CAPÍTULO | 01
VIERNES 13, MARZO, 2020
PARÍS, FRANCIA.
MILA LEBLANC.
El cansancio todavía me pesaba sobre los párpados cuando abrí los ojos. Gruñí en voz baja al oír de nuevo el sonido agudo de la alarma que había programado la noche anterior. Alargué el brazo a ciegas hacia la mesita de noche, tanteé la superficie con la palma hasta rozar la pantalla fría del teléfono y, con los ojos casi pegados por el sueño, deslicé el dedo para acallar el ruido de una vez. Ya eran las siete y mi cuerpo pedía cinco minutos más, aunque sabía que no me los podía dar: a las nueve empezaba la conferencia en el auditorio, y no pensaba llegar tarde. Me quedé inmóvil sobre el colchón, parpadeando despacio contra la luz suave que entraba por la ventana, hasta enfocar la vista en las molduras del techo de mi habitación. Estiré los brazos por encima de la cabeza, disfrutando del tirón placentero que me recorrió los hombros y la espalda, y finalmente reuní el valor suficiente para apartar las sábanas de un tirón y sentarme en la orilla de la cama.
El piso de madera estaba helado bajo mis pies descalzos en cuanto me puse de pie. Un escalofrío me erizó la piel mientras caminaba a paso lento hacia el baño contiguo. Entré, empujé la puerta hasta cerrarla con un chasquido suave y me tomé unos segundos para despabilarme antes de acercarme al lavabo. Tomé mi cepillo de dientes del vaso de cristal donde lo había dejado la noche anterior, le puse un hilo de pasta dental y empecé a cepillarme con movimientos perezosos, todavía medio dormida, mirando mi rostro en el espejo sin registrar del todo las facciones que me devolvían la mirada. Me enjuagué la boca con un poco de agua, escupí en el lavabo y me sequé los labios suavemente con una toallita limpia.
Acto seguido, me quité la camisa que usaba de pijama junto con la ropa interior, doblé las prendas sin mucho esmero y las dejé dentro de la cesta de ropa sucia que descansaba en la esquina. Abrí la puerta de cristal de la ducha y dejé correr el agua, esperando a que alcanzara la temperatura adecuada. Me metí bajo el chorro y dejé que el agua caliente me golpeara los hombros durante unos minutos antes de moverme, disfrutando ese calor reconfortante que terminaba de despertarme del todo. Me enjaboné el cuerpo y me lavé el cabello con calma, con mi jabón y champú favoritos, y ajusté la llave hacia el agua fría justo antes de salir, para reactivar la circulación.
Cerré la llave una vez que sentí que el sopor matutino había quedado completamente atrás. Tomé la toalla grande del perchero metálico para envolver mi cuerpo y usé otra más pequeña para escurrir el exceso de humedad de mi melena, frotando con cuidado los mechones antes de colgar la toalla pequeña de nuevo en su lugar. Salí del baño dejando marcas húmedas a mi paso hacia el peinador. Abrí el cajón inferior del tocador, saqué la secadora junto con un cepillo redondo de cerdas naturales y la enchufé en el tomacorriente.
Encendí el aparato en la máxima potencia y pasé el cepillo mechón por mechón, sosteniendo el calor a una distancia segura hasta que el rubio natural de mi cabello recuperó ese brillo suave que tanto me gustaba, cayendo liso y suelto sobre mis hombros. Me detuve un momento frente al espejo, observando mi propio reflejo con detenimiento: el ojo izquierdo de un azul claro y el derecho de un verde intenso me devolvían la mirada, esa heterocromía que de niña me hacía sentir extraña y que ahora, con los años, había aprendido a mirar con cariño y orgullo.
Aún envuelta en la toalla, abrí de par en par las puertas del armario en busca de un conjunto adecuado para el frío que se sentía afuera. Primero tomé un conjunto de ropa interior negro y luego elegí una blusa entallada de cuello redondo, con mangas largas acampanadas y una textura acanalada que se ceñía suave a mi torso gracias a un fruncido sutil en el centro. Me puse unos pantalones de tiro alto, de pierna ancha, confeccionados en un cuero negro de acabado mate que caía con peso elegante sobre mis pies. Terminé de vestirme con una chaqueta estilo aviador, oversize, de piel negra con forro y solapas anchas de borrego, perfecta para protegerme de las brisas matutinas de París.
Me senté frente al espejo del tocador para maquillarme con calma, aplicando apenas lo necesario para verme despierta sin sobrecargar mi rostro: un poco de base ligera, rímel en las pestañas para resaltar el contraste entre mis dos ojos, y un toque de tinta rosa en los labios. Decidí dejar mi cabello suelto, cayendo natural sobre mis hombros.
Calcé los botines de cuero negro con punta redondeada, de suela gruesa tipo track y tacón ancho de altura media. Luego tomé mi bolso tote de cuero, donde acomodé mi cuaderno de bocetos y mis lápices. Coroné el conjunto con una boina de cuero negro que le daba a todo el atuendo ese aire parisino que tanto me gustaba. Me miré una última vez en el reflejo, satisfecha con el resultado, y salí de mi cuarto lista para bajar a la planta baja.
Bajé las escaleras de madera sintiendo los peldaños crujir suavemente bajo el peso de mis pasos. El aroma a mantequilla caliente y a café recién hecho se volvía cada vez más denso a medida que me acercaba a la cocina. Cuando crucé el arco de la entrada, encontré a mis padres moviéndose de un lado a otro entre la estufa y la mesa, coordinados con esa fluidez casi perfecta que solo consiguen las parejas después de tantos años de convivencia.
Mamá estaba junto al horno, sacando una bandeja de croissants dorados que soltaban un vapor delicioso. Papá, por su parte, ya estaba vestido con su uniforme de Teniente de Policía, con los botones metálicos reluciendo bajo la luz de la lámpara mientras terminaba de acomodar en el centro de la mesa una cesta con baguette recién cortada, mantequilla, mermelada de fresa casera y tres vasos de jugo de naranja recién exprimido. La cafetera goteaba y burbujeaba en la encimera, soltando nubecitas de vapor que subían despacio hacia el techo.
—Buenos días —dije, dejando el bolso sobre el respaldo de una silla libre antes de acercarme a ellos.
Mamá giró el rostro al escucharme y su mirada se iluminó al instante con una sonrisa cálida. Dejó la bandeja sobre un paño seco en la barra y caminó hacia mí con los brazos abiertos.
—Mírate, qué guapa estás hoy —exclamó, rodeándome en un abrazo tibio antes de que yo me inclinara para dejarle un beso en la mejilla—. Llegas justo a tiempo para desayunar con nosotros antes de que nos vayamos al trabajo.
—Huele increíble, mamá, y sí, tuve que poner la alarma más temprano anoche —contesté, sonriendo mientras avanzaba hacia papá, que me esperaba con los brazos cruzados sobre el pecho y esa postura erguida tan característica de su oficio.
—Buenos días, mi niña —dijo él, inclinándose para recibir mi beso en la mejilla mientras me daba un apretón cariñoso en el hombro, con la placa de teniente destellando en su pecho—. ¿Lista para tu última clase de la semana?
—Más o menos —respondí, tomando asiento en mi lugar habitual junto al ventanal que daba al patio interior del edificio—. Hoy no hay clase normal en la facultad. Van a dar una conferencia en el auditorio principal.
—¿Ah, sí? ¿De qué trata? —preguntó mamá, sentándose frente a mí con su propia taza de té entre las manos.
—Es sobre una familia que patrocina la universidad —expliqué, untando una capa generosa de mantequilla sobre un trozo de baguette todavía caliente—. Tienen una red de galerías de arte muy importante en Moscú y abrieron una sede aquí en París. Van a dar una charla sobre la gestión del mercado y el mecenazgo.
—Suena interesante para tu carrera —comentó papá, sirviéndose un poco más de café en su taza térmica de la comisaría—. Aunque a mí, francamente, el mundo del arte siempre me ha parecido un terreno bastante difícil de entender.
—Por eso yo estudio arte y tú te encargas de mantener el orden en la ciudad, papá —bromeé, sacándole una carcajada franca.
Terminamos el desayuno entre comentarios sueltos y la calidez de siempre, esa calma que solo aparecía cuando podíamos desayunar los tres juntos, algo que no ocurría todos los días.
