Capítulo 1.1
Salimos de nuestra mansión, el aire de la noche estaba cargado de olor a tierra húmeda y pino, y los únicos sonidos eran mi propia respiración entrecortada por los nervios y los murmullos lejanos de las conversaciones de las personas a nuestro alrededor.
Mi padre iba con paso decisivo; espalda recta, mirada fría e imponente. Su autoridad no nacía del respeto, sino del miedo que arraigaba en la manada. Mi madre, a su lado, iba con esa actitud sumisa que había aprendido a manejar sin cuestionar. Mientras, yo, permanecía un paso detrás de ellos. Mi pulso se aceleraba cada vez más, a medida que nos acercábamos.
Miré hacia atrás cuando estábamos a punto de llegar al lugar donde todos nos esperaban y tuve que contener el llanto. No quería que mi ceremonia fuera un peón en el juego de poder de mi padre. No deseaba aceptar un esposo que no fuera mi propia elección. Me negaba a unir mi vida y alma a un lobo que a leguas se veía que era cruel y salvaje, de esos que les gustaba imponer su violencia a diario. Veía la luz de las antorchas parpadeando entre los árboles, el resplandor anaranjado que los hacia parecer sombras monstruosas que se acercaban sigilosamente con cada paso que daba, para llevarme y tenerme como prisionera.
Solté un gran suspiro cuando llegamos al Gran Salón. Este apestaba a testosterona, vino de bayas y la densa expectación de dos manadas unidas por un contrato matrimonial. Era un espectáculo de hipocresía y apariencias. Mientras yo me desmoronaba por dentro, ellos reían y celebraban como si el mundo se fuera a terminar al día siguiente. Largas mesas de madera tallada crujían bajo el peso de la carne asada y el vino, mientras guerreros de la manada Luna Carmesí reían con una estridencia que helaba la sangre.
En cuanto cruzamos el umbral sentí la mirada penetrante del Alfa Connor Silbeiro. Me observa como si evaluara un territorio a comprar, no a la persona que sería su nuera y la nueva luna de su manada. Sentado, a su lado, estaba Mako: su hijo y mi compañero por un acuerdo entre nuestras manadas. Tenía su cabello, de un rojo oxidado, peinado hacia atrás. Sus ojos, de un ámbar enfermizo, estaban fijos en mi con una mezcla de lujuria y posesión. Me miraba como un coleccionista mira a una pieza de porcelana que planea poner a prueba, no como su futura Luna. En ese instante me pregunté cómo sería mi vida si no hubiera nacido con la carga de ser la heredera del Alfa Zeus. ¿Qué sucedería al encontrar a tu pareja predestinada y aceptar el lazo entre nuestras almas? ¿Cómo se sentiría esa sensación de verse por primera vez? ¿Cómo sería percibir la atracción inevitable del lazo? Mi cabeza era un cuestionario al que nunca podría darle respuestas. Esas preguntas eran un sueño que nunca lograría cumplir, una vida que no me era posible experimentar, ya que mi destino estaba decidido desde que nací.
Me tocó sentarme al otro lado de quien sería mi esposo y compañero, tan cerca que podía sentir el calor irradiando de su cuerpo.
—Estas muy callada, mi mariposita Thorne —dijo Mako, deslizando un dedo por el borde de su copa—. Tu padre me prometió una loba obediente, complaciente y de fuego, no una muda estatua de hielo. Espero que solo estés guardando toda la energía para cuando la luna este en su punto más alto, porque luego, tu y yo vamos a divertirnos mucho.
Su mano bajó y apretó mi muslo por debajo de la mesa. Sus dedos se clavaron con una fuerza innecesaria, marcando mi piel a través de la seda. Mi padre, sentado frente a nosotros, brindaba con Connor, ignorando deliberadamente el brillo de pánico en mis ojos. Para él, yo solo era una moneda de cambio para asegurar sus fronteras y aumentar sus riquezas.
—Mi hija es… reservada —intervino mi madre desde el otro extremo, con la voz tensa. Pero siempre pendiente de mis incomodidades—. Es un momento sagrado para ella, Mako. El despertar no debe tomarse a la ligera. Es un antes y un después para una loba.
Mako soltó una carcajada seca y se inclinó hacia mí, invadiendo mi espacio personal. Su aliento olía a vino especiado y algo metálico que asqueaba mi olfato.
—No me importa tu silencio —susurró solo para mis oídos, mientras sus ojos ámbar brillaban con una malicia enferma—. Me importa lo que pasará cuando seas mía. Yo te enseñaré lo que es pertenecer a un verdadero Alfa.
Me obligue a no apartar la mirada, aunque sentía que el amuleto que mi madre había escondido en mi pecho quemaba contra mi piel. En ese momento, las campanas de la torre de piedra comenzaron a repicar, interrumpiendo su conversación y salvándome de esa incómoda interacción. El sonido vibró en mis huesos, haciendo que un escalofrió recorriera todo mi cuerpo.
—La hora ha llegado, pequeña loba —susurró Mako, su aliento caliente rozándome el oído—. Muéstrale al mundo que eres digna de llevar mi marca.
Nos dirigimos al Círculo de la Luna, un anfiteatro natural de piedra blanca rodeado por el bosque frondoso y con un pequeño lago natural que reflejaba el cielo estrellado. El aire era gélido, pero yo sentía una fiebre que me consumía por dentro y que no sabría cómo explicar.
La manada entera observaba desde las sombras mientras yo me retiraba la capa que cubría mi vestimenta. Enseguida el aire frío rozo mi piel, haciendo que mis pezones se endurecieran bajo la delgada seda de mi vestido y atrayendo la atención de mi compañero.
—Deliciosa —murmuró Mako, su mirada devorándome de pies a cabeza. Sus palabras me enviaron una corriente desagradable por toda mi columna vertebral, pero mordí mi labio reprimiendo el impulso de retroceder.
Estaba de pie en el centro del estrado, siendo el foco principal de todos los presentes. Frente a mí, Mako Silbeiro sonreía. Era una sonrisa que no llegaba a sus ojos ámbar, una expresión de posesión pura. El chamán dio un paso al frente, alzando un puñal para el ritual de unión que se realizaría junto a mi transformación.
—¡Valkiria Thorne! —rugió— ¡Hija del invierno, sangre de nuestra sangre! ¡Heredera de la Luna Sombría! Hoy con la Luna de testigo y la Diosa Selena bendiciéndonos con el despertar de una Alfa-Luna. ¡Invoca a la bestia que duerme en tus venas! ¡Transfórmate y reclama tu lugar junto al heredero Carmesí!
Mako gruñó, encendiendo mi interior. El canto del chaman y sus seguidoras fue aumentando de volumen. La luz de la luna se intensificó, calentando mi piel como el sol en pleno verano. Cerré los ojos, buscando en mi interior ese calor ancestral, ese rugido que todo licántropo siente al cumplir los veinte años. "Despierta", suplico en mi mente. "Rompe la piel, deja salir al animal".
El dolor surgió a través de mí, debilitando mis piernas y haciendo que la temperatura de mi cuerpo se elevara. Me preparé para el dolor familiar de los huesos rompiéndose que tanto me había explicado mamá; para experimentar el estiramiento de los músculos y ver el pelaje marrón oscuro de los Thorne. Pero no llegó.
