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Capítulo 7

Damián arrojó la carpeta sobre la mesa.

—¿San Jacinto?

Rafael asintió.

—El proyecto se adelantó. El alcalde quiere revisar personalmente los permisos antes de que empiecen las obras.

—¿Cuándo?

—La próxima semana.

—Perfecto.

Rafael parpadeó.

—¿Perfecto?

—Necesito salir de esta ciudad.

—Ah. Entonces esto no tiene nada que ver con el proyecto y todo que ver con escapar de Sabrina.

—No estoy escapando.

—Claro. Te retiras estratégicamente hacia un pueblo a varias horas.

Damián ignoró el comentario y siguió revisando los documentos.

La construcción en San Jacinto era importante, pero no urgente. En circunstancias normales habría enviado a otro directivo. Ahora, cualquier excusa para respirar lejos de su familia parecía razonable.

Su teléfono vibró.

Sabrina.

Por quinta vez.

Rafael miró la pantalla.

—Deberías contestar.

—¿Quieres hacerlo tú?

—Prefiero conservar mis tímpanos.

Damián rechazó la llamada.

Dos minutos después, la puerta se abrió.

Sabrina entró.

Rafael se cubrió la cara con una carpeta.

—Invocaste al demonio.

—Te escuché —dijo ella.

—Entonces retiro lo de demonio.

Sabrina se acercó al escritorio.

—¿Por qué no contestas?

—Porque no quería hablar.

—Mañana mi padre cenará con tus padres.

—Mis condolencias.

—Damián, esto no es un juego.

Él levantó la vista.

—Por una vez estamos de acuerdo.

Sabrina cruzó los brazos.

—Si vas a seguir adelante con el matrimonio, deja de comportarte como si te estuvieran llevando al matadero.

Damián apoyó la espalda en la silla.

—¿Y tú vas a dejar de actuar como si estuvieras enamorada de mí?

Ella se quedó quieta.

Rafael miró hacia la puerta.

—Creo que iré a revisar… literalmente cualquier otra cosa.

Salió.

Sabrina bajó la voz.

—Nunca dije que esto fuera amor.

—Delante de nuestras familias sí.

—Porque es lo que quieren escuchar.

Damián sonrió sin humor.

—Por fin algo de honestidad.

Ella lo observó un instante.

—Tú tampoco quieres amor, Damián.

—No contigo.

El golpe fue limpio.

Sabrina palideció, pero se recuperó enseguida.

—Ten cuidado. Un día podrías enamorarte de alguien y descubrir que no eres tan intocable como crees.

—Ese día puedes venir a reírte.

—Lo haré.

Se dio la vuelta para marcharse.

Damián miró su espalda.

Pensó en el vídeo.

En la amenaza.

En que el acosador había estado lo bastante cerca de Sabrina para fotografiarla desde el pasillo.

—Sabrina.

Ella se detuvo.

—No salgas sola durante unos días.

Se giró lentamente.

—¿Eso fue preocupación?

—Fue una instrucción.

—Mucho más romántico.

—Hazme caso.

Algo en su tono borró la sonrisa de Sabrina.

—¿Pasa algo?

Damián negó.

—Solo hazlo.

Ella salió sin insistir.

Rafael regresó un minuto después.

—Eso fue extrañamente humano.

—Cállate.

Damián recogió las llaves.

—Voy a casa.

—Son las cuatro.

—¿Desde cuándo controlas mi horario?

—Desde que me pagan por hacerlo.

En el estacionamiento subterráneo, Damián encontró su coche exactamente donde lo había dejado.

También encontró un sobre bajo el limpiaparabrisas.

Miró alrededor.

No había nadie.

Abrió el sobre.

Dentro estaba la misma fotografía de Sabrina en el hotel.

Pero esta vez el rostro del hombre que la acompañaba había sido tachado con tinta negra.

En el reverso había una frase.

Ella no es tu problema.

Damián sintió que se le erizaba la piel.

Debajo había otra línea.

Todavía puedes escapar del matrimonio.

Arrugó el papel.

Su teléfono vibró.

Un mensaje de Rafael.

El alcalde de San Jacinto confirmó la reunión. Se llama Diego Ríos. Dice que puede alojarnos allí si hace falta.

Damián miró otra vez el sobre.

San Jacinto.

Por primera vez en horas, pensó en algo distinto del acosador.

Tal vez irse unos días fuera la mejor decisión.

Entonces apareció un nuevo mensaje del número desconocido.

Vete donde quieras.

Puedes huir de una boda.

De mí, no.
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