La Mujer que lo Tranquilizaba
El aire nocturno de la ciudad traía consigo el olor a tierra mojada y asfalto frío tras una breve llovizna. Tomás bajó de su vehículo y caminó a pasos lentos hacia el pequeño café de barrio donde había quedado con Luna. Definitivamente no era el tipo de establecimiento exclusivo que él solía frecuentar en sus rutinas ejecutivas, pero con ella los convencionalismos y las apariencias salían sobrando.
Al cruzar la puerta de vidrio, la descubrió sentada junto a la ventana, sosteniendo una taza humeante entre las manos y contemplando el reflejo tenue de la calle en el cristal.
Luna alzó la mirada en cuanto lo vio aproximarse a la mesa.
—Puntual —comentó con una leve sonrisa de bienvenida.
—Necesitaba salir del departamento y respirar un poco de aire fresco —admitió él.
—Siéntate.
Él tomó asiento frente a ella, sintiendo una ola de alivio inmediato al romper el sofocante aislamiento en el que había transcurrido su día.
—¿Cómo estuvo todo? —preguntó ella en voz baja, revolviendo despacio su café con una cucharilla—. ¿Pudiste verlo?
Tomás se tomó un segundo antes de responder, buscando las palabras precisas.
—Sí. Estuve en casa de Claudia esta mañana.
Luna inclinó levemente el rostro, dándole espacio en silencio para que hablara sin sentirse presionado ni juzgado.
—¿Y qué tal fue el encuentro?
Él soltó una risa breve, seca y desprovista de humor.
—Extraño. Es un niño increíble, de verdad... pero me supera. No tengo la menor idea de cómo comunicarme con alguien de tres años, ni por dónde se empieza a ser padre.
—Nadie lo sabe al principio —respondió ella con soltura y serenidad—. Ningún hijo viene con un manual de instrucciones bajo el brazo. Es algo que simplemente se aprende sobre la marcha, Tomás.
Él se recostó contra el respaldo de la silla, pasándose los dedos por el puente de la nariz con gesto fatigado.
—Verlo jugar frente a mí me descolocó por completo, Luna. Ya no es una prueba de ADN firmada sobre un escritorio. Ahora es una persona real. Y me da pavor meter la pata.
Luna apoyó la barbilla sobre su mano, fijando sus ojos en los de él con una mirada profunda.
—Eso es algo muy bueno.
—¿Qué puede tener de bueno estar aterrorizado? —inquirió él, frunciendo el ceño.
—Que te importa —afirmó ella con sencillez impecable—. Si no te importara en lo más mínimo, no tendrías ningún miedo de fallarle.
Las palabras de Luna calaron hondo en su estructura mental. Tenía toda la razón: Benjamín ya no era un concepto abstracto ni un problema legal por resolver. Era un niño inocente con sus propios rasgos, y la sola idea de no estar a la altura de sus necesidades lo perturbaba mucho más que cualquier crisis financiera internacional.
—Paso a paso, Tomás —añadió ella en tono tranquilizador—. No intentes resolver el resto de su vida en una sola noche.
Él la observó en silencio durante un momento. Estar a su lado volvía las situaciones más complejas extrañamente simples; Luna era una especie de refugio seguro en medio del maremoto en el que se había convertido su existencia.
Horas más tarde, tras haber dejado a Luna en la entrada de su edificio y regresar a su ático, el teléfono personal de Tomás comenzó a vibrar de forma insistente sobre la mesa de centro de la sala.
La pantalla iluminada mostraba un nombre: Claudia.
Frunció el ceño, extrañado por la hora, y descolgó al instante.
—¿Qué ocurre, Claudia?
—Necesito que vengas. Ahora mismo —la voz al otro lado de la línea sonaba ahogada, entrecortada y al borde de una hiperventilación.
A Tomás se le erizó la piel del cuello por un instinto primario.
—¿Pasa algo con el niño? Responde.
—Solo ven, por favor... te lo suplico —logró articular ella antes de romper en llanto.
Tomás no hizo más preguntas. Cortó la llamada de inmediato, tomó las llaves del auto de la mesa y salió a toda velocidad hacia el ascensor.
Manejó superando los límites de velocidad por las avenidas semidesiertas. Cuando frenó bruscamente frente a la casa de Claudia, la encontró esperándolo en el porche de la entrada. Estaba pálida como un espectro, con las manos temblándole descontroladamente y la mirada desencajada por el pánico.
—¿Qué ocurrió, Claudia? —exigió él, acortando la distancia entre ambos de tres zancadas firmes.
Ella lo miró con los ojos anegados en lágrimas y la voz completamente quebrada.
—Benjamín... Benjamín no está.
El corazón de Tomás dio un vuelco violento en su pecho, helándole la sangre.
—¿A qué te refieres con que no está? ¡Habla claro!
—Estaba jugando en el jardín trasero con sus juguetes mientras yo preparaba la cena en la cocina. Salí a llamarlo hace diez minutos y... la puerta de madera de la verja estaba abierta de par en par. ¡No está en ninguna parte, Tomás! ¡Se lo llevaron o se salió a la calle!
El impacto de la noticia paralizó el aire a su alrededor. El entorno pareció desvanecerse.
—Llama a la policía. Ahora mismo —ordenó Tomás con una voz tajante y autoritaria que no admitía réplica, sacando al mismo tiempo su propio teléfono para activar de inmediato a su jefe de seguridad privada y a sus contactos en el gobierno.
En ese preciso segundo, todo su imperio corporativo, sus cuentas bancarias millonarias y sus títulos ejecutivos quedaron reducidos a cero absolutos. Nada de eso servía para nada.
Su hijo estaba desaparecido en medio de la noche, y movería el cielo, la tierra y el mundo entero si era necesario para traerlo de vuelta sano y salvo.
