Capítulo 1.2
No hubo ese dolor agonizante del primer despertar. No hubo crujir de huesos ni el glorioso desgarro de la carne transformándose. Lo que hubo fue un frío glacial que nació en mi columna vertebral y se extendió como escarcha por cada rincón de mi ser, apagando el fuego inicial. Un silencio absoluto que se apoderó de mi mente. No escuché el aullido de un lobo, tampoco la voz de mi otra mitad, solo un canto bajo, casi inaudible, celestial y antiguo que parecía venir de las estrellas.
Conviértete en lobo. ¿Por qué no sales? Haz el puto favor de convertirte en lobo o te juro que…
Que nada. Mi interior se mantenía tal cual, no había nada abriéndose paso desde dentro, no escuchaba a esa voz en mi cabeza, ni una loba que se estuviera presentando ante su lado humano. Mi cuerpo se negaba a obedecer. Levanté la vista al cielo, pero la supuesta fuerza de atracción de la luna llena apenas me provoca un leve cosquilleo, esa simple sensación de cuando se te duerme una extremidad.
Tras un débil quejido, cerré nuevamente mis ojos, tratando de invocar mi despertar.
—¿Qué demonios ocurre? —la voz de Mako, cargada de impaciencia, rompió el trance en el que estaba sumergida—. ¡Transfórmate, maldita sea!
Su rugido retumbo por todo el espacio. Agarró mi cabello violentamente, obligándome a mirarlo. Su voz salió aguda, una mezcla de genio y desdén.
—¿Te atreves a desafiarme, maldita perra? ¿Pensaron que podían jugar conmigo? Prometieron una luna, no una loba que ni su trasformación es capaz de lograr.
—No puede ser… Esto debe ser un error —escucho a mi padre murmurar.
De repente, otra ola de calor sacudió mi cuerpo, haciéndome caer de rodillas contra el suelo. Apoyé mis manos en la tierra, sintiendo la lucha interna que me estaba destrozando. Avalanchas de frío y fuego me golpean por minutos, antes de detenerse por completo.
Mako dio un paso atrás, su rostro contorsionándose de la fascinación al asco.
—No se ha transformado —dijo alguien entre la multitud—. ¡Es una humana! ¡Una aberración!
—Peor que eso —escupió Mako, viendo cómo los ojos de Valkiria se tornaban de un azul zafiro tan profundo que parecían gemas—. Es una maldecida por la diosa. Un error genético. ¿Me has ofrecido una hembra defectuosa, Alfa Zeus?
No me había transformado. Seguía en mi forma humana, pero algo se había roto para siempre; lo sentía muy dentro de mí. Abrí los ojos, agitada, confundida; sin poder entender el jadeo colectivo que recorrió el anfiteatro. Me observé en la fuente lunar, quedándome estática por largos minutos. Mis ojos se expandieron ante el reflejo que veía frente a mí. El azul zafiro se volvió traslucido, como el cristal de un glaciar. Mis manos no tenían garras; en su lugar, mis venas brillaban, por instantes cortos, con una luz plateada bajo la piel. Mi cabello, antes negro como el ala de un cuervo, comenzó a decolorarse desde la raíz, transformándose en un rubio platino tan brillante que parecía emitir luz propia.
—¿Madre? —logré susurrar, buscando su mirada.
Ella estaba pálida, con las manos sobre la boca.
—¡Esto no es una Luna! —gritó Mako, señalándome con asco—. ¡Es una aberración! ¡Un error de la naturaleza!
Se acercó a mí, pero no con compasión, sino con una furia desatada por la humillación. Me agarró nuevamente del cabello, ahora plata, obligándome a mantenerme de rodillas sobre la piedra fría.
—Me prometiste una Alfa, una Luna fuerte y sumisa; y me entregas a una mutante sin loba —le espetó con roña a mi padre, quien retrocedió como si yo fuera un monstruo.
Me recorrió de arriba abajo con la mirada, como evaluando mi utilidad: esclava, abono para la tierra, incubadora de crías, caldo de huesos…
Puto cabrón.
La voz furiosa de Connor Silberio interrumpió a su hijo, aumentando la tensión.
—No es una aberración. ¿Nos trajiste una loba maldita? Ese color de cabello es un rasgo de la Manada Ocaso Blanco. Un linaje aniquilado y extinguido desde hace décadas. ¿Qué mierdas significa esto? ¿A qué estás jugando, Zeus?
Mi padre se giró hacia mi madre, levantándola en el aire con un agarre fuerte en su cuello.
—¡¿Qué es esto?! —su voz tronó con una decepción que me rompió el alma— ¡Respóndeme zorra! ¿De quién coño es este adefesio? ¡¿Dejaste que otro hombre tocara lo que es mío?! ¿Me hiciste criar por años, como mi hija, a una perra bastarda?
—¡No es una mutante… mucho menos una vergüenza! —gritó mi madre, tratando de zafarse de su agarre brutal— ¡Es tuya, Zeus! ¡Lo juro! ¡No sé qué está pasando! —sollozó.
Mi cabeza estaba a punto de explotar, cada palabra me golpeaba como un mazo y las preguntas se acumulaban en mi mente. ¿Por qué mi loba no despertó? ¿Zeus realmente no es mi verdadero padre? ¿Por qué mi cabello y ojos cambiaron? ¿Qué me está sucediendo? ¿Qué pasará ahora?
El caos estalló en segundos. La violencia llenó el espacio. Mako me propinó una bofetada que me envió al suelo. El sabor de la sangre inundó mi boca, haciéndome escupir.
Él se giró hacia su padre, con una sonrisa sádica formándose en sus labios.
—Si no sirve para ser mi luna —dijo, mirando mis ojos con un odio renovado—, servirá para entretener a la bestia. La llevaré a la infame Arena. Si es tan ¨especial¨, que intente sobrevivir a lo que vive en las sombras.
La rebeldía comenzó arder en mi interior. Un rugido se formó en el fondo de mi garganta. No me sometería tan fácilmente. Mi loba no habría despertado, pero yo no cedería. Lucharía hasta el final.
—¿Te crees ruda, bastardita? —cuestionó, burlonamente.
—¡Basta ya, Mako! Por tradición, en nuestra manada matamos a los débiles. Nos deshacemos de los defectuoso —sentenció Alfa Connor—. Es hora de acabar con ella.
La desesperación se apoderó de mí mientras buscaba la mirada de mis padres, pero Zeus ni me miró, estaba concentrado en desquitar su ira con mi pobre madre, mientras ella luchaba por venir a mi rescate.
—Ya no es una novia, Silbeiro. Tampoco es una Thorne —dijo con voz de piedra, quien hasta este preciso momento había creído que era mi progenitor—. Es una bastarda. Es de tu propiedad. Haz con ella lo que desees.
Mako me arrastró, sosteniéndome del cabello plateado.
—Oh, perfecto. No la mataremos, padre —dijo, con una sonrisa perversa, dirigiéndose a su progenitor—. Mi arena necesita carne nueva.
Me estremecí entera. No tenía ni puñetera idea de a que se refería con la tan mencionada Arena, pero mi sexto sentido tenía la certeza de que nada bueno era.
Mi madre forcejeaba con mi padre, intentando librarse de sus garras para venir a interponerse entre mi desgraciado destino y yo, pero él, cegado por la humillación ante el consejo de Alfas, la tumbó de un golpe. La acusación de "bastardía" volaba por el aire como una flecha envenenada.
Alcé mi vista al cielo, preguntándome que había hecho mal. ¿Por qué mi loba rechazaba mi presencia? ¿Por qué el día más importante de mi vida tenía que convertirse en un infierno? ¿Qué habíamos hecho mal? ¿Si me llevaban a la fuerza, que pasaría con mamá? La luna de sangre colgaba sobre el territorio de la Manada como una sentencia de muerte. Para mí, esa noche debía ser el inicio de mi reinado; en cambio, se convirtió en la sentencia de mi derrota.
El ultimo sonido que llegó a mis oídos fue el grito desgarrador de mi madre, antes de que el silencio reinara por completo; haciéndome entender que, mi vida… como la conocía, ya no existía. Y que mi pesadilla solo estaba comenzando.
