CAPITULO2: DE LIMONADA A SALVAVIDAS: UNA NOCHE DE CONTRASTES 3/3
—Parece que nuestra amiga tiene problemas —comentó Eduardo, con el ceño fruncido.
La tensión en el ambiente aumentó considerablemente. Observé la escena con preocupación. La chica retrocedió un par de pasos, con una expresión de miedo en el rostro. El hombre, en cambio, avanzó hacia ella, con la mano levantada.
—Esto no me gusta —dijo Eduardo, poniéndose de pie—. Creo que deberíamos…
Antes de que pudiera terminar la frase, el hombre agarró a la chica del brazo con fuerza. Ella intentó zafarse, pero él la sujetó con más fuerza, apretando su agarre.
—¡Ya basta! —gritó Eduardo, comenzando a caminar hacia ellos a grandes zancadas.
Martín y yo nos miramos con preocupación y nos levantamos rápidamente, siguiéndolo. No podíamos permitir que la situación escalara a mayores. Cuando llegamos a donde estaban, Eduardo se interpuso entre el hombre y la chica.
—Oye, tranquilo, amigo —dijo Eduardo, con un tono de voz firme pero calmado—. No tienes que ponerte así.
El hombre, con la cara roja de furia, se giró hacia Eduardo.
—¿Y tú quién te crees que eres? ¡Esto no te incumbe!
—Sí me incumbe —respondió Eduardo, manteniendo la calma—. No voy a permitir que le hagas daño a nadie.
El hombre intentó empujar a Eduardo, pero este se mantuvo firme. En ese momento, Martín y yo nos pusimos al lado de Eduardo, formando una barrera protectora entre él, la chica y el hombre.
—Vamos, amigo —dijo Martín, con un tono conciliador—. Cálmate. Podemos hablar de esto.
El hombre nos miró con desprecio, pero al vernos los tres juntos, pareció pensárselo mejor. Soltó el brazo de la chica de mala gana y retrocedió unos pasos.
La chica nos miró con los ojos llenos de gratitud.
—Gracias —murmuró, con la voz temblorosa.
El hombre, aun visiblemente enfadado, nos dedicó una última mirada de odio antes de darse media vuelta y alejarse a grandes zancadas por la playa. La miré con detenimiento, preocupado. Parecía realmente afectada.
—¿Estás bien? —le pregunté, con sinceridad.
Ella asintió lentamente, pero sus ojos seguían vidriosos.
—Sí… gracias a ustedes.
Martín, siempre atento, le ofreció una sonrisa amable.
—No hay de qué. No podíamos quedarnos sin hacer nada. ¿Te gustaría unirte a nosotros? Estamos cenando aquí mismo. Quizás te vendría bien relajarte un poco.
La chica vaciló por un instante, mirando de Martín a mí y luego a Eduardo. Finalmente, asintió con una leve sonrisa.
—Gracias. Me encantaría.
La acompañamos de vuelta a nuestra mesa. La tensión anterior se había disipado, reemplazada por una atmósfera de preocupación y alivio. Al sentarnos, Eduardo hizo un gesto hacia las sillas vacías que había a nuestra mesa.
—Siéntate con nosotros.
Mientras cenábamos, la conversación fluyó con más naturalidad. La chica parecía más relajada, aunque aún se notaba que estaba un poco nerviosa. Hablamos de cosas triviales, intentando evitar el tema del incidente.
—¿Y vives por aquí cerca? —preguntó Martín, con naturalidad.
—No muy lejos —respondió ella, con una sonrisa tímida.
—Quizás deberíamos acompañarte a casa —propuso Martín—. No queremos que te encuentres de nuevo con ese tipo.
La chica lo miró con sorpresa, pero luego asintió con gratitud.
—Sería… muy amable de su parte.
Al terminar la cena, la acompañamos hasta su casa. Al llegar, vimos a dos personas mayores esperándola en la puerta. Sus rostros se endurecieron al vernos llegar con ella. Intercambiaron miradas de desaprobación y nos dirigieron algunas palabras en un dialecto que no entendí, pero por el tono, supe que no eran precisamente halagos.
La chica nos miró con una expresión apenada.
—Lo siento —dijo en voz baja—. Son mis padres. No les gusta que hable con extraños.
—No te preocupes —dijo Martín—. Lo entendemos.
Nos despedimos de ella con una sonrisa y nos alejamos.
Al día siguiente, mientras desayunábamos en el restaurante del hotel, la vi de nuevo. Se acercó a nuestra mesa con una expresión mucho más relajada.
—Buenos días —dijo con una sonrisa sincera.
—Buenos días —respondí, sorprendido de verla tan diferente.
—Quería agradecerles de nuevo lo de anoche —dijo—. Y también disculparme por mi comportamiento anterior. No debí comportarme así con ustedes.
—No te preocupes —dije—. Todos tenemos malos momentos.
—Y… quería presentarme formalmente —dijo, sonriendo—. Me llamo Alejandra.
Abrí los ojos con sorpresa. ¡Tenía el mismo nombre que mi hermana!
—Vaya coincidencia —comentó Martín con una sonrisa.
—Sí, es… curioso —dije, sintiendo una extraña sensación en el estómago.
—¿Por qué esa cara? —preguntó mi hermana Alejandra, notando mi expresión.
—Es que… ella se llama igual que tú.
Alejandra abrió mucho los ojos, soltando una pequeña exclamación de sorpresa.
—¡Qué casualidad!
—Sí, una gran casualidad —dijo Martín, con una sonrisa pícara—. Casi como si estuviera… predestinado.
Alejandra, la mesera, se rió ante el comentario de Martín.
La conversación continuó fluyendo con naturalidad. Sin embargo, noté que Eduardo parecía particularmente atento a Alejandra. Sus ojos la seguían con una intensidad que me resultó un poco extraña. Incluso le hizo algunas preguntas más personales de lo que me pareció apropiado, preguntándole sobre sus estudios y sus planes a futuro.
—¿Y esas personas de anoche eran… tus padres? —pregunté, intentando ser discreto.
Alejandra asintió, con una expresión que mezclaba cariño y resignación.
—Sí. Son un poco… protectores.
Alicia, que también había notado el interés de Eduardo, frunció ligeramente el ceño. Después de que Alejandra se alejara un momento para atender otra mesa, Alicia se inclinó hacia Eduardo y le susurró con un tono de voz cargado de sarcasmo:
—Qué interesante se ha puesto la conversación, ¿no? Espero que tu novia, la que está a kilómetros de aquí, esté disfrutando igual de sus vacaciones.
Eduardo se sonrojó levemente y apartó la mirada.
—No seas paranoica, Alicia —respondió, con una sonrisa nerviosa—. Solo estoy siendo amable.
—Claro, amable —repitió Alicia, con una ceja arqueada—. Muy amable. Diría yo.
Martín, que había estado observando la escena con una sonrisa divertida, intervino con un tono conciliador:
—Vamos, chicas. No saquemos las cosas de contexto. Es una chica simpática.
Alicia suspiró, pero su expresión seguía siendo de desconfianza.
—No lo sé, Martín. Algo en ella no me termina de convencer. Además, después de lo de ayer… no me fío.
Yo, por mi parte, intenté mantenerme al margen de la conversación, aunque me preocupaba la tensión que se estaba generando entre Alicia y Eduardo. Entendía la desconfianza de Alicia, pero también creía que Alejandra se había disculpado sinceramente. Sin embargo, después de la escena que presencié la noche anterior, yo también tenía ciertas dudas. ¿Quién era realmente Alejandra? ¿Qué le pasaba con ese hombre? Y, sobre todo, ¿por qué me resultaba tan difícil sacármela de la cabeza?
