realidad.

Rhevan dio un paso hacia adelante, y la sola energía que desprendió hizo que la mujer retrocediera asustada.

—Cuidado con lo que sale de su boca —advirtió con un tono de advertencia que no admitía réplica—. Está hablando de la elegida del Alfa. De la futura Luna.

Elara abrió los ojos de par en par, totalmente incrédula ante lo que estaba escuchando.

—¿La… futura qué? —balbuceó, perdiendo por un instante la compostura.

—Aylén —repitió Rhevan con firmeza, marcando cada letra—. Su hija menor. La misma a la que ustedes insisten en llamar defectuosa por su ignorancia.

El patriarca negó con la cabeza una y otra vez, desesperado, acorralado por una realidad que se negaba a aceptar.

—No. No podemos permitir semejante locura. Si el Alfa insiste en tomar una esposa de esta casa, entonces exijo que tome a la otra. A la que realmente vale la pena.

Rhevan los observó durante un largo y tenso instante, evaluando la mezquindad humana que tenía en frente.

—Transmitiré su respuesta y sus quejas al palacio —dijo finalmente, girándose con elegancia y dándoles la espalda para dirigirse hacia la salida—. Pero les dejo un consejo de amigo, si es que a esto se le puede llamar así: no confundan nunca la paciencia de un Alfa con debilidad.

Cuando la pesada puerta de roble se cerró tras él con un golpe sordo, el silencio volvió a caer sobre la sala principal, un silencio cargado de rencor y de un miedo sordo.

La madre fue la primera en romperlo, estallando en una furia ciega contra las paredes.

—Esto es culpa exclusiva suya —gritó, señalando hacia el exterior con los ojos encendidos de rabia—. ¡Siempre trayendo desgracias y problemas a esta casa!

Elara apretó los labios con fuerza, los nudillos blancos mientras pensaba frenéticamente en una salida para su orgullo herido.

—No importa —respondió la joven, con un brillo de fría determinación en la mirada—. El Alfa cambiará de opinión en cuanto me vea a mí y compruebe todo lo que yo puedo ofrecerle a su lado.

Mientras tanto, a pocos metros de allí, ajena por completo a las maquinaciones de su familia y a la sombra que se cierne sobre su vida, Aylén se arrodillaba una vez más en el barro frío para limpiar la paja sucia del suelo.

Sin saberlo, su destino ya había sido sellado para siempre en las altas esferas del poder.

Y el mundo entero estaba a punto de descubrir el precio que pagarían aquellos que se atrevieron a despreciar lo que el Alfa había decidido reclamar como suyo.

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