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5. El Primer obstáculo.

Lucía se aclaró la garganta.—Ha surgido una reunión importante con el CEO de AmericanLiffe. Dice que quiere revisar contigo los detalles del contrato que firmaste recientemente con ellos.

Adriana levantó la cabeza, frunciendo el ceño.—¿Con ellos? Pensé que ese contrato ya estaba cerrado. Además, si era necesario, ¿por qué no vino directamente Aron, el director?

La asistente sonrió con cautela, sosteniendo sus notas como si fueran un escudo.—Al parecer, hubo un cambio en algunas cláusulas menores y el señor Blake quiere que se verifiquen en persona. Nada grave, pero ya sabes cómo son en estos niveles formales hasta en el último detalle.

Adriana suspiró, recostándose en el respaldo de su silla. No le gustaba que la sacaran de su rutina con reuniones improvisadas, y mucho menos a esa hora de la tarde. Sin embargo, la seriedad con la que Lucía lo planteaba la hizo dudar.—No estaba en mi agenda… —murmuró.

—Precisamente porque lo organizaron a último momento —insistió Lucía —Es una oportunidad, Adriana. El propio CEO quiere hablar contigo. Aron cree que es una señal de confianza hacia ti.

El orgullo profesional de Adriana se encendió. ¿Un CEO de la talla de Blake interesándose en su trabajo? Era extraño, sí, pero también representaba un punto a su favor dentro de la editorial. Y en un ambiente competitivo como ese, cualquier ventaja podía significar un ascenso o, al menos, reconocimiento.

Tras unos segundos de silencio, cerró la carpeta con un golpe suave.—Está bien. Iré.

La sonrisa de alivio de Lucía fue instantánea.—Perfecto. La reunión será en el restaurante Étoile Blanche. A las siete. Yo me encargo de la reserva.

El nombre sonaba a elegancia pura, y Adriana lo supo de inmediato tendría que presentarse impecable.

A las seis y cuarenta y cinco, Adriana llegó al lugar. El Étoile Blanche era un restaurante reconocido por su exclusividad, ubicado en la última planta de un edificio de vidrio que reflejaba las luces de la ciudad como un espejo de estrellas. El lobby la recibió con un aroma tenue a jazmín y la melodía suave de un piano.

El maître la condujo a una mesa central, estratégicamente ubicada bajo una lámpara de cristal que bañaba el lugar en un resplandor dorado. Adriana tomó asiento, dejando su bolso a un lado. Vestía una pollera recta negra con botones a un costado, que delineaba su figura con sobriedad; un cinturón fino que realzaba su cintura, y una camisa blanca impecable, cuyo contraste con el resto de su atuendo le daba un aire de autoridad serena.

Sacó su tablet y comenzó a revisar los archivos digitales del contrato. Deslizaba su dedo por la pantalla, subrayando mentalmente los puntos clave, convencida de que pronto se enfrentaría a una reunión convencional. Estaba tan absorta en sus notas que no se percató de un detalle crucial: el restaurante estaba vacío.

Lucía, fiel a las órdenes de Ethan, había reservado el lugar completo. No habría testigos, ni distracciones. Solo ellos dos.

A las siete en punto, el sonido de pasos firmes rompió la calma.

Ethan Blake apareció en la entrada del restaurante como si fuera dueño del edificio entero. Su imponente estatura, el corte preciso de su traje oscuro y la energía magnética que desprendía hicieron que incluso el maître bajara la cabeza con respeto antes de retirarse discretamente.

Los ojos de Ethan buscaron de inmediato la mesa donde debía estar ella. Y allí la vio.

Una mujer de porte elegante, absorta en su tablet, ajena al escenario que había sido dispuesto únicamente para ella. Adriana Torres.

Su mirada se endureció por un instante al recordar cómo esa misma mujer había tenido el atrevimiento de cortarle una llamada. Pero conforme se acercaba, descubrió que no estaba frente a alguien común había en ella una seguridad natural, una presencia que destacaba incluso en su silencio concentrado.

Adriana levantó la vista al sentir la sombra que se interponía entre ella y la luz. Sus ojos se encontraron con los de él, y en ese cruce de miradas el mundo pareció detenerse.

El aire se tensó.

Ethan habló primero, con voz grave y controlada:—Señorita Torres.

Adriana tardó apenas un segundo en reaccionar, pero cuando lo hizo se puso de pie con la compostura de alguien que no cede terreno.—Señor Blake. Un gusto conocerlo en persona.

La presentación fue breve, pero cargada de electricidad. Él inclinó la cabeza levemente, estudiándola con la precisión de quien evalúa un diamante. Ella sostuvo su mirada sin parpadear, consciente de que cualquier titubeo sería una concesión.

Ethan extendió la mano.—Me alegra que aceptara mi invitación.

Adriana dudó apenas, pero finalmente correspondió el gesto. Su apretón fue firme, aunque la calidez de su piel contrastó con la frialdad calculada de él.

—No suelo rechazar reuniones importantes —replicó ella, con un dejo de ironía.

Una sonrisa casi imperceptible se dibujó en los labios de Ethan.—Eso habla bien de su profesionalismo. Aunque en este caso, señorita Torres… —se inclinó un poco más, sin apartar la vista de la suya —La reunión es todo menos convencional.

Adriana sintió un escalofrío recorrerle la espalda. De pronto comprendió que había caído en una trampa cuidadosamente armada, y que ese encuentro no era sobre un contrato editorial, sino sobre algo mucho más grande.

Pero antes de que pudiera reaccionar, Ethan ya estaba tomando asiento frente a ella, como un jugador que acaba de mover su primera pieza en el tablero.

La tensión inicial se palpaba en cada gesto. Adriana, erguida y serena, intentaba ocultar el torbellino de preguntas en su interior. Ethan, por su parte, la observaba como un depredador que mide a su presa antes del ataque.

El primer obstáculo había sido superado ella estaba allí. Ahora, el verdadero juego apenas comenzaba.

El murmullo tenue del restaurante, casi inexistente debido a la privacidad que Ethan había dispuesto, se mezclaba con el sonido delicado de la lluvia golpeando los ventanales. Adriana mantenía la compostura, aunque cada segundo frente a ese hombre parecía poner a prueba su resistencia. Ethan Blake no era solo un nombre en el mundo empresarial; era una presencia que llenaba el aire, que obligaba a cualquiera a medirse consigo mismo antes siquiera de abrir la boca.

Cuando el camarero se retiró tras servir un vino tinto de reserva, Ethan se acomodó en la silla, cruzó una pierna sobre la otra y sacó de su maletín de cuero negro un sobre con bordes dorados. Lo depositó en la mesa con un gesto lento, casi teatral, mientras sus ojos grises se clavaban en ella con un brillo calculador.

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