Capítulo 4
El bosque quedó atrás, pero su olor no.
Viajó conmigo como una marca invisible, adherida a la piel, al pelaje, a algo mucho más profundo que la carne. Cuando crucé los límites del territorio y los muros de piedra negra de la fortaleza se alzaron imponentes ante mí, su presencia seguía ahí, persistente, desafiante, completamente ajena al mundo frío y ordenado que me pertenecía por derecho de sangre y dominio.
Mi hogar.
El palacio se alzaba silencioso bajo la noche profunda, vasto, antiguo, construido para recordar a cualquiera que lo pisara el peso del respeto y el temor. Los guardias apostados en las puertas principales se tensaron al sentirme llegar. No hubo toque de cuernos ni anuncio formal. No lo necesitaba. Las piedras mismas y el territorio entero sabían cuándo su Alfa regresaba de la caza o de las sombras.
Crucé los corredores oscuros sin pronunciar una sola palabra, apoyándome apenas en el bastón de ébano que usaba solo cuando otros estaban presentes. No porque mi pierna herida realmente lo necesitara... sino porque el mundo exterior, y sobre todo aquellos que buscaban una debilidad en mi liderazgo, debían creer exactamente lo que yo permitía que creyeran. La vulnerabilidad era un lujo que un Alfa no podía permitirse, y el invierno se acercaba cargado de tensiones con las manadas vecinas.
—Alfa.
La voz de **Rhevan**, mi mano derecha y el hombre en quien más confiaba, sonó firme y respetuosa desde la penumbra. Caminó a mi lado con paso medido, adaptando instintivamente su ritmo al mío, como lo había hecho durante años.
—¿Cuánto tiempo estuve fuera? —pregunté, sin apartar la vista del final del pasillo.
—Más del que acostumbra, mi señor —respondió con cautela—. El consejo preguntó por usted tres veces. Hubo murmullos sobre su ausencia en la última ronda de tributos.
No me detuve. Mis botas resonaban en el suelo de piedra pulida con un eco seco.
—Que sigan preguntando. Las dudas mantienen sus mentes ocupadas en cosas inútiles.
Subimos los amplios escalones que conducían a la sala interior del consejo. El fuego ya ardía bajo y constante en la gran chimenea central, arrojando destellos naranjas sobre las estatuas de mis antepasados. El aire olía a piedra fría, a ceniza y a un poder ancestral... y aun así, nada de eso lograba arrancarme de la mente la imagen que me había perseguido durante todo el camino de regreso: unos ojos humanos, cansados, demasiado grandes para un rostro tan pálido.
Frágil.
Pero de algún modo, no débil.
—Necesito información —dije al fin, deteniéndome junto a la mesa de roble negro—. De inmediato.
Rhevan se tensó apenas, imperceptible para cualquiera que no lo conociera a fondo. Me conocía lo suficiente para saber que ese tono cortante no admitía demoras ni excusas.
—¿Sobre quién? —preguntó, cruzando las manos a la espalda.
El lobo dentro de mí se agitó de pronto, inquieto, arañando las paredes de mi conciencia como si la hubiera sentido incluso allí, a leguas de distancia, protegida por los árboles y el frío del bosque antiguo.
—Sobre la familia humana que vive en el límite oriental —respondí, girándome lentamente hacia él—. Cerca de la zona prohibida donde los ciervos blancos cruzan la frontera.
Rhevan guardó silencio un segundo de más. Un cálculo mental rápido, un destello de sorpresa que supo reprimir de inmediato.
Eso fue más que suficiente para confirmarme lo que ya sospechaba.
—¿Ya los conoces?
—Sí, Alfa —admitió, bajando levemente la voz—. Los conocemos bien. Es una familia de cazadores y leñadores que ha permanecido en esa franja durante generaciones. Pagan su tributo en silencio y rara vez causan problemas.
Giré levemente el rostro hacia él, exigiendo detalles con la mirada.
—Habla.
—Esa familia... El patriarca, el hombre mayor, es el mismo que lo dejó ciego de furia aquel día en la espesura, señor, intentando cazar lo que no comprendía —comenzó Rhevan, midiendo cada palabra—. Tiene dos hijas. Vivían recluidas, alejadas de los asentamientos principales.
Sentí al lobo erizarse bajo mi piel, un gruñido sordo resonando en mi garganta.
—La mayor es fuerte —continuó mi mano derecha—. Sana. Hermosa, según los estándares de su gente. Bien considerada por los ancianos de su aldea, destinada a un buen matrimonio. La menor, en cambio…
Rhevan se interrumpió, dudando por primera vez desde que entramos en la sala.
—Continúa —ordené, y mi voz salió con un filo metálico que hizo que las antorchas parecieran temblar.
—La menor nació con una marca lunar incompleta —dijo finalmente, con un dejo de pesar—. Su energía es inestable, apagada. Su lobo interno jamás despertó, ni siquiera cuando cruzó el umbral de la madurez. En su propia casa y en la aldea la consideran una carga... la llaman una Luna defectuosa.
El aire en la habitación se volvió pesado, denso, casi irrespirable.
Mis dedos se cerraron lentamente alrededor de la empuñadura de ébano de mi bastón, la madera crujiendo bajo la presión de mi fuerza contenida.
*¿Defectuosa?*
La palabra sonó como un insulto intolerable en mis labios. La imagen de ella volvió con una claridad brutal, atravesando la oscuridad de la noche: su respiración entrecortada por el esfuerzo y el miedo, las manos temblorosas pero firmes, el cuerpo delgado inclinado sobre el mío mientras limpiaba con esmero una herida en mi costado que habría matado a cualquier otro guerrero común. El terror puro en su voz al verme transformado... y aun así, a pesar de todo, no huyó. Se quedó.
—¿Cómo la tratan? —pregunté, y un frío extraño comenzó a recorrer mis venas.
Rhevan dudó, bajando los ojos hacia el suelo.
—Mal, Alfa. Para su padre es una boca inútil que alimentar, una mancha en su orgullo de cazador. Trabaja desde el alba hasta la noche, ignorada por los suyos, tratada casi como una sirvienta en su propio hogar.
No necesitaba más detalles. El lobo dio un golpe sordo en mi interior, una vibración profunda, peligrosa y lista para desgarrar. El simple pensamiento de que alguien se atreviera a tocarla o a hacerla sufrir encendió un fuego furioso en mi pecho.
—Su nombre —exigí.
—**Aylén**.
El nombre se asentó en mi mente como si hubiera estado grabado allí desde el principio de los tiempos, encajando perfectamente en el espacio vacío que ni siquiera sabía que tenía.
—Quiero a esa hija —afirmé con absoluta firmeza.
Rhevan se detuvo en seco, levantando la vista con incredulidad reflejada en el rostro.
—¿Alfa...? ¿Dice la menor? ¿La que llaman...
—Quiero casarme con la hija menor de esa familia —repetí, interrumpiéndolo con un tono que no admitía réplica.
El silencio en la gran sala se volvió absoluto, tan espeso que se podía cortar con un cuchillo. El fuego crepitaba a lo lejos como el único testigo de una decisión que alteraría el equilibrio de la región.
—Eso causará resistencia, mi señor —dijo Rhevan con sumo cuidado, recuperando la compostura tras unos segundos de shock—. El patriarca humano lleva años intentando asegurar un buen futuro para su hija mayor, buscando alianzas con familias de poder en la región. Jamás imaginó que pondríamos los ojos en su casa de esa manera.
—No me importa lo que haya planeado ese viejo miserable —repliqué, dando un paso al frente—. Sus planes terminan hoy.
—Intentarán ofrecerle a la otra —insistió Rhevan, intentando cubrir todos los flancos políticos—. Dirán que es más fuerte, más digna de parler al lado de un Alfa, que traerá honor y sangre pura a nuestra estirpe.
Sonreí apenas, un gesto frío y sin rastro de humor que curvó la comisura de mis labios.
—Entonces diles —respondí, sintiendo el peso de la autoridad absoluta caer sobre mis hombros— que no estoy pidiendo permiso. No es una negociación comercial.
Rhevan respiró hondo, asimilando la magnitud de la orden, y lentamente inclinó la cabeza en señal de sumisión.
—¿Desea que vaya personalmente a su puerta como enviado del palacio?
—Sí. Quiero que vayas al frente de la guardia de hierro —ordené, avanzando un paso más, dejando que mi presencia llenara cada rincón de la estancia—. Diles que su Alfa ha puesto los ojos en su hija menor. Que la quiere como Luna de esta manada. Y que esta no es una propuesta que puedan rechazar.
El lobo dentro de mí se calmó un poco, satisfecho, como si esa decisión hubiera sido inevitable desde el mismo instante en que ella apoyó su mano cálida y temblorosa sobre mi pelaje ensangrentado en medio del silencio del bosque.
—¿Y si se niegan por orgullo o miedo? —preguntó Rhevan, con una nota de advertencia en la voz.
Mi voz bajó una octava, volviéndose un murmullo letal que hizo eco en las paredes de piedra.
—Entonces aprenderán de la manera más dura lo que significa despreciar una orden directa mía. Nadie insulta lo que el Alfa ha reclamado.
Me giré con elegancia, dando la espalda al fuego y dispuesto a retirarme hacia mis aposentos privados para dejar que el peso de la noche terminara de asentarse.
—Una cosa más —añadí, deteniéndome antes de cruzar el dintel de la puerta—. Nadie, absolutamente nadie fuera de esta habitación, debe saber la verdadera razón por la que la quiero. No permitiré que ningún miembro del consejo use su vulnerabilidad en su contra. Quiero protegerla, sí... pero también haré pagar a ese hombre cada segundo de desprecio que le hizo pasar, Rhevan. Que sepa quién soy y qué pasa cuando se cruza en mi camino.
Rhevan asintió solemnemente, comprendiendo el trasfondo de mis palabras.
—Como ordene, Alfa. Se hará exactamente como ha dicho.
Cuando finalmente quedé solo en la oscuridad de mis aposentos, me acerqué lentamente y apoyé una mano contra la fría piedra de la pared. Cerré los ojos, buscando en la memoria los rasgos de su rostro entre la penumbra del bosque.
Aún no podía ver su cara con total nitidez.
Pero no lo necesitaba.
El lobo ya la había elegido para siempre.
Y el mundo entero, le gustara o no a los consejos o a los suyos, tendría que adaptarse muy pronto a esa verdad inquebrantable.
