Capítulo 6
¡Todos estos malditos visitantes no deseados!
—Dale una cita en el bar. Salgo enseguida. —
Con la situación en el sótano, no podía estar muy seguro de esta visita. Siempre estaban vigilando.
Cerré la puerta. —Antes de irme, necesito que hagas algo por mí — pidió Cora, y por un minuto, olvidé que ella estaba en la habitación.
- ¿ Qué pasa? - dije molesto y queriendo que se fuera de mi oficina.
- Sé que te gusta investigar los antecedentes de las personas, y anoche conocí a una chica... -
- Conociste a alguien AQUÍ anoche. - Con todo el FBI merodeando por ahí, tampoco podíamos estar muy seguros de a quién estábamos dejando entrar.
- Sí, en el bar y.… -
- ¿ Con quién estaba ella aquí? - La interrumpí una vez más.
—A eso me refiero. Ella dice que venía a una cita, pero él la dejó plantada .
-¿Cómo se llama?
-Renata Luján.-
Fui a mi escritorio con Cora siguiéndome y abrí el cajón. Saqué una libreta adhesiva y anoté el nombre: «Renata Luján» , repetí. La pegué al teclado para recordarlo.
- Le tomé una foto, si eso ayuda. - Iba a decirle que podía mirar las cámaras de seguridad, pero ella insistió y me mostró una foto en su teléfono.
La imagen era espontánea, pero sus rasgos eran evidentes. Era atractiva, de piel morena y ojos cristalinos, con pecas esparcidas por sus mejillas. Sus labios eran carnosos y brillantes, complementados por unas cejas pobladas y espesas, y un cabello castaño y rizado que caía en cascada por su espalda en un desorden salvaje.
—Qué lindo, ¿verdad? —dijo ella, apagando el teléfono y guardándolo en su bolso.
- Los agentes federales seguro que se están volviendo más guapos... - Arrugué la nariz con sorpresa.
- Mis mismos pensamientos, pero te asegurarás de que no sea así. -
-Lo soy -repetí levantando una ceja.
—Sí , pienso invitarla de nuevo al club para que podamos quedar, pero necesito un poco de información sobre ella antes de hacerlo. —Negué con la cabeza ante lo amigable que podía ser. Cora reconocía el riesgo de ser parte de este negocio, pero al menos sabía que no debía acercarse a alguien sin antes investigar sus antecedentes.
—Pasa por mi oficina antes de las nueve. Te lo traeré. —Le dije.
Cora se fue sin decir "adiós" ni "gracias", como era habitual en ella. Me quedé un rato en mi oficina, asegurándome de que mis asuntos estuvieran en orden. Limpié mi escritorio. Me gustaba que estuviera ordenado, sobre todo sabiendo que no volvería hasta un rato después.
Saqué mi pistola del escritorio. La llevaba conmigo sin importar la hora, el lugar ni el evento. Me dirigí a la puerta. Tomé mi chaqueta del perchero y cerré la puerta.
Desde mi oficina, pude ver quién estaba sentado en la barra. Esperaba a otra persona, pero una sonrisa se dibujó en mi rostro al reconocer una cara familiar.
—Agente Federal Julia Navarro, cuánto tiempo sin verte. —Hablé con una leve sonrisa, y ella me sonrió, lo cual era de esperar. Teníamos algo de historia juntas. Estaba en su lista de los más buscados, pero nunca pudo atraparme; llevábamos unos tres años jugando al gato y al ratón.
— ¿ Qué te trae por aquí hoy? — pregunté, tomando asiento a su lado en el bar, girando ligeramente mi silla para poder ver mejor su rostro.
Ella era una mujer bonita, pero su actitud de perra la hacía menos atractiva.
—Sabes por qué estoy aquí, imbécil —gruñó , y sentí la tensión. Llamarme por mi nombre era innecesario, pero no era raro en ella.
—¡No ! La verdad es que no. ¿Por qué no me cuentas? —dije , mientras le hacía señas al camarero para que me trajera algo de beber.
-Óscar Morales.-
- ¿ OMS? -
— ¡ No juegues conmigo! —gruñó , y tuve que contenerme para no reírme.
- Woah Agente, no estoy jugando, solo digo la verdad, - Levanté mi mano en defensa y ella gruñó, apretando el puño.
- ¡ Escucha, cabrón, sabes exactamente de quién estoy hablando! -
- Saint, es como tu tercero al mando y el Senador Longoria es quien te avisó que vendríamos por él y es por eso que lo moviste. -
- Lo siento, no me suena. -
- Debería arrestarte ahora mismo por albergar a un fugitivo e interferir en una investigación federal. -
—No sabes con seguridad si estoy escondiendo algo o a alguien, si no, me habrías arrestado. —dije con naturalidad.
—Adelante . —Crucé la muñeca frente a ella como para indicarle que me esposara. Ella solo los miró y puso los ojos en blanco.
Sabes , nadie me había hablado así nunca. Todos suelen estar tan nerviosos que se cagan encima ...
Me burlé: - Bueno, cuando no tienes nada que ocultar- -
—No , no, no. Tienes algo que ocultar. No tengo pruebas —me interrumpe.
—No hay nada que probar, agente Navarro .
-No lo creo.-
—Bueno , eso es culpa tuya. Eso no tiene nada que ver ...
—Me doy cuenta de que el senador te dijo algo. Lo sé, pero necesitamos pruebas —me interrumpió de nuevo, y entrecerré los ojos, una clara señal de que no estaba de humor para interrupciones.
- Y cuando hablamos con él, lo negó todo. -
—Es que no hay nadie que... —me interrumpió, con expresión firme—. Ya era la segunda vez, y no me hizo gracia. No sería la tercera.
- Sé que hiciste algo, pero eres inteligente... -
- Gracias. -
—Eso no fue un cumplido —dijo , mirándome con los ojos entrecerrados. Su tono destilaba sarcasmo, como si disfrutara de la tensión entre nosotros.
—Mmm , ¿cómo no iba a ser un cumplido ser inteligente? —repliqué , genuinamente desconcertado por su razonamiento. Era una pregunta retórica para cuestionar su perspectiva, pero me di cuenta de que tenía preparada la réplica.
—Porque la gente inteligente como tú siempre cree que se salió con la suya —replicó ella bruscamente—. Pero te alcanza... —Su voz tenía un peso ominoso, una amenaza velada que flotaba en el aire entre nosotros como un arma cargada.
—¿Qué va a hacer, agente Navarro? —lo desafié, inclinándome ligeramente hacia delante, probando los límites de nuestro enfrentamiento.
—Por ahora nada —respondió ella con voz firme pero con un toque de aspereza—. Pero ten por seguro que cuando llegue ese día... —hizo una pausa y dejó que sus palabras flotaran en el aire como una guillotina a punto de caer—. Voy a meterte tantas cargas por el culo que tus nietos no podrán respirar sin que un policía sepa cada uno de sus movimientos —terminó con expresión firme.
El peso de sus implicaciones se asentó en el espacio que nos separaba. Pude ver la férrea resolución en sus ojos, reflejo de su determinación. Allí estábamos, dos jugadores en un peligroso juego del gato y el ratón, cada uno consciente de sus propias estrategias y de lo que estaba en juego. Había emoción en la confrontación, una danza de intelectos que se desarrollaba con palabras en lugar de armas, al menos por el momento.
El teléfono volvió a sonar, revelando una voz desconocida.