Capítulo 3
No lloré por la foto.
Vomité, que me pareció más sincero.
Al quinto día, el ático de Roman ya tenía su propio ritmo. Su ama de llaves, Nadia, una rusa de sesenta años con antebrazos de panadera y ojos de halcón, decidió la segunda mañana que yo le pertenecía.
—Demasiado delgada —anunció, plantándome delante un cuenco de gachas de trigo sarraceno—. Come. El bebé necesita.
Me quedé helada.
—¿Quién te lo ha dicho?
—A Nadia nadie dice. Nadia ve. —Me dio unas palmaditas en la mejilla—. Además, hueles tostada y sales corriendo. Muy obvio.
Me daba de comer cada tres horas. Me dejaba galletitas saladas en la mesilla. Cuando lloré en el lavadero el cuarto día, no me preguntó por qué. Se puso a doblar toallas a mi lado tarareando una canción que le cantaba su madre.
Era la primera vez en tres años que alguien se quedaba en la habitación mientras yo me hacía pedazos.
A Roman apenas lo veía.
Se iba antes del amanecer y volvía mucho después de anochecer. Pero las pequeñas cosas no dejaban de aparecer.
Un bote de vitaminas prenatales en la bandeja del desayuno. La marca correcta. La que habría elegido mi ginecóloga.
Un montón de revistas de enfermería en la biblioteca. Mi antigua especialidad. Medicina de urgencias.
Unas zapatillas calentitas junto a mi puerta, después de una noche en que crucé descalza los suelos de mármol.
Nunca lo vi dejar nada.
El sexto día, por fin lo pillé en la cocina a medianoche, bebiendo café solo delante de una hoja de cálculo.
—Gracias —le dije—. Por las zapatillas.
No levantó la vista.
—Fue idea de Nadia.
—Nadia dice que fue tuya.
Una pausa.
—Nadia habla demasiado.
—Nadia —dijo una voz desde el pasillo— lo oye todo.
Roman cerró los ojos. Y durante un segundo, el hombre más temido de Chicago pareció un hijo muy cansado.
Me reí. Me reí de verdad. Nos sobresaltó a los dos.
Entonces sí levantó la vista. Me miró de verdad. Algo cálido se movió detrás de aquel gris.
Luego volvió a su hoja de cálculo, yo volví a la cama, y me dije que el corazón me latía deprisa por culpa de las hormonas.
El séptimo día, las fotos se hicieron públicas.
Nico y Bianca en una subasta benéfica. La mano de él en la parte baja de su espalda. La cabeza de ella en su hombro. La sección de sociedad del Tribune la llamaba «el primer amor de Castellano, por fin en casa».
Nadie mencionaba a su esposa.
Nadie preguntaba dónde estaba yo.
El décimo día, Nico por fin llamó.
Yo estaba junto a la ventana cuando sonó el móvil, y todo mi cuerpo me traicionó. Se me disparó el pulso. La mano se me fue al vientre. Pensé: ya está. Viene a por mí. Lo siente. Le hablaré del bebé y él…
—Aria. —Su voz era seca. Profesional—. Necesito que hagas algo por mí.
—Nico, tengo que decirte…
—Mi abogado ha enviado unos documentos al despacho de Sokolov. Papeles de anulación. Necesito que los firmes.
El suelo se inclinó.
—¿Qué?
—Es estrategia. Como mi esposa, eres una baza. Sokolov puede seguir subiendo el precio. Si no estamos casados, no vales nada para él. Te soltará antes. Es para protegerte.
No vales nada.
Lo dijo con una facilidad pasmosa.
—¿Y después? —susurré—. Cuando sea libre, ¿volveremos a casarnos?
Silencio.
Y entonces, de fondo, suave y adormilada:
—¿Nico? Vuelve a la cama, que hace frío.
Tapó el teléfono. Demasiado tarde.
—Tengo que colgar —dijo—. Firma los papeles, Aria. Confía en mí.
Se cortó la línea.
Confía en mí.
Me quedé allí mucho tiempo. Luego fui al despacho de Roman, donde un sobre grueso con el sello del abogado de los Castellano esperaba sobre el escritorio. Roman estaba allí. Me vio coger el bolígrafo y no dijo ni una palabra.
Firmé todas las páginas.
Aria Castellano, de soltera Moore, acepta la disolución de…
La mano no me tembló ni una sola vez.
—Aria —dijo Roman en voz baja—. No tienes por qué hacerlo esta noche.
—Sí, tengo que hacerlo.
Volví a mi habitación. Cerré con mi llave. Me tumbé en la cama, me hice un ovillo alrededor del vientre y, por fin, por fin, me permití llorar a gritos.
Algo se retorció en lo más bajo de mi vientre.
Un calambre agudo, profundo.
Luego otro.
Me incorporé.
Había sangre en las sábanas.