Capítulo 7
Damián Zafra inclina la cabeza hacia un lado y entrecierra ligeramente los ojos.
—De rodillas - ordena en voz baja y con firmeza.
—Señor- -
De rodillas. Ahora.
Todo el cuerpo del hombre tiembla mientras obedece la cruda orden de su Alfa.
—Lo siento, señor. No quise decir lo que dije —se disculpa, mirándome en busca de ayuda.
Agarro el brazo de mi amigo y lo sacudo un poco. —Damián Zafra. Para. Son solo palabras.
—¿Tienes familia?— pregunta.
—¡Damián Zafra! — gruño.
—No...
Sus labios se curvan ligeramente hacia arriba. —¿Entonces nadie te extrañará? —
—Por favor, no hagas esto.
—El hombre se encogió en el suelo, con el terror absoluto grabado en su expresión.
Me duele el pecho solo de mirarlo. No soporto quedarme de pie viendo lo que mi amiga tiene planeado para él.
—Hazle daño, Damián Zafra, y nunca te lo perdonaré —insisto, atrayendo su atención hacia mí.
—No le estoy haciendo daño.
—Niega con la cabeza.
—Sólo quiero que sepa que tu nombre, Vega Santamaría, nunca volverá a salir de su boca.
Él vuelve su mirada estrecha hacia el hombre en pánico, quien asiente con entusiasmo.
—No lo hará. Lo juro.
—Entonces hemos terminado aquí. —Damián Zafra se gira y camina hacia la puerta.
Lo sigo mientras el hombre traumatizado grita detrás de nosotros.
—Gracias por tu misericordia...
No dejo que mi cuerpo se relaje hasta que volvemos a estar afuera, con el aire fresco rozando mi piel enrojecida. Damián Zafra rara vez se muestra tan contenida, sobre todo cuando se trata de mí.
—Eso te pareció demasiado fácil — observo mientras caminamos de regreso al hospital.
Él me mira de reojo y sonríe.
—Pensé que sería mejor reducir la violencia si quiero encontrar una esposa.
—¿Entonces ahora hablas en serio?— A pesar de su excusa, tengo la sensación de que hay otra razón por la que se echó atrás.
—Indeciso... —Suspira.
No insisto en el tema. Hoy no. No cuando Damián Zafra mostró compasión, cuando francamente ese no es su estilo.
No cuando tengo miedo en secreto de perderlo por una obligación que sé que no quiere cumplir.
~Damián Zafra
Mi madre camina frente a mí y una tensión asesina se alarga entre nosotras.
—Mi respuesta fue perfectamente razonable- insisto.
Su rostro cambia entre al menos tres expresiones diferentes: conmoción, ira y frustración.
—¿Razonable? —
Me encojo de hombros.
—No lo maté.
Si no estuviera tan preocupado por la presencia de Vega Santamaría y tan contento por la inauguración oficial del hospital, lo habría destripado allí mismo.
—¡Ese tendero fue y soltó toda la historia a todo el pueblo! —Su rostro se tiñe ligeramente de rojo por la ira.
He vivido con esta mujer lo suficiente como para acostumbrarme a sus tendencias. ¿Qué esperaba que hiciera? ¿Simplemente dejar que el hombre llamara prostituta a mi amiga?
—No saben que es verdad.
—Claro que sí. Tu reputación te precede, Alfa. —Mechones de cabello flotan alrededor de su rostro, tras caerse de su intrincado peinado trenzado. Es una insinuación suficiente para sugerir su estrés y frustración.
—Estaba protegiendo a un miembro de mi manada —anoté simplemente, cruzando los brazos sobre el pecho—. La llamó puta.
Toda esta escena me recuerda muchísimo a la infancia.
Estoy relegada a una silla mientras mi madre despotrica y delira delante de mí, regañándome por una cosa u otra. Tampoco ha cambiado absolutamente nada en su oficina, lo que me hunde profundamente en esos recuerdos.
—De esto hablaba. Este comportamiento es inaceptable —dice furiosa, con sus tacones resonando contra el suelo de madera al caminar—. Si sigues con esto, tu tendencia a proteger a esta chica se hará pública entre los demás Alfas que ahora mismo están salivando en nuestras fronteras, buscando una debilidad.
Le dedico una sonrisa suave, intentando complacerla.
—No volverá a ocurrir - le aseguro.
Lo más probable es que sí. No soy ningún santo.
—No lo creo. —Su mirada me hiela la piel—. La anunciaremos como tu amante en tres días, luego traeré a las candidatas a matrimonio hasta que elijas a una.
Me pongo de pie; mi madre no se inmuta en absoluto ante mi imponente altura.
—Al exponer a Vega Santamaría a toda la manada, estás poniendo un blanco más grande en su espalda —gruño.
Su cara está impresa en todos los periódicos de tu manada. La cantidad de representaciones compartidas de ella es absurda. Todos quieren saber quién es el mejor amigo del Alfa.
—Estoy seguro de que esto no la protegerá. —Aprieto los puños al pensar que alguien le haga daño. Hoy ya fue bastante malo. Tiene suerte de no haberle puesto la mano encima, si no, perdería lo que podría hacerle cometer ese error otra vez.
—La gente respeta más a las amantes que a las amigas. Ya hablamos de esto —se exaspera la madre, levantando las manos.
Me limpio la cara con la mano, la frustración está minando mi fachada de calma.
—Solo...dame más tiempo.
Ver su expresión de disgusto y oír su rechazo es demasiado para mí ahora mismo. Una vez que le ofrezca esto, no habrá vuelta atrás.
Nuestra amistad nunca volverá a ser la misma...
La boca de madre se abre, lista para escupir algún tipo de protesta cuando se abre la puerta de su oficina.
Vega Santamaría entra y mira fijamente una pequeña botella de vidrio azul en la palma de su mano.
—Helena Muriel, recuperé ese ungüento de hierbas para tu cara...
—Ella levanta la vista.
—Oh, hola Damián Zafra.
Mierda.
—Entra, querida. —Mi madre suaviza la frustración de su rostro, moviendo el brazo para animar a Vega Santamaría a unirse a nosotras.
Ella nos mira, percibiendo la tensión residual. —¿Estoy interrumpiendo algo? —
—Por supuesto que no. —Helena Muriel la agarra del brazo y la atrae hacia su lado—. ¡Qué momento tan oportuno!
—¿Es? —
—Mamá, no —quiero en voz baja.
Los profundos ojos marrones de Vega Santamaría me miran en busca de respuestas que no puedo darle ahora mismo. Sabe muy bien que verse arrastrada a una reunión acalorada con mi madre y conmigo no es nada bueno.
—Supongo que mi hijo no te ha hablado de los cambios que se van a producir aquí, ¿no? —pregunta madre con ligereza, mirándome fijamente de una forma que me advierte que no me escaquee de esta conversación.
—Me ha dicho que pueden traer mujeres para que él elija una esposa - dice con cautela.
—Quiero decir, tú también me lo dijiste.
La sonrisa de mi madre es fría.
—No, eso no.
—¿Y entonces qué? —
Me muevo incómoda. Odio sentirme acorralada, sobre todo por mi propia madre.
No era una amenaza; era una promesa.