CAPITULO2: DE LIMONADA A SALVAVIDAS: UNA NOCHE DE CONTRASTES 2/3
La noche transcurrió sin mayores incidentes, pero la imagen de la chica discutiendo con ese hombre me persiguió durante toda la noche. A la mañana siguiente, bajé al restaurante del hotel para desayunar. Martín y Eduardo habían quedado en bajar más tarde, así que decidí adelantarme. Para mi sorpresa, la vi allí, trabajando como si nada hubiera pasado. Estaba atendiendo mesas con una sonrisa amable, como si la noche anterior no hubiera existido. Me extrañó no haberla visto antes en el hotel. Era un lugar pequeño, y me habría llamado la atención una mesera con esos ojos verdes. Me senté en una mesa cerca de la ventana, con la esperanza de disfrutar de un desayuno tranquilo y quizás, con suerte, despejar mi mente.
Unos minutos después, se acercó a mi mesa. Su sonrisa amable se desvaneció al verme, reemplazada por una expresión neutra, casi de indiferencia.
—Buenos días —dijo con un tono de voz monótono.
—Y nos volvemos a encontrar —dije con una sonrisa forzada, intentando aligerar el ambiente—. Creí que no te volvería a ver nunca más. Por favor, esta vez no me tires el café… o lo que sea que tengas en esa bandeja.
Una sombra de irritación cruzó su rostro, aunque intentó disimularla con una sonrisa tensa.
—No se preocupe, tengo suficiente práctica derramando cosas "accidentalmente" —respondió con un tono sarcástico que no pasó desapercibido.
Sentí una punzada de molestia ante su comentario. Estaba claro que no iba a dejar pasar lo sucedido.
—Mira —dije, intentando mantener la calma—. Lo de hace unos días fue un accidente, ¿sí? Un malentendido.
—¿Un accidente? —repitió, con una ceja arqueada—. Un accidente que involucró tocamientos inapropiados y una bofetada. Sí, suena muy accidental.
—El roce fue un accidente —insistí—. Y la bofetada… bueno, eso fue una reacción a tu… a tu propia bofetada.
Sus ojos verdes brillaron con intensidad.
—Así que ahora la culpa es mía, ¿no? —preguntó, con la voz cargada de sarcasmo.
—No estoy diciendo eso —respondí, sintiéndome cada vez más frustrado—. Solo digo que las cosas se salieron de control.
—Sí, se salieron de control porque tú me agrediste —me interrumpió, con un tono de voz más elevado, atrayendo algunas miradas de otras mesas.
Bajé la voz, intentando evitar un nuevo escándalo.
—Por favor, hablemos de esto en otro momento —susurré—. No quiero armar un show aquí.
Ella soltó una risita amarga.
—¿Y cuándo sería un buen momento? ¿Cuándo me vuelvas a “tocar accidentalmente”?
La conversación se había vuelto un callejón sin salida. Sus palabras me hirieron y me enfurecieron, pero al mismo tiempo me sentía culpable por lo que había pasado. Justo en ese momento, como enviados del cielo «o del infierno, dependiendo de cómo se mire», aparecieron Martín y Eduardo, buscando nuestra mesa.
—¡Jason! ¡Aquí estás! —exclamó Martín, con su habitual entusiasmo.
Eduardo, bostezando, se dejó caer en la silla frente a mí.
—Uf, creo que nos levantamos muy temprano. Mala idea la de ir a ver a los delfines, Jason.
Martín, al notar la tensión entre la mesera y yo, frunció el ceño.
—¿Todo bien por aquí? —preguntó, mirando a la chica con una sonrisa educada.
—Todo perfecto —respondí con sarcasmo, sin apartar la mirada de la mesera.
Ella, por su parte, les dirigió una sonrisa forzada, intentando disimular la tensión.
—¿Qué les ofrezco? —preguntó con profesionalismo fingido.
Martín, con su habitual tacto, intentó resolver la situación con una pizca de humor.
—Bueno, viendo el… dinamismo que hay por aquí, creo que preferiríamos a otra mesera, si fuera posible. No queremos causar más… accidentes.
La chica apretó los labios, pero antes de que pudiera responder, dirigió una mirada rápida y calculada al resto del restaurante. Su mirada recorrió las pocas mesas ocupadas, la barra semivacía y la entrada, deteniéndose por un instante en la puerta que daba a la cocina. Luego, suspiró con una resignación que parecía estudiada.
—Lo siento —dijo con un tono cortante, pero con una ligera inflexión que insinuaba que no había otra opción—. Soy la única mesera disponible en este momento. ¿Qué van a pedir?
Eduardo, con una sonrisa pícara, me codeó disimuladamente.
—Sí, Jason. Definitivamente una mala idea lo de los delfines. Parece que hoy te persigue la… mala suerte.
Martín lo miró con una ceja alzada, pero luego soltó una risita. La tensión inicial en el desayuno se disipó gradualmente, gracias a los esfuerzos de Martín y Eduardo por aligerar el ambiente. Sin embargo, la presencia de la mesera seguía siendo un recordatorio constante del incómodo incidente. Terminamos de desayunar con una mezcla de alivio y cierta incomodidad persistente.
El resto del día transcurrió según lo planeado. Fuimos a nadar en un cenote cercano, exploramos ruinas mayas y disfrutamos de un paseo en barco al atardecer. Intentaba relajarme y disfrutar de las vacaciones, pero la imagen de la mesera y la discusión con el hombre en la calle seguían rondando por mi cabeza. Me preguntaba qué le habría pasado después, si estaría bien.
Por la noche, decidimos cenar en el restaurante del hotel, pensando que sería lo más conveniente. Al entrar, busqué con la mirada a la mesera, con una mezcla de curiosidad y aprensión. No la vi por ningún lado. Me sentí aliviado, pero al mismo tiempo una extraña sensación de vacío me invadió.
Nos sentamos en una mesa en la terraza, con vistas a la playa iluminada por la luna. La brisa marina era agradable y el ambiente era tranquilo. La cena transcurrió con normalidad, entre conversaciones animadas y risas. El sonido de las olas rompiendo suavemente en la orilla se mezclaba con la música ambiental del restaurante del hotel. La brisa marina acariciaba mi rostro mientras disfrutaba de una agradable conversación con Martín y Eduardo en la terraza al aire libre. La cena transcurría con tranquilidad, lejos de la tensión que había marcado el desayuno.
De repente, un grito interrumpió la calma. Provenía de una zona más apartada de la terraza, cerca de la barandilla que daba directamente a la playa. Dirigimos nuestras miradas hacia allí y vimos a la mesera, la chica de los ojos verdes, discutiendo acaloradamente con un hombre. No podía escuchar lo que decían, pero sus gestos eran cada vez más agresivos. El hombre parecía estar visiblemente alterado, gesticulando con los brazos y acercándose demasiado a ella.
