Capítulo 2
—No puedo seguir soportando este trato, se dijo. Aunque no pudiera pelear, tenía que hacer algo con respecto a cómo la trataban. Han sido años de tormento.
Tengo que irme, necesito....
Se detuvo y sus ojos se abrieron de par en par al darse cuenta de lo que acababa de pasar por su mente. Nunca antes se había planteado irse; esa opción nunca se le había pasado por la cabeza. Se dejó caer sobre la cama.
—¿A dónde iría? ¿Quién me aceptaría?, pensó.
Dejó escapar otro suspiro, cansado, mientras se frotaba la frente.—Debería....
La puerta se abrió otra vez. Daniela Ariza dio un respingo, temiendo que fuera Gloria Vanegas, que había vuelto para castigarla.
—¡Daniela Ariza! ¡Tu padre te llama!
!
Era Mannie, de ocho años, el hijo menor de la familia. Antes era un bebé adorable, vivaz e inocente, que sonreía a todo el mundo y se portaba bien. Pero, a medida que crecía, Daniela Ariza temía cada vez más que se convirtiera en una versión masculina de Gloria Vanegas.
—Está abajo, dijo antes de alejarse.
—De acuerdo, ahora voy, dijo ella. El niño no se movió.—¿Hay algo más?.—Papá ha dicho que deberías bajar ahora mismo. Ha dicho que no vuelva sin ti.
Se levantó. Sabía el resto del discurso de memoria, podía recitarlo palabra por palabra.
—Muy bien, vamos, dijo.
Él le hizo una mueca y soltó un pedo. Daniela Ariza se tapó la nariz. Mannie solo imitaba a su padre, que se cortaba el viento cuando y donde quería, excepto en medio de sus amigos... o del Alfa.
Jairo Carvajal lo estaba esperando. Daniela Ariza frunció el ceño al ver la botella que tenía en las manos. Como de costumbre, había salido a tomar algo con los amigos. Daniela Ariza sabía que estaba borracho.
—Hola, tío, dijo.—¿Querías verme?.
Él asintió y sonrió:—Por fin te he encontrado un marido. Sonrió mientras se llevaba la botella a los labios. Se bebió el contenido de un trago y luego se limpió las comisuras de la boca con el dorso de la mano. Un líquido marrón le corría por el cuello y le entraba por el cuello de la camisa.—¿Un esposo?. Estaba segura de que bromeaba o, más probablemente, no era consciente de lo que decía; él le repetía cosas cada vez que estaba borracho. Ella siempre fingía estar sorprendida y seguía todo lo que él decía.—¿De verdad me has encontrado un esposo?.
—Sí, quiero decir... Ya es hora de que me deshaga de ti. Se rió como si hubiera dicho algo muy gracioso.—Entonces, te vas a casar con mi amigo Octavio Mondragón, el que perdió a su pareja en el incendio. Él te quiere y creo que haréis una buena pareja. Mañana vendrá a buscarte para llevarte a su casa.
Y entonces, una verdad imposible le heló la sangre: “Sus palabras eran confusas, pero Daniela Ariza intuyó que no…”.